Muere la exvedete Manolita Chen

Manolita Chen, en un espectáculo chinesco.
Manolita Chen, en un espectáculo chinesco. / SUR
  • Reina del espectáculo ambulante, Manuela Fernández Pérez falleció a los 89 años en una residencia de la localidad sevillana de Espartinas

  • En 1950 puso en marcha con su marido el teatro que les hizo famosos en toda España

Manuela Fernández Pérez, conocida artísticamente hasta finales de los años 70 como la vedete Manolita Chen, ha fallecido a los 89 años en la residencia de ancianos de la localidad de Espartinas, donde vivía retirada de toda actividad artística. Fuentes de la residencia infoemaron a Efe de que la exvedete falleció el pasado domingo por causas naturales, y su cuerpo fue incinerado ayer en un tanatorio de la provincia sevillana.

Nacida en Madrid el 11 de abril de 1927, comenzó a formarse como artista a los 12 años, en la escuela Conservatorio de Laura de San Telmo, trabajando por primera vez en el ballet Las Charivaris del Teatro Circo Price. En 1944 se casó con el empresario chino Chen Tse-Ping, de quién adoptó su apellido artístico, y ambos pusieron en marcha en 1950 el teatro que les hizo famosos en toda España.

Manolita era su nombre: Manuela Fernández Pérez, hija de un conquense empleado en las gaseosas La Revoltosa y de una gallega que había emigrado de criada a la capital. Pero Chen también era su apellido real, por matrimonio, y ahí está una de las claves de una vida que no tardó en apartarse de todos los cánones de la época. Porque la adolescente Manolita entró a trabajar como bailarina en el mítico Teatro-Circo Price y allí conoció a Chen Tse-Ping, un lanzador de cuchillos chino del que se rumoreó -falsamente- que había matado a su primera mujer en una velada de mala puntería. Chen, a quien rebautizaron castizamente como Chepín, había vivido en Francia y Alemania y formaba parte de la vistosa troupe Chekiang, «los hijos del Celeste Imperio», un conjunto de acróbatas y malabaristas con acompañamiento de música chinesca. En su elenco figuraban fenómenos como Chen Yu-Ping, hermano de Chepín, cuya especialidad era colgarse del pelo: en Valencia todavía habrá quien recuerde aquella vez que hizo su número en lo alto de un edificio de la actual plaza del Ayuntamiento.

Manolita no tardó en enamorarse de Chepín. «Cuando yo vi a ese hombre con ese cuerpo bailando los doce platillos y haciendo juegos orientales, me volví loca. Me encantaba cómo me besaba», recordaba Manolita. La vedette, un poco olvidada en las últimas décadas, fue ‘rescatada’ para el público por el libro ‘El teatro chino de Manolita Chen’, un detallado repaso a su trayectoria y al mundo de los teatros portátiles, al que se sumó un documental rodado por Televisión Española. «Manolita es un mito que en su época provocaba un auténtico paroxismo. Todo el mundo se volcaba, tenían que dar hasta ocho funciones diarias», recuerda el autor del volumen, Juan José Montijano Ruiz, profesor de la Universidad de Granada y especialista en teatro frívolo español.

«La locura»

Muere la exvedete Manolita Chen

La llamativa pareja se casó en 1944: él tenía 41 años y ella, 17. La jovencísima bailarina se metamorfoseó en Manolita Chen y se incorporó a la troupe Chekiang, uno de esos nombres fabulosos que convertían los programas de espectáculos de la época en nutritivo alimento para la fantasía: los chinos compartían escenario con los Olwar’s, «excéntricos del trapecio»; con los caballos andaluces del profesor señor Manzano, con los siete tigres del Sahara, con los perritos sabios del profesor Sentis, con los «equilibristas antipodistas» del Trío Olimpia, con la bella caballista Adelina, con la muñeca asiática Merceditas Díaz o, en fin, con el eterno Tony Leblanc. Y de ahí surgió en 1950 el Teatro Chino, el gran proyecto empresarial de Chepín, en el que Manolita abandonó las tareas secundarias -como colocarse ante los cuchillos de su marido, un cometido que la aterraba- y ascendió primero a vedette y luego a mito. «Manolita era la locura», resume en el libro Fernando Esteso, uno de los incontables artistas que trabajaron en el espectáculo. 

«Yo salía muy guapa y tenía un buen cuerpo. Fui una de las primeras vedettes que se operaron el pecho», explicaba Manolita, que era una maestra del juego voluptuoso, experta en cargar de tensión sexual sus chotis y sus pasodobles. El Teatro Chino destacó entre su competencia, precisamente, por el atrevimiento a la hora de explotar el erotismo, lo que hizo de su propietario un pionero del destape.

Ocaso y cierre

La osadía fue a más con la desaparición de la censura, pero también se diluyó ese contraste marcado entre lo que ocurría al cobijo de la carpa y el resto de la sociedad. Llegó el declive de estos espectáculos, que en el caso de Manolita Chen tuvo un componente inesperado, casi inconcebible si se contempla desde la actualidad. Ya en 1962, un rival celoso de su éxito había creado otro Teatro Chino, obligando a Chepín a rebautizar el suyo con el nombre completo de Teatro Chino Manolita Chen, pero la deslealtad llegó al extremo en los 80, cuando la competencia empezó a anunciar a un travesti como Manolita Cheng. Se trataba de Manuel Saborido, un gaditano que había tenido éxito en el Paralelo barcelonés con el nombre artístico de La Bella Elena, y que en tiempos más recientes ha aparecido profusamente en los medios por su pionera adopción de una niña y por acusaciones de tráfico de drogas. En aquellas noticias se le identificaba siempre como Manolita Chen, famosa artista, y la memoria colectiva acabó combinando ambas identidades en un ‘frankenstein’ extraño, con la carrera de la auténtica Manolita y la identidad sexual y los problemas con la ley de la falsa

El Teatro Chino se desmanteló para siempre en 1986, Chepín murió en 1997 y Manolita Chen, la vedette y empresaria que simbolizaba la era dorada de los espectáculos ambulantes, ha quedado como un personaje remoto y confuso, envuelto en injustas sombras. También cuando la carpa se marchaba de una ciudad, con esa facilidad pasmosa de los feriantes para plegar un universo entero en unas pocas horas, quedaba la sensación de que todo había sido un sueño, un espejismo en el descampado.

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