La operación de la primera dama, Melania Trump

Melania Trump./EFE
Melania Trump. / EFE

A sus 71 años Trump disfruta de una salud de hierro mientras su elegante esposa de 48 se recupera en el hospital

MERCEDES GALLEGOCorresponsal. Nueva York

La privacidad de la primera dama más hermética que se recuerda en EE UU brilló de nuevo el lunes en el escueto comunicado de cuatro líneas con el que la Casa Blanca informó de su ingreso en el hospital militar Walter Reed para un «procedimiento» de «embolización» con el que tratar «una enfermedad benigna de riñón».

Afloraban los eufemismos para no entrar en explicaciones sobre la cirugía que bien podría haber sido para tratar un tumor. De haber sido una ciudadana de a pie, a Melania Trump le hubieran dado el alta entre dos y seis horas después del procedimiento mínimamente invasivo por el que se corta la circulación al área de un órgano que sufre un crecimiento anormal. Al tratarse de quien es se esperaba que estuviera en observación «toda la semana», aunque ayer su marido tuiteó que está «tan bien» que le darán el alta en «dos o tres días».

Era la primera vez que una primera dama pasa por el quirófano desde que Nancy Reagan se sometió a una mastectomía en 1987, tras habérsele detectado un cáncer de pecho. El quiste de riñón benigno que se le presume es difícil de detectar y suele apreciarse casualmente en exámenes radiológicos que se realizan por otras causas. Es más frecuente a partir de los 50 años, aunque la modelo eslovena acaba de cumplir 48 hace menos de tres semanas.

Como mujer florero no tiene parangón, pero Melania Trump utiliza también un lenguaje subliminal de gestos y símbolos que tiene fascinados a los observadores. En el único mitin que dio durante la campaña anunció que se dedicaría a luchar contra los «ciberbullies». Casada con el cyberbully en jefe, la ironía estaba tan flor de piel que ella misma la abordó la semana pasada, cuando al fin puso en marcha su plataforma de acción. «Soy muy consciente de que la gente me oye hablar de este tema con escepticismo, pero no voy a dejar de hacer lo que es correcto».

Entre rumores, gestos y proyecciones de quienes no pueden creer que esté enamorada de Donald Trump, se la considera una primera dama renuente, que según el libro de Michael Wolff «Fire and Fury» lloró la noche de las elecciones al saber que su marido había ganado. Ayudó a esa imagen el que tardase seis meses en mudarse a la mansión presidencial con el argumento de que su hijo Barron tenía que terminar el curso. Para cuando llegó a la Casa Blanca, Ivanka Trump había asumido sus funciones y todos los cargos estaban adjudicados. Se recluyó entonces a sus aposentos del ala Este, independientes de su marido con quien no comparte cama, y apenas ha empezado a tomar control de su imagen con un vídeo muy producido sobre su labor en la cena de Estado del presidente Emmanuel Macron, que le llevó «meses».

Galante con las estrellas del porno y displicente con su elegante esposa, Donald Trump la suele dejar detrás cuando no es consciente de las cámaras. No le abre la puerta, ni comparte el paraguas o se acuerda de comprarle un regalo por su cumpleaños, confesó en una entrevista. Ella le paga con gestos desdeñosos cuando intenta cogerle la mano para la foto y mensajes subliminales con los diseños que elige (el pussy-bow de la camisa con la que acudió al segundo debate presidencial, tras hacerse públicos sus comentarios groseros sobre cómo le mete mano a las mujeres, no pasó desapercibido). En enero, cuando se supo que el abogado de Trump compró el silencio de la actriz porno Stormy Daniels, con la que mantuvo relaciones mientras ella amamantaba a su hijo, canceló repentinamente el viaje a Davos y se fue a la mansión de Palm Beach, que ella misma decoró.

En el hospital militar de Walter Reed que ha tratado a presidentes y legisladores desde 1935 no disfruta del lujo de Mar-a-Lago pero dicen que su ala ejecutiva tiene el confort de un hotel de cinco estrellas y la privacidad que atesora.

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