MARENGO

ARANTZA FURUNDARENA

Le oí contar una vez a García Márquez que su miedo a volar era tal que se pasaba el trayecto con las manos aferradas al asiento como si con ese gesto estuviera sosteniendo él solito todo el aparato. Yo no le tenía miedo a volar... Hasta que me cayó un rayo. Bueno, en realidad la cosa empezó antes. Concretamente, el 7 de agosto de 1996; es decir, la tarde en que el cielo se desplomó sin piedad sobre Biescas arrasando un camping y matando a 87 personas. A esa hora, por razones de trabajo, volvía de Barcelona en un pequeño avión de hélice y me tocó sobrevolar aquella tormenta asesina. Creo que esa tarde aprendí otra vez a rezar... Lo del rayo vendría tiempo después, aterrizando en el aeropuerto de Bilbao en mitad de un aguacero, con el cielo gris marengo. Fue todo muy rápido: un petardazo seco, un fogonazo blanco y un apagón dentro de la cabina que, por suerte, solo duró unos segundos. Lo peor fue que el rayo se quedó en nada comparado con los dos intentos de aterrizaje frustrados que amagó después el pinturero piloto.

Sigo volando. Y me gusta (con buen tiempo). La víspera suelo estudiarme el parte con más minuciosidad que Mónica López. Pero, para mi sorpresa, el pasado domingo, volviendo de Ámsterdam, el comandante de KLM, antes de despegar, nos comunica que tiene «malas noticias» (no sé si sería el mismo que unos días antes había anunciado la posibilidad de una bomba). Nos dice que en Francia hay fortísimas tormentas y también en Bilbao, a nuestra llegada. Que saldremos una hora tarde, que nos desviaremos hacia Londres y... Ahí ya dejé de escucharle porque el cielo se me puso gris marengo.

En la hora de espera decidí confesarle a la azafata mi aprensión. Ella me llevó hasta el piloto y él, amabilísimo, escuchó lo de Biescas y lo del rayo... «Conmigo no va le va a pasar nada de eso. Se lo prometo». Regresé a mi asiento más tranquila. Nos trajeron sándwiches y vino. Brindé con el inglés que iba sentado a mi lado, encontré entre el pasaje a un antiguo compañero de trabajo... La azafata me regaló un amuleto guatemalteco. «Llévelo con usted siempre que vuele». Y a la salida, hasta me metió un benjamín de champán en el bolso... Créanme, fue el mejor 'mal vuelo' de mi vida.

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