Gente de Malaga

La ítaca particular de José Seguiri

El artista en su estudio
El artista en su estudio / Sur
  • El artista abre las puertas de su hogar en La Cala del Moral (Rincón de la Victoria), un espacio bohemio y acogedor en el que se concitan algunas de sus pasiones: el mundo clásico y el mar, siempre presente en su vida y su arte. Libros de arte, restos arqueológicos y una buena reunión de obras propias protagonizan la decoración de esta singular casa

La casa del artista malagueño José Seguiri en La Cala del Moral es una especie de Ítaca en medio de un mar de cemento. Un refugio diseñado a medida para ver sólo el Mediterráneo, como si este Ulises del arte no quisiera abandonar nunca su barco. Su vida ha estado siempre ligada al mar, desde que nació. Se crió, como él dice, jugando siempre en el exterior y escapándose en cuanto podía a la playa. El azul moreno de estas costas fue el telón de fondo favorito de sus mejores aventuras de juventud, cuando compartió colegio en el Cerrado de Calderón con otros niños que, como él, iban rebotados de otros centros en los que no habían encajado. Una reunión de «perlas», según recuerda, que dio más de un quebradero de cabeza a sus profesores y a sus padres. Su profesor de matemáticas les reñía al ver que los test de inteligencia no cuadraban con aquellos desastres de notas.

Como tantos otros artistas, fue un mal estudiante al que le interesaba mucho aprender, pero de otras cosas. Se pasaba el día dibujando y engordaba dos o tres kilos de felicidad cada vez que su abuela decidía enviar uno de sus dibujos a Juan Eugenio Mingorance, un primo pintor que ésta tenía en México. Por suerte, sus progenitores comprendieron desde el inicio su vocación y, con más o menos resignación, no le pusieron cortapisas. La otra opción era astroanuta, así que aplaudieron su inclinación hacia los pinceles. Fue así como comenzó a prepararse en la Escuela de Artes y Oficios de Málaga, donde coincidió con compañeros como Paco Aguilar y Rafael Alvarado, entre otros.

De este modo encontró Seguiri la manera de escapar para siempre del «aburrido mundo de los adultos». Ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, y poco después comenzó a desarrollar un estilo propio como pintor. Un sello que ha recibido etiquetas como ‘neocultista’ o ‘neoclásico’, ante las que el autor deja caer media mueca. Es cierto que las referencias al universo de los mitos y a su raíz mediterránea lo acompañan desde la primera obra que salió de sus manos.

Su hogar está plagado de alusiones en este sentido. Restos arqueológicos traídos de sus viajes, maquetas de barcos, onduladas figuras mitológicas, decenas de objetos que parecen los restos de un tsunami que subió hasta la montaña. Esta composición de referencias visuales heterogéneas se enmarca en un ambiente acogedor y bohemio. La preponderancia de la madera como material esencial de la decoración, enfatizada además por las bigas del techo, recuerdan en cierta forma al viejo camarote de un barco.

La casa es una especie de laberinto rodeado de la vegetación del jardín y marcado por las obras del artista. Desde el mismo porche de entrada, en el que reposa la maqueta de una de las cabezas de gran formato (‘Space is a metaphore of time’) que hay en Benalmádena. En el interior, la planta principal aúna en una sola estancia sala de estar, comedor y cocina, esta última separada del resto por un muro a media altura que deja pasar la luz. En el salón hay varias obras de la serie «cabezones», tal como él mismo las denomina de forma familiar. «Me gusta mirarlas y que me miren, me relaja, ejercen en mí un efecto hipnótico, como cuando te quedas mirando a la profundidad del mar o al fuego», afirma.

Pese a sus logros en el terreno de la pintura, su gran salto como artista llegó con la escultura. Se encontraba el artista literalmente quemando sus naves, es decir, realizando una fogata con sus primeras obras, cuando lo interrumpió una llamada de la galería madrileña Seiquer. Fue en el año 1987 y supuso un giro radical a su carrera. Después vendrían otras exposiciones decisivas, como la del Colegio de Arquitectos de Málaga, donde conoció a José Oyarzábal, que a la postre le encargó uno de sus trabajos más conocidos, los grupos escultóricos de la plaza de Uncibay. El mito de Acteón y Diana en la sufrida fuente de la calle Granados, la transmutación de esta última en ciervo como castigo, devorada por sus perros, en la plaza de Uncibay, y un tercer grupo en la misma plaza, el del Rapto de Sabina.

Después de este trabajo le llegaron algunos de los trabajos más apasionantes de su carrera, los de gran formato, que le encantan. El diálogo entre el mundo clásico y el actual, la ironía con que Seguiri interpreta esta herencia se materializa en todo su esplendor en la habitación de su estudio que guarda las maquetas de sus esculturas. En la planta sótano que da al jardín tiene el autor su espacio de trabajo, un lugar diáfano hasta donde se cuela la brisa marina, filtrada por un montón de árboles de bambú, palmeras y hasta un ficus. Tan sólo unos pocos escalones son suficientes para cambiar de mundo y trasladarse a un vergel mediterráneo en el que sólo tienen permiso para importunar los pájaros y ‘Turqui’, su inseparable perro de agua. El laberinto de verdes y terracotas es una fusión natural de la obra del artista con la naturaleza, que la hace suya. En el interior, con la banda sonora de Radio 3 de fondo, se mezclan algunos de los trabajos en progreso de Seguiri (el próximo mes de mayo inaugura exposición en la galería de Ignacio del Río) con incontables libros de arte clásico y alguna que otra tabla de surf que aguarda callada a que las olas distraigan de nuevo al artista, lo separen del barro y el gres y lo devuelvan a Poseidón.