Diario Sur

CUBA

Seguro que una vez más los cubanos, a falta de recursos, emplearán todo su ingenio (que es infinito) a la hora de reparar los estragos que el huracán Matthew ha dejado en la parte oriental de la isla. Lo digo porque he estado en La Habana hace poco y aún sigo maravillada con la rocambolesca inventiva de su gente. El aire 'acondisoplado' por ejemplo deberían patentarlo... O esos 'frankensteins' rodantes con más de 50 años a cuestas que fácilmente pueden tener la carrocería de un elegante Bell Air, el motor de un viejo Lada soviético y la transmisión de un Mitsubishi. Ya lo dicen ellos: «Lo que no circula por el mundo circula en Cuba». En cuanto a coches y en cuanto a moneda, porque ese 'Cucurrucu... CUC', equivalente al euro que se ha sacado Fidel de la visera no tiene precio. Visité Cuba por primera vez en el 83, «cuando Cuba era Cuba», como dicen los cubanos. Entonces podías comer langosta pagando en pesos y en el cabaret Tropicana a las tremendas mulatas las piropeaban en ruso. De aquello queda muy poco. Y lo que queda está en vías de demolición. Pero La Habana Vieja sigue suspendida en el tiempo. Sin apenas tiendas (ya solo por eso merece ser Patrimonio de la Humanidad), con su trasiego de bici-taxis, coco-taxis y 'almendrones', la música en cada esquina, los edificios apuntalados y sus expansivos vecinos sentados a la puerta de sus casas (o lo que queda de ellas) dispuestos a contarte su vida... Representa probablemente la ruina más alegre y fotogénica del mundo, los restos del naufragio de un régimen que ha convertido todo un país en una anomalía, algo así como la mujer barbuda o el hombre sin cabeza de los sistemas políticos. Conscientes del morbo que dicha deformidad despierta entre los turistas, los Castro se han montado un 'pasen y vean' y cobran muy cara la entrada. Pero yo les recomiendo la visita. Ahora. Antes de que el capitalismo salvaje (otro huracán fuerza 4) se apodere de La Habana y la convierta en un parque temático de sí misma.