Diario Sur

EL ABRAZO

El domingo fui a ver 'Sully', la película de Clint Eastwood sobre el accidente aéreo del Hudson, y mucho más que el increíble acuatizaje (algo que ya habíamos visto en vivo y en directo en la tele) lo que me dejó de piedra fue la frialdad, la distancia y el desapego con que reciben al heroico piloto sus colegas, sus superiores y hasta su familia. No me cabe en la cabeza que a un hombre que acaba de conseguir aterrizar un avión averiado en los dos motores sin una sola víctima, a un ser humano que ha visto la muerte y está inevitablemente bajo un fortísimo estrés postraumático, su mujer le pregunte como en tono de reproche: «¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué llevaste el avión al Hudson?». Y para remate añada: «Necesito que sigas volando. Tenemos que pagar las facturas».

Quizá no debería sorprenderme tanto. En los dos años que viví en Filadelfia, con abundantes estancias en Nueva York, tuve tiempo de advertir lo materialista y deshumanizada que puede llegar a ser la sociedad estadounidense. Por supuesto que también encontré gente cálida y desinteresada, porque excepciones hay en todas partes. Pero en general «la sociedad americana es muy simpática en las formas y fría y superficial en el fondo», como me advirtió un conocido a mi llegada. Meses después, una amiga me contó sobrecogida cómo esa mañana, mientras hacía cola frente a la ventanilla de un banco, una chica se desmayó ante sus ojos. Ella intentó socorrerla. Pero la frenaron en seco. Si la tocaba, la desmayada al despertar podría denunciarla. A otra amiga querían regalarle un carísimo abrigo porque su hija pequeña se había resbalado y caído en unos grandes almacenes. Mi amiga (española) tenía ganas de darle un cachete a la niña, por torpe. Los empleados en cambio temían que denunciara a la empresa.

En 'Sully', el piloto llega a un hotel para pasar la noche tras el accidente y una de las empleadas que lo ha visto en la tele (latina, quizá de los dos o tres millones que Trump piensa deportar) no puede reprimirse y le da un espontáneo y apretado abrazo. Él (Tom Hanks, en la película) se queda atónito y le pregunta al copiloto: «¿Qué me acaba de ocurrir?». Esperemos no llegar a americanizarnos hasta el punto de no saber para qué sirve un abrazo.