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Un paseo por las leyendas de la Serranía de Ronda

Un paseo por las leyendas de la Serranía de Ronda
  • Desde Gaucín hasta la Ciudad del Tajo se cuentan aún hoy mitos, creencias e historias que unen la realidad con la ficción

Hechos que se mezclan con la imaginación, pasiones de enamorados o milagros forman parte del patrimonio inmaterial de la Serranía de Ronda, gracias a sus mitos y leyendas. Desde la ciudad monumental de Ronda hasta el Valle del Genal hoy todavía se narran algunas de esas creencias populares que otorgan a este enclave montañoso un cariz misterioso y épico.

Muchas de esas leyendas se originaron en el antiguo Al-Ándalus, como se puede ver en algunos pueblos del Bajo Genal. Sin ir más lejos, en Gaucín se cuenta que el famoso Guzmán El Bueno pereció al intentar tomar el castillo del Águila, la fortaleza árabe que durante siglos fue inexpugnable por su ubicación elevada sobre un roquedal situado junto al casco urbano de la localidad.

Cerca de allí, en Benarrabá, se dice que en las orillas del Genal nació el color carmesí. Concretamente, se habla de una familia de tintoreros musulmanes de esta localidad que consiguió sacar este tono para la ropa. Según la tradición popular, se logró un tinte con propiedades casi mágicas, gracias a la calidad de las aguas del río y a una cochinilla llamada ‘Qarmaz’. Ese paraje podría ser perfectamente el Llano de las Escribanas, situado entre Benarrabá y Genalguacil.

En Algatocín, una leyenda afirma que la parroquia local fue levantada sobre un palacete nazarí, donde vivió durante años la princesa Algatoisa. Su padre, el rey Abomelid de Ronda, mandó erigir esa residencia para ella. Esta creencia popular justificaría para muchos la denominación del pueblo. Sin embargo, los historiadores se decantan por considerar que Algatocín proviene de la tribu bereber Al-Atusiyin.

En Benadalid un mosaico recuerda la leyenda más romántica de este itinerario, la que protagonizaron una bella muchacha cristiana y un joven musulmán. Aquella relación, imposible en aquella época, terminó en tragedia, ya que ambos enamorados decidieron poner fin a sus vidas simultáneamente. Lo hicieron, según la tradición oral, con una rosa silvestre. Esa planta, que hoy no existiría, tenía un efecto letal, ya que quien se pinchaba con ella moría desangrado.

En la zona conocida como el Alto Genal se mezclan hoy en día todo tipo de leyendas e historias singulares. Entre ellas se habla de las iglesias cambiadas de Alpandeire e Igualeja. Hay una leyenda que afirma que la parroquia de San Antonio Padua, conocida con el sobrenombre de ‘Catedral de la Serranía’ por su tamaño, se construyó en Alpandeire y no en Igualeja por un error. Una leyenda popular explica que hubo una confusión de planos, con lo que se explicaría el desproporcionado tamaño del templo para una localidad que no alcanza ni los 300 habitantes en la actualidad.

En Júzcar se recuerda también la leyenda de la Virgen de Moclón, según la cual un pastor del pueblo encontró una pequeña talla de su imagen en el paraje del mismo nombre.

Por su parte, en Pujerra se habla de que en una alquería cercana vivía Wamba, considerado como el último rey visigodo. Antes de ser coronado, vivía como un modesto agricultor en la aldea de Celay. Cuando fue convocado para ser monarca, sorprendido por su presunta procedencia noble, Wamba dijo: «Cuando este aguijado que tengo en la mano florezca, seré yo Rey de España». Según relata la leyenda, su incredulidad fue sólo equiparable al milagro que hizo germinar en su azada una rama con hojas y flores.

Bandoleros

El pueblo vecino de Igualeja es conocido, entre otros motivos, por ser el lugar de nacimiento de dos de los bandoleros más famosos de Andalucía, Flores Arrocha y Cristóbal Ruiz, más conocido como ‘Zamarrilla’. Lo mismo ocurre en Ronda, donde se cuenta la historia de José Ulloa, más conocido como Tragabuches, que fue torero antes de cometer un cruel asesinato por celos, que le obligó a refugiarse en la Serranía.

En la ciudad del Tajo también se cuentan otras leyendas de su época árabe, como la mina de agua encontrada bajo el Palacio del Rey Moro. Esa excavación, que permitía el acceso al río, hizo que muchos creyeran que se había realizado para que una joven musulmana pudiera bañarse en las aguas del Guadalevín bajando desde aquel edificio. También la configuración del casco urbano, situado sobre una gran garganta, ha dado lugar a historias sobre celdas y pasadizos subterráneos en aquellos siglos.