Gente de Malaga

‘Caracate’ o la dicha del campo

Vista de la entrada a la residencia. / SUR
  • Marisa Gémar abre las puertas de la que fue residencia de sus antepasados, el cortijo Buenasvistas, una finca anclada a la historia de la comarca de Antequera, con vistas a la Peña de los Enamorados, cuyo encanto centenario permanece intacto y es una invitación a dejarse llevar por la felicidad de lo auténtico

Aconsejaba el gran Manu Leguineche al hablar de su obra ‘La felicidad de la tierra’ que «hay que aprender a perder más el tiempo». En el cortijo Buenasvistas de Archidona (también conocido como ‘Caracate’) uno aprende a encontrarlo, a saborearlo. Caracate es la finca de los antepasados de Marisa Gémar, una emprendedora malagueña que diseña y crea ropa y complementos. Su firma infantil, Pelusita y Doña Amparo, refleja el espíritu perfeccionista y delicado de esta archidonesa de sonrisa perpetua. Un carácter que ha contribuido a que la casa en la que vivieron varias generaciones anteriores a la suya haya conservado el esplendor y el encanto de antaño.

La Buenasvistas, como se puede sospechar por su propio nombre, está situada en un altozano desde el que se divisan el pueblo de Archidona y la Peña de los Enamorados. Un enclave lleno de magia que se deja sentir desde el mismo carril de acceso a la finca. Un portón antiguo da la bienvenida al visitante, escoltado a sus dos lados por un vergel de moreras, perales, acacias y todo tipo de árboles frutales que a cada paso perfuman el ambiente y ciegan los sentidos.

Al atravesar esta primera puerta se accede al gran patio central, espacio diáfano y luminoso que ahora Marisa alquila para eventos por sus extraordinarias cualidades. Una piscina a la izquierda y una zona de comedor con barbacoa en el porche de la derecha son los dos atractivos que compiten en protagonismo en esta primera zona. El porche del comedor exterior es un balcón en primavera gracias a las decenas de geranios de todos los rojos posibles que recorren el muro.

La luz que se impone en el exterior se repliega tímida al acceder al interior del cortijo. Dividido en dos zonas principales, ha sido decorado recuperando todos los elementos de mobiliario de herencia familiar. Así, la parte derecha está envuelta en un aire rústico, austero pero muy auténtico. En un gran salón se exhiben todo tipo de aperos del campo, así como telares, planchas y hasta moldes de pastelería centenarios. Distribuidos con un criterio de sobriedad que casi recuerda a una sala museística, forman junto a las mesas de comedor un conjunto coherente con un aire ‘country chic’. Del otro lado, en la parte izquierda de la planta baja, se sitúan el salón comedor principal y la cocina. La chimenea es el centro de la decoración de esta estancia, vestida con textiles estampados en tonos ocre.

Mobiliario a la última con detalles antiguos

La propietaria ha puesto especial empeño en mantener la esencia del mobiliario original y con gran pericia ha resuelto las carencias que impone el paso del tiempo customizando piezas actuales. Así, se puede encontrar un sofá de los años 40 junto a otro actual sin que el espectador note la diferencia de una visual. Para terminar de forjar un ambiente con solera, varias piezas de mobiliario de principios del siglo XX aportan un toque de autenticidad y melancolía. Una consola, un viejo piano y un aparador destacan sobre el conjunto.

Lo mismo ocurre con la cocina, en la que se han incorporado apenas los electrodomésticos imprescindibles para que la vida en el cortijo resulte confortable sin renunciar al encanto. El acceso a la primera planta se realiza a través de una escalera que conserva los peldaños originales. Arriba, en el rellano, espejos adquiridos en anticuarios conviven con láminas de familia y algún que otro cuadro firmado por la madre de Marisa, artista igual que la hija. Varios pasillos distribuyen la zona de dormitorios, con capacidad para quince personas. La austeridad reina en todos ellos, en consonancia con el espíritu de paz y sosiego que se respira en toda la casa.

Sensibilidad cromática

Demuestra la propietaria una gran sensibilidad cromática a la hora de escoger los accesorios de cada habitación, que en conjunto con los muebles antiguos forman un todo elegante y atemporal. «He intentado que la casa mantuviese el estilo de un cortijo de hace un siglo sin renunciar por ello a la comodidad de nuestros días», asegura Marisa. Así, son numerosos los rincones que en esta casa invitan a la lectura. Uno de ellos, el favorito de Gémar, está en la mesa del jardín lateral, cubierto por una cúpula de hoja de parra y rodeado del verde de decenas de plantas de especies variadas. Desde este rincón encantador, el favorito de Marisa, uno hace suya la utopía de volver la mirada hacia el paraíso, de masticar la vida sin conexión.

La felicidad se desparrama por el paisaje, se enciende con el sonido del silencio del campo, en una borrachera de calma a la que el huésped se engancha sin resistencia. Hay un espacio para el tiempo, para el hombre que se da cuenta del mundo. Unos metros más afuera, andando de nuevo hacia la carretera, queda atrás el aroma del laurel, se abre camino la insensatez y deja atrás la ilusión de una existencia con sabor a buena vida.