Gente de Malaga

De Málaga al Capitolio de EE UU

María Teresa Novis y Carlos Monserrate, en uno de los salones.
María Teresa Novis y Carlos Monserrate, en uno de los salones. / SUR
  • El autor del retrato de Bernardo de Gálvez que conmemora la gesta en la batalla de Pensacola, Carlos Monserrate, repasa su trayectoria vital y artística en su 82 cumpleaños desde su casa familiar en la zona Este de Málaga

  • Retratos a ministros, papas, obispos y otras personalidades destacan en una carrera que tiene en su haber más de dos mil obras y cerca de un centenar de reconocimientos

En el mismo día en que se realiza este reportaje se cumplen 82 años de la llegada al mundo de Carlos Monserrate. Como si de un guiño premonitorio del destino se tratase, nació en la malagueña calle de Velázquez, en el seno de una familia que ya tenía cinco hijos. Su afición a la pintura fue muy temprana. Con apenas ocho años un retrato suyo de Cervantes llamó la atención de su hermana mayor, Naty, quien advirtió a sus padres de la conveniencia de llevar a Carlos a la Escuela de Bellas Artes. Esa misma Navidad, los Reyes Magos le regalaron su primera caja de óleos, «de la mejor marca que había entonces, Rosales», destaca el pintor. Poco podía figurarse Monserrate lo lejos que llegaría esa vocación infantil. Concretamente, al Capitolio de EE UU, donde cuelga desde diciembre de 2014 el retrato de Bernardo de Gálvez que el artista realizó a partir de una obra original de Mariano Salvador Maella, pintor de cámara del rey Carlos III.

Lejos de conferirle protagonismo a este hito, el pintor relata sin mayor ímpetu los seis meses de trabajo que con 81 años le dedicó en exclusiva al encargo. «Amí lo que me gusta es pintar, lo que quiero es más tiempo para pintar», recalca, mientras atraviesa el largo pasillo que lo lleva a su lugar favorito del mundo, su estudio, donde trabaja ahora con otro tema histórico, el fusilamiento de Torrijos. Quizá quiera devolverse a sí mismo todas las horas que no pudo dedicar a su gran pasión mientras trabajaba como contador del Estado. Desde los 13 años compaginó sus estudios de profesor mercantil en la Escuela de Comercio de Málaga con los de Bellas Artes.

De todo ello da fe un cuaderno en el que Monserrate anotó desde el primer día todos los pasos que dio como pintor, en un curioso gesto para un niño de apenas 14 años. Lo más sorprendente de este registro es que no sólo escribió sobre lo que pintaba y cuándo y cómo lo hacía, sino que antes de que pudiera tomar fotografías de la obra en cuestión las realizaba a escala para pegarlas al lado de las inscripciones. Así, pues, su autobiografía artística es un catálogo completo y didáctico, de su puño y letra.

Ya desde el primer curso en la Escuela de Bellas Artes recibió el Premio Fin de Curso y la dirección del centro le ofreció becarle los estudios a cambio de dejar allí expuestos sus trabajos para que de esta manera sirvieran de modelo al resto de los alumnos. De hecho, Monserrate conserva fotos en las que se ven sus dibujos compartiendo pared con la obra del genio universal malagueño Pablo Ruiz Picasso. En todos aquellos años no dejó de participar en exposiciones provinciales hasta que llegó la hora de realizar el servicio militar.

Más tarde aprobó las oposiciones como contador del Estado y trasladó su residencia a Melilla, donde vivió junto a su mujer, María Teresa Novis. Tampoco en ese periodo abandonó del todo los pinceles, si bien su actividad se redujo al ámbito privado. Su vuelta oficial a la pintura constituye de por sí una anécdota, según recuerda el artista: «Un compañero de la Delegación de Hacienda, Juan Muñoz Alcántara, se sorprendió al saber que tenía una formación artística de tantos años y a modo de apuesta me retó a realizar un retrato de su hija». Monserrate aceptó y el retrato de Ana Mary Muñoz (1962) fue el pistoletazo de salida de su carrera profesional como pintor.Tras aquel encargo se sucedieron muchos otros, al tiempo que llegaron las exposiciones al otro lado del Estrecho. Su fama en la zona creció al punto de que durante unos meses tuvo que trasladar su residencia a Tetuán para cumplir con las peticiones de las familias que lo reclamaban.

En el 68, de vuelta a su ciudad natal, intensificó su actividad y participó en incontables exposiciones individuales y colectivas. Cuestionado acerca de la capacidad para llevar adelante su profesión en Hacienda, su trabajo creativo y una familia con ocho hijos, Carlos bromea y cita una entrevista en la que declaró no saber «si tiempo libre se escribe con be o con uve». En aquella época, sus obras estuvieron a la venta en la Galería Loserth, en Torremolinos. En los años del ‘boom’ turístico los paisajes de Málaga y sus pueblos de Monserrate partieron con destino a diversos rincones del mundo, desde EE UU a Australia, pasando por Suecia o Alemania.Sus aportaciones a la iconografía de la Semana Santa malagueña comenzaron más tarde, en los ochenta, con encargos de carteles, estandartes o cuadros para las hermandades.

Obras con temática cristífera y mariana

En total ha realizado una treintena de obras con temática cristífera y mariana, entre las que cabe destacar el cartel para el 50.º aniversario de la salida procesional de la Cofradía de Viñeros o el del 350.º aniversario del Santísimo Cristo de Ánimas de Ciegos. De todas ellas da testimonio su casa, donde uno de los pasillos se ha convertido en galería de reconocimientos de las cofradías. Más de dos mil obras cuentan ya en el haber de este pintor de mirada serena, manos inquietas y sonrisa humilde. Sería imposible detallar la variedad y originalidad de las mismas, aunque entre ellas destacan algunas de las ejecutadas en las dos últimas décadas, como los retratos del Rey Juan Carlos, del Papa Benedicto XVI, del obispo Dorado Soto y de tres ministros de Hacienda: Carlos Solchaga, Pedro Solbes y Cristóbal Montoro.

Ninguna de ellas, ni siquiera los reconocimientos con los que ha sido honrado, suponen más que anécdotas en su biografía porque, según afirma, «lo único importante es estar bien para seguir pintando». Cada noche, las puertas de su estudio siguen abriéndose para que Monserrate reviva la ilusión que sintió cuando los Reyes Magos le trajeron aquella primera cajita de pinturas.