Diario Sur
Gente de Malaga

Un paraíso zen en Frigiliana

Arne Haugen Sorensen en el salón de su casa de Frigiliana.
Arne Haugen Sorensen en el salón de su casa de Frigiliana. / SUR
  • El artista danés Arne Hauge Sorensen y su esposa, Dorthe, residen desde hace más de 35 años en la montaña que escolta uno de los pueblos más bellos de España. Un hogar que se ha convertido en un mirador físico y espiritual desde el que el pintor trata de captar la esencia de la vida, desde lo mundano a lo místico

«No soy un oráculo, más bien estoy lleno de dudas, a lo mejor toda mi vida es sólo una equivocación». Con la actitud socrática que sólo puede alcanzarse después de una existencia intensa y extensa, responde el danés Arne Haugen Sorensen a un conjunto de preguntas que la mayoría resolvería con un escueto monosílabo. Sentencia de una biografía sembrada de altibajos en la que, asegura, se ha ido inventando a sí mismo. En lo más alto de la montaña que escolta a la bellísima Frigiliana, la casa del pintor adquiere los tintes de un templo budista, a tenor de la paz que la envuelve y el sentido contemplativo con la que sus huéspedes la disfrutan. Hace más de 35 años que decidió que este «paraíso» sería su hogar y el lugar ideal para construir una obra interesante y sólida, tremendamente reconocida en su Dinamarca natal, aclamada en España y el resto del mundo.

A sus 85 años, su sonrisa con caída canalla y su mirada infantil delatan a un hombre que ha aprendido a escuchar al mundo en su plano terrenal y espiritual por igual, a pesar de la ingente sordera que padece de un oído. Sabe que «hay que inventar el universo porque sin la ilusión de algo, el infinito es absolutamente insoportable». Y con esta fe de hombre descreído recoge la tradición mitológica clásica y los grandes mitos reliosos cristianos y los reinterpreta dotándolos de una nueva dimensión, más humana y sarcástica.

Su obra es rica y variada en temas, si bien desde hace algunos años la cuestión religiosa prevalece, algo que desconcierta a la sociedad protestante danesa, que recorre curiosa sus escenas cristianas, 26 de ellas expuestas en iglesias y otras muchas en el museo propio que recoge casi todo su trabajo enVestjylland (Dinamarca). Dice Sorensen que allí sus cuadros languidecen, como si demandaran la luz de Frigiliana, la que lo conquistó hace más de 35 años, cuando visitaron la provincia por primera vez por recomendación de un amigo. «Estábamos decididos a comprar una vieja casa y mudarnos a Mallorca cuando un amigo nos aconsejó que primero visitáramos Andalucía ¡y menos mal, porque nos enamoramos nada más pisar esta tierra», apunta. «Me siento privilegiado por vivir aquí, la sensualidad de Andalucía me inspira, también su historia, su tradición», añade, mientras cierra los ojos y se deja abrazar por la brisa que corretea entre los pinos que su mujer, Dorthe, y él plantaron nada más hacerse con la propiedad. Delante del porche trasero de la casa se celebra un espectáculo que comienza por la gama de verdes de la Axarquía, continúa con el blanco del que ha sido considerado uno de los pueblos más hermosos de España y termina con el azul infinito del Mediterráneo. «¡Cómo no voy a dar gracias todos los días por esto!», espeta el artista, convencido de que «dedicarse al artes es de algún modo rezar, dar gracias por esta maravilla».

En su discurso se dan la mano la mística y la mundanidad como si formaran parte de un todo mágico. Las dos caras necesarias de algo que no se puede comprender. Como este país, dice Sorensen, la España de claroscuros en la que se siente cómodo. Lejos de la elogiada perfección moral de la sociedad danesa que al autor le parece más gris, afirma que ha encontrado una paleta fascinante que le permite reflexionar sobre lo que persigue: «Vivimos en un mundo en el que parece que todo es igual, y no es así, hay cosas más importantes, el amor es lo más importante».

Quizá por eso los cuadros de gran formato, coloristas y luminosos que desfilan por las paredes de su casa y estudio interrogan al observante y escudriñan el alma hasta generar una sensación de insignificancia a la medida del ser humano. Insólitos huéspedes de un hogar con forma y detalles de cortijo andaluz, pero decorado con piezas de diseño, muchas de ellas nórdicas, en un conjunto equilibrado y armónico.

En casi todas las estancias se entremezclan piezas de Arne Haugen con la cerámica de su esposa, Dorthe, que posee también su propio taller dentro de la finca. La presencia de sus dos perros pone la única nota de jaleo a la atmósfera, quieta, brillante, muda. Cada día a las ocho de la mañana Sorensen toma sus pinceles y se enfrenta a la tarea que lo salvó de ser, como él mismo admite, «un robot en una fábrica de Copenhague», tarea a la que estaba destinado desde pequeño. En casa su madre fue la encargada de sacarlos adelante a él y a su hermano. Quizá por eso la figura de una madre sea uno de los símbolos a los que recurre en su obra. Pinturas que indagan en el misterio del ser con cierta distancia cínica, señalando la tragicomedia de una existencia que puede golpearte hasta el dolor de perder a una hija al tiempo que regala amaneceres como los de su casa de Frigiliana, que te coloca en el paraíso y te avisa de que es finito. Y después, quién sabe lo que viene después. De eso va todo esto.

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