Gente de Malaga

En casa de Manuela Vilches

Manuela Vilches en su casa de Marbella, junto a un retrato suyo que realizó Juan Gomila.
Manuela Vilches en su casa de Marbella, junto a un retrato suyo que realizó Juan Gomila. / SUR
  • El hogar de la ex galerista y marchante de arte en Marbella cuenta con obras de nombres mayúsculos de la pintura y la escultura

Cuando el sector del arte aún se retrataba en blanco y negro en Andalucía y las más de las exposiciones desprendían cierto olor a naftalina, la galería que Manuela Vilches instaló en Córdoba vino a ser como la ventana que se abre al mar en los primeros días de verano. Un alivio de aire fresco que comenzó su andadura en el año 1975 y que pronto se convirtió en sede de la intelectualidad andaluza, con tertulias que se generaban alrededor de la pintura o utilizándola como excusa, y a las que acudían personalidades como Antonio Gala, Pablo García Baena, Cecilio Valverde, Alfonso Guerra o Julio Anguita, por citar algunos.

La niña Manuela concitó pronto a la vanguardia de la pintura andaluza y, lo que es más difícil, logró despertar el interés de la élite, que hasta el momento no había excedido los límites de la pintura figurativa. Años más tarde y después de haber puesto una pica en París con una colaboración en una galería de la Rue Mazarine, regresó a su Málaga natal y fundó la galería que llevó su nombre en el paseo de Reding. Lo suyo fue una pasión descubierta desde muy temprano, de tal modo que ya en el colegio sentía especial predisposición por las disciplinas relacionadas con la creación y, de forma autodidacta, fue haciéndose su propio traje a medida, creyendo siempre en su instinto para apostar por los mejores.

En 1982 acudió al primer Arco como socia fundadora de la feria internacional de arte y lo hizo con dos artistas malagueños, Enrique Brinkmann y la escultora Elena Laveron. De aquella primera aventura queda testimonio en el salón de su casa, presidido por la obra ‘Dibujo collage III’ de Brinkmann, una de las favoritas de la colección de Vilches, que le recuerda el brillo de una etapa dorada para el arte español. «Aquellas ferias no eran sólo un espacio para hacer negocio y descubrir a los jóvenes talentos, sino que se convirtieron en punto de encuentro de intelectuales, políticos y personajes de lo más variopinto, que se interesaban por lo que se cocía en el sector», destaca Manuela, quien añade que «los coleccionistas extranjeros buscaban arte español y los españoles querían entender y presumir de arte en casa, ahora en Arco hay mucho más paseante».

El Brinkmann es el eje de la exposición colectiva que la malagueña exhibe en los pocos metros cuadrados de su hogar, situado en una de las urbanizaciones más exclusivas de Marbella. Una concentración de artistas que ya quisiera para sí cualquier centro de arte. En el hall, por ejemplo, dan la bienvenida una obra de Elena Asins, una de las pioneras en usar en España la tecnología como aliada del arte, y una pintura de Juan Gomila, entre otros. Son los principales actores de un pasillo que da al salón principal de la vivienda, decorado con una fusión de estilos y piezas de lo más seductora. Alfombras persas, antigüedades, alguna pieza de diseño y mucho arte son los ingredientes de una combinación perfecta, acogedora e impactante a la par. En la sala de estar, junto a la gran pieza de Brinkmann figura la pintura a la que quizá guarde más cariño Manuela. Se trata de un retrato suyo que realizó Francisco Peinado, una obra que tiene la intención de donar al nuevo Museo de Málaga. Son dos de los protagonistas de una función que podría decirse cuenta con secundarios de excepción. En el mismo salón comparten espacio un cuadro del pintor valenciano Antonio de Felipe, inspirado en un retrato de Mariana de Austria, de Velázquez. Una escultura de latón de la artista chilena Áurea Peña la separa de otra pintura, en este caso de Miguel Ybáñez.

Muebles traídos de sus incontables viajes, textiles orientales, peruanos, pieles y detalles de artesanía hacen de extraordinarias comparsas en medio de tan ilustre desfile, generando un ambiente ‘étnico deluxe’. La zona de estar, por ejemplo, aliviada por el blanco del sofá que divide las dos atmósferas, está capitaneada por el cuadro de gran formato ‘Sueños del Albaicín’, de Carmelo Trenado. Ciertamente, la casa de Manuela Vilches tiene cierto aire a palacio morisco.

Sobre una consola de anticuario descansa otro de sus retratos, esta vez de la mano de Juan Gomila.En la mesa central, entre numerosos catálogos de arte y piezas de viajes, destaca una obra de Marisa de Lucas, premio nacional de Cerámica de Alemania. Quintana Martelo destaca en la zona de paso hacia los dormitorios, en un espacio privilegiado. Son sólo algunos nombres de la extensa y sorprendente nómina de autores con los que Manuela Vilches convive. «El arte ha sido y es mi vida, me hace feliz, soy yo», afirma, mientras reflexiona sobre la escena actual: «Málaga nunca ha tenido tanta cultura y tan poca creatividad», sentencia, apoyándose en la idea de que «hace falta más intercambio, no sólo traer a grandes artistas, sino también exponer a los malagueños fuera, ahora hay mercados como el chino, que están interesados en este tipo de intercambios, si no se realizan de nada sirve esta burbuja del arte, al menos no beneficia a los artistas malagueños».

En cuanto al estado de las galerías en sí, Manuela se manifiesta crítica:«Hemos tenido que aguantar el temporal de una crisis en la que el dinero se ha refugiado únicamente en valores seguros del arte». Ahora, además de su profesión de marchante, la malagueña está volcada en un homenaje a Mario Vargas Llosa. Junto a ella el escultor Viktor Fernando ha creado una obra de 32 cubos de metal en los que van grabados fragmentos de la obra del autor peruano que él mismo ha elegido. «Estamos a la espera de que el Ayuntamiento nos conteste para cerrar el día con Vargas Llosa, él quiere venir a inaugurar la escultura», indica Vilches, mientras hace la maleta para una nueva escapada a su casa de Tánger, paraíso que la apasiona.

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