Gente de Malaga

El hogar de los Scariolo - Ares: la escolta de oro del campeón

Blanca Ares, junto a la piscina.
Blanca Ares, junto a la piscina. / SUR
  • Blanca Ares y Sergio Scariolo encuentran en Marbella la calma necesaria para disfrutar de una vida normal en familia y ver crecer a sus dos hijos adolescentes, Alessandro y Carlota. Su villa en Sierra Blanca es la base de operaciones desde la que ha diseñado el camino hacia el éxito en el Eurobasket y el refugio al que vuelve para encontrar el equilibrio

La casa teñida de azul de la familia Scariolo-Ares en una de las urbanizaciones más exclusivas de Marbella es un hogar en esencia como otro cualquiera que cuente dos hijos adolescentes, tres gatos y dos perros, además de los familiares que con frecuencia los visitan. Una vivienda con olor a comida recién hecha en la cocina, con las fotos divertidas de las vacaciones repartidas por sus dos plantas, con la correspondiente cuota de aparatos electrónicos para el entretenimiento, llena de libros en todas sus estancias y hasta con detalles florales artesanales realizados por Blanca. Su singularidad se limita a unos trescientos metros cuadrados de una villa cuidada y confortable, bonita pero no ostentosa. En efecto, podría ser una casa cualquiera de una familia de deportistas si en sus paredes no se exhibiesen algunos de los más grandes logros del baloncesto español. Es cierto que algunos detalles de los exteriores delatan en cierta forma a sus propietarios, no por la canasta que hay instalada en la parte de atrás de la casa, algo normal en muchos hogares, sino porque hay canastas hasta en la piscina. Por todo lo demás, hay que afinar un poco la mirada para emocionarse con los trofeos y medallas, con las camisetas y fotografías que recuerdan que estamos dentro de la base de operaciones del seleccionador que ha llevado a tres oros a la selección española de baloncesto, Sergio Scariolo, y de su mujer, la exinternacional, también de basket, Blanca Ares. Aquí se mudaron a los dos años de llegar Scariolo a Unicaja, después de vivir en una vivienda de alquiler en Benalmádena. «Marbella nos gustaba por su carácter internacional y por muchas otras cosas, se puede practicar deporte al aire libre todo el año y tenemos una vida muy tranquila», recuerda Ares, al tiempo que asegura que «este será siempre el hogar al que regresaremos, aunque vivamos con la maleta en la mano». Aún se le escapa una carcajada cuando recuerda su aterrizaje en Málaga. El día que habían programado para su boda coincidió con la fecha prevista para su debut como técnico del Unicaja. Excepcionalmente la ACB movió el partido del sábado al domingo y Ares pudo vestirse de blanco sin sobresaltos, «aunque con una noche de bodas nula», bromea. Lo que no sabían entonces es que el verdadero idilio de ambos sería con Málaga y los malagueños. «Aquí hemos disfrutado una de las etapas más dulces de nuestra vida, que obviamente coincidió con la época gloriosa de Unicaja», afirma Blanca.

Sus hijos han echado raíces en Marbella, Carlota juega al tenis y Alessandro sigue los pasos de sus progenitores en la cantera del club cajista. Y al igual que le ocurre al resto de sus compañeros, cada vez que juega y que el calendario se lo permite, tiene a sus padres en la cancha. Ares asegura que no son «de esos padres que buscan un campeón», aunque al terminar el juego suelen destacar sus aciertos y sus posibilidades de mejora. «Es inevitable, eso sí, lo único que le pedimos, al igual que a Carlota, es que, haga lo que haga, dé el cien por cien, ponga el corazón», subraya su madre. Sabe bien de lo que habla, ella comenzó a jugar con 12 años.Trasladaron a su padre a Canarias por motivos laborales y un día, a la salida del colegio, Domingo Díaz Martín le preguntó: «¿Tú juegas al baloncesto?» y ella, que reconoce que no es de echarse para atrás, le contestó: «No, pero puedo jugar». Sin saberlo, le estaba cambiando la vida. Con 16 años cogió una maleta cargada de ilusión y se trasladó a Madrid para preparar durante cuatro años los Juegos Olímpicos del 92, donde lograron un quinto puesto. «Estábamos preparadas para una medalla, pero a veces jugar en casa tiene trampa», espeta. Al año siguiente se sacaron la espinita con el Oro en el Europeo que se celebró en Perugia (Italia). Estuvo entre las tres mejores jugadoras europeas y entre las cinco mejores del mundo e incluso tuvo ofertas para ser la primera española en la WNBA. Sin embargo, en plena cúspide de su carrera, con 26 años, decidió retirarse.

Una opción de la que dice sentirse orgullosa mientras muestra algunos de sus trofeos y medallas, expuestos en un recodo de su casa marbellí. Otros están en el pabellón que lleva su nombre en Leganés o en la auténtica sala de trofeos de la casa, el gimnasio. Allí comparte vitrinas y pared con los recuerdos y logros de su marido, entre bicicletas, elípticas y pesas. Un espacio no muy grande en el que cualquier forofo del baloncesto se pirraría por entrar. Las fotografías de equipo de cada uno de los clubes por los que ha pasado Scariolo no ganan en protagonismo a los de Unicaja. Ares, de los suyos, destaca la camiseta con la que jugó en los Juegos Olímpicos, también expuesta, aunque reconoce que el puesto de honor de este ranking de laureles lo tiene la medalla de Oro del primer Europeo de Scariolo en Polonia. Junto a ella están las divertidas fotos de la complicidad en la celebración del vestuario. Algunos de estos momentos para el recuerdo, de hecho, se han mudado al piso de arriba, donde el seleccionador posee un pequeño despacho, centro de operaciones de su trabajo y galería de afectos varios: al Inter de Milán, al Real Madrid en forma de retrato junto a Valdano, y el título de licenciado en Derecho, entre otros detalles, conforman un particular santuario en el que destacan las fotografías junto a sus hijos. Ahora descansa después de la euforia del campeón, aunque con un ojo en las Olimpiadas. Su mujer asegura que «es el tiempo de la calma, aunque echa de menos a su otra familia, la de la Selección».