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Memorias de África... en Alhaurín de la Torre

Mueble del recibidor traído de Indonesia
Mueble del recibidor traído de Indonesia / Sur
  • La francesa Patricia Moulet ha vivido junto a su familia en varios países del continente vecino durante más de dos décadas. Su villa en Alhaurín de la Torre refleja ese recorrido por Camerún, el Congo Francés, Sudáfrica y Madagascar, con artículos artesanales y originales antigüedades

Patricia Moulet nunca tuvo una granja a los pies de las colinas de Ngong, como contaba la escritora danesa Karen Blixen en su célebre relato autobiográfico ‘Memorias de África’, pero ha pasado media vida en el continente del otro lado del Estrecho, donde se ha quedado atrapada la mitad de su alma.La decoración de su hogar en Alhaurín de la Torre testimonia este recorrido vital por varios países africanos, de Camerún al Congo Francés, de Sudáfrica a Madagascar.

Moulet nació en la histórica Verdún, al norte de Francia, aunque se trasladó junto a su familia a París cuando apenas tenía tres años. De joven trabajó como comercial en el sector informático hasta que después de casarse y con su primera hija ya en el mundo tuvo que instalarse junto a su marido en Camerún, por motivos del trabajo de éste. El abogado experto en finanzas tenía intereses en el país centroafricano y ella no dudó en cambiar de vida con todo lo que ello suponía para acompañarle.

«Cuando llegué allí me sentí un poco descolocada, en Francia nosotros vivíamos en un piso muy normal cerca de Versalles y de repente me vi en una casa inmensa, parecía un hotel, rodeada de la nada, fue duro al principio», confiesa. Sin embargo, Moulet se empeñó en ver el lado bueno de las cosas y empezó a hacer deporte, a aprender del entorno, a obtener un punto de vista diferente de todo. Un año después, embarazada de su segundo hijo, llegó un nuevo destino laboral para su marido: el Congo Francés. Fue en 1997 y el país estaba en plena guerra. Tras dar a luz en París volvió con su recién nacido a un país aún convulso y peligroso. «Sufrimos varios robos en casa, alguno especialmente complicado, violento, pero todo se fue estabilizando», explica Moulet.

Años más tarde se trasladaron a la isla de Madagascar, en busca de nuevas aventuras empresariales que no llegaron a buen puerto. No obstante, este nuevo destino dejó una huella indeleble en Patricia, que guarda el mejor de los recuerdos del año en el que vivió «en el paraíso», según sus palabras. «Me gustaba todo de allí, la gente, el ritmo de vida, el paisaje, la artesanía y sobre todo la comida, estaba buenísima, engordamos varios kilos en pocos meses», afirma. De vuelta al Congo su hija Roxane le dijo que quería estudiar Ciencias Ambientales y tenía que ser en Sudáfrica. Roxane se mudó a la ciudad de George y Patricia cuenta que «al año de estar allí había perdido diez kilos, era un lugar maravilloso pero no exento de peligros, así que nos marchamos con mi hija para que no estuviera sola». En el año 2008 también su hijo Cedric se incorporó a los estudios universitarios. En la ciudad al Sur de todo, la vida volvió a ser difícil durante un tiempo pero de nuevo regresaron las aguas calmas y esa sensación de paz que sólo se conoce ante la inmensidad de los paisajes de África.

En total fueron dos décadas de estancia en algunas de las zonas más conflictivas de África que, sin embargo, dejaron una impronta de felicidad en la familia. En 2008 Patricia y su familia quisieron tener una casa en Europa y se decantaron por España. «No quería volver a la tristeza de la luz en Francia, me había acostumbrado demasiado al sol de África, a su alegría constante, así que Andalucía nos pareció un punto intermedio perfecto». Con esta idea llegaron a Alhaurín de la Torre, donde adquirieron una villa que tardaron tres años en reformar. «Este clima es maravilloso, te permite hacer vida hasta la madrugada», insite Moulet. Y fue de esta forma como un pedacito de África se instaló en Alhaurín, transformando una casa típica andaluza en una vivienda con aires coloniales, repleta de artículos artesanales de varios países, maderas vírgenes, piedras y plantas traídas de Madagascar, Sudáfrica y el Congo.

Piezas de artesanía

La sensación de contacto con la naturaleza es permanente en la casa de Patricia. Sobre el blanco neutro de suelos, paredes y techos se mezclan tonos tierra, maderas nobles y plantas exóticas. Restos de árboles convertidos en butacas, mesas de comedor en mosaico realizadas de forma artesanal por Patricia a partir de piedras naturales del Congo. E incontables piezas de artesanía de todos los países que ha visitado. Moulet asegura que le da mucha importancia al trabajo manual «porque es muy auténtico, tiene alma y eso se transmite». Ella misma intenta conservar ese espíritu de cercanía con lo original. Antigüedades como un telescopio de finales del XIXo una máquina de planchar lino de la misma época aportan un carácter genuino a los ambientes. Atmósferas que transportan no sólo a otro espacio, sino a otro tiempo, a otro mundo.