Diario Sur

Piden la puesta en valor de los neveros de la comarca natural de Ronda

Algunos han sido restaurados, como el de la subida al Torrecilla. :: m. b.
Algunos han sido restaurados, como el de la subida al Torrecilla. :: m. b.
  • Critican el estado de estos pozos, en las sierras de las Nieves y Grazalema, entre otras, que se usaron hasta principios del siglo XX para fabricar hielo

Muchos son los restos en las sierras de la comarca natural de Ronda, que se extiende también por las provincias de Cádiz y Sevilla, que hablan de la vida pasada. La mayoría lo hacen cada vez con voz más tenue, abocados, si no se actúa contra ello, al deterioro y a la posterior desaparición por el paso del tiempo. Una pequeña parte de este enorme patrimonio lo constituyen los neveros o antiguas construcciones que se utilizaban para fabricar hielo cuando no existían los frigoríficos. Un experto en la Serranía, Manuel Becerra, autor de distintos libros sobre los recursos naturales de ésta y estudioso de estas estructuras, reclamó la puesta en valor de estos pozos, excavados en el suelo, en zonas altas, en los que se almacenaba y compactaba la nieve. Se localizan principalmente en la Sierra de la Nieves y la Sierra de Grazalema, que ocupa también la provincia de Málaga, concretamente, en los términos municipales de Benaoján, Ronda y Yunquera. En Cádiz, también en Grazalema. En Sierra Tejada, igualmente, están presentes.

«El estado de conservación, en la mayoría de los casos, no es muy bueno... los mejor conservados son los de Grazalema. En esta localidad se han restaurado dos, uno en el sendero del Pinsapar y otro en la Sierra del Endrinal; en la Sierra de las Nieves, se puso en valor uno en el sendero que sube al pico Torrecilla; y en el caso de Benaoján, el estado es lamentable y solo en uno de ellos aún se aprecia un muro de piedra. En la Sierra de Grazalema hay 13, de los que seis están en la sierra del Palo, en Benaoján.», explicó este experto, que insistió: «Es un patrimonio que debería inventariarse, conservarse y ponerse en valor», dijo.

A grandes rasgos, los neveros son en parte desconocido para el público en general, aunque lo cierto es que los amantes de la montaña sí están familiarizados con estas estructuras. «Sobre los de Benaoján, la restauración es más difícil al estar en una finca privada», lamentó y destacó que las recuperaciones que se han llevado a cabo han permitido difundir su conocimiento en torno a la función de los neveros.

Fines medicinales

Los también llamados pozos de nieve, que datan de en torno al siglo XVII, dieron vida a un oficio: al de los neveros o personas que transportaban el hielo en verano, desde el emplazamiento de los mismos, en plena montaña, enfrentándose a su complicada orografía y valiéndose de mulos y yeguas, entre otros, hasta puntos como Málaga, Sevilla, Jerez de la Frontera, Écija y el Puerto de Santa María, dijo Becerra. «Eran estructuras similares a los pozos, excavados en el suelo. Presentaban una pared de piedra que permitía aislar la nieve de la tierra. Durante el invierno y el inicio de la primavera, los neveros acumulaban la nieve y la compactaban con unos artilugios (en el caso de los neveros de Benaoján, hechos de madera de encina, llamados pisones) hasta convertirla en hielo. La nieve se cubría con una capa de arbustos, normalmente aulagas (en la Sierra de las Nieves, con ramas de pinsapo) y, por último, con una capa de tierra», afirmó este también escritor.

Este hielo se usaba, ya en su destino, entre otros, con fines alimentarios y medicinales, para rebajar la fiebre, como calmante en procesos de congestión cerebral, con el fin de detener hemorragias o como antiinflamatorio. «Otro uso también era el de enfriar bebidas», añadió Becerra. El transporte, para evitar las altas temperaturas, se realiza por la noche. «Se transportaba en unos serones propios para este menester, que se cerraban por arriba, por donde se introducía el hielo envuelto en un aislante térmico compuesto de paja menuda y polvo obtenido de la trilla del cereal, llamado tamo», expresó este vecino de Benaoján.

Lo cierto es que los neveros recuerdan una época en la que el mercurio del termómetro bajaba más en la comarca natural de Ronda que en la actualidad, cuando en muchas menos ocasiones que antaño las zonas más altas de esta parte de Málaga se tiñen de blanco. «Recuerdan a una época más fría, correspondiente a la llamada Pequeña Edad de Hielo», puntualizó Becerra. Ante lo impredecible del clima, los neveros de Benaoján contaban con anexos, con unas pilas excavadas en la roca en las que se congelaba el agua en años de nieves escasas. Se conocen como las pilas de Tunio.

Los neveros mantuvieron su actividad hasta principios del siglo XX, hasta la fabricación industrial de hielo: «En la sierra del Palo, fueron mandados construir por Diego Carrillo de Mendoza, señor de la villa de Benaoján, en torno a 1635. Sobre los situados en el término de Grazalema, la primera constancia documental que se tiene remite a 1629, cuando una real orden, refrendada por Felipe IV, autorizaba al duque de Arcos a tener y poseer los cuatro pozos de nieve que había fabricado en la sierra del Pinar. Su explotación reportaba grandes beneficios a sus propietarios, lo que motivo pleitos como los que mantuvieron el concejo de la villa de Benaoján con Catalina Castrillo, señora de esa localidad, en 1672 y 1688; el duque de Arcos con la Corona en 1678; y Ronda con el marqués de las Cuevas del Becerro y el Duque de Arcos, para que éstos no pudiesen recoger nieve en las sierras de Benaoján, Endrinal y San Cristóbal, que se desarrolló en 1722. En 1809 los pozos de Grazalema daban al duque de Arcos 20.000 reales», finalizó Becerra.