Diario Sur

Freddie Mercury, la reina de África

El líder de ‘Queen’, en una actuación en el Wembley Arena de Londres en mayo del 78.
El líder de ‘Queen’, en una actuación en el Wembley Arena de Londres en mayo del 78. / KPA
  • La Caballé le recuerda como un ser «tímido y humilde». En Nueva Orleans aún retumba la fiesta más depravada de la historia. Se cumplen 70 años del nacimiento en Tanzania del cantante, el rock con bigote y minifalda

  • Fue parsi en Zanzíbar, estudiante aplicado en la India y currela del ‘catering’ de Heathrow antes de ceñirse la corona de ‘Queen’

Montserrat Caballé le admiró, le quiso y le añora, pero no financió un solo euro de su mausoleo, situado en la localidad suiza de Montreaux, a los pies del lago Ginebra, donde cuentan que se esparcieron sus cenizas. Son casi tres metros en bronce de Freddie Mercury, cadera cargada a la izquierda, puño en alto, micrófrono en el otro, enfundado en aquella chaqueta amarilla de corte militar y pantalón blanco con el que hace tres décadas hizo rugir al estadio londinense de Wembley con ‘Magic Tour’, la última gira de todos los miembros originales de Queen. ‘La enciclopedia libre, políglota y editada colaborativamente’ de Internet se equivocaba.

La diva catalana, una de las sopranos más brillantes de todos los tiempos, la favorita del cantante, lo aclara. «No sufragué la estatua junto con sus padres. Lo que hice fu e ser la madrina de la inauguración del monumento y descubrirlo por petición expresa de su familia y del grupo. Estaban convencidos de que lo habría deseado así», señala a este periódico desde su residencia en Barcelona. Ocurrió el 25 de noviembre de 1996, cinco años y un día después de su muerte precoz, a los 45. El próximo lunes, el cenotafio se adornará con flores frescas de turistas y vecinos de la ciudad donde grabó gran parte de su música y en la que se refugió para ser consumido por el virus del sida a salvo del ojo público. El rapsoda bohemio, la auténtica reina de África con hechuras de barítono, habría cumplido setenta.

A la autoproclamada soberana inglesa de la música, primer icono gay de los escenarios, herrero del rock con bigote y minifalda le alumbraron en pleno Océano Índico, entre negros, sacos de especias y baobabs. Farrokh Bulsara fue el hijo mayor de Jer y Bomi, un matrimonio indio de origen persa. Él, un funcionario indio de la Administración colonial británica al que, a mediados de los años cuarenta, desplazaron por motivos laborales a la isla de Zanzíbar, en la actual Tanzania. Eran, son, parsis. Para esta comunidad, integrada en la actualidad por apenas 60.000 seguidores, Zaratustra es el primer profeta de la historia. Se les conoce por sus ‘torres del silencio’, unas estructuras circulares sobre las que colocan a sus muertos, envueltos en un sudario, para ser ofrecidos a los buitres.

La mayoría se agrupa en Bombay. A unos 250 kilómetros al sur de la megalópolis portuaria, en Panchgani, pasó buena parte de su niñez el pequeño Farrokh.Le enviaron allí para que se educara en un buen internado británico. Estudiante aplicado, se le daba el boxeo –que enseguida cambió por el ping-pong por recomendación materna– el teatro y la música. El propio director del colegio aconsejó que le pusieran a dar clases de piano y que ingresara en el coro. Para entonces, el incipiente Freddie Mercury ya había empezado a rumiar, en suelo indio, su primera banda.

Regreso breve a Zanzíbar

Regresó a Zanzíbar en el 62, pero no permanecería allí más que un par de años. El estallido de violencia previo a la declaración de independencia de la isla obligó a su familia a abandonarla de forma apresurada. Se instalaron en Londres, que resultó la horma del zapato de un quinceañero dentón, apegado a su madre y a su hermana, que sin embargo empezaba a dar visos de su personalidad exuberante y su determinación por revolucionar la escena. Primero se enroló en un politécnico y, más tarde, en una escuela de arte y diseño. Entre medias, montó y desmontó bandas, vendió ropa de segunda mano en el mercadillo de Kensington, despachó el ‘catering’ del aeropuerto de Heathrow y ejerció de mozo de almacén. En la primavera de 1970, el grupo Smile, con el que ya había probado suerte, volvió a cruzarse en su camino. Esta vez, el nuevo vocalista aceptó quedarse a cambio de renombrar la banda, renombrarse a sí mismo, cambiar el logo y obtener pista libre para agitar con fuerza su acusado sentido de la teatralidad, descorchar sus fetiches y desparramarlos por los escenarios. Sin que nadie lo demandara, el rock se ponía las mallas y se hacía monárquico, extravagante, desmedido, maleable, hortera, liberador y con el tiempo también épico.

Para entonces, Mercury ya había conocido a Mary Austin, su novia durante siete años y su amiga leal hasta la muerte y más allá. No sólo fue una de las principales beneficiarias de su multimillonaria herencia, sino que recibió sus cenizas junto con el encargo de depositarlas en un lugar secreto. Posiblemente, el lago Ginebra, en Montreaux. En 1979, cuando la ‘Reina’ alcanzaba la velocidad de crucero, su líder barruntaba dejarse bigote y romper con su chica, todo ello en medio de rumores persistentes sobre su homosexualidad, recalaban en España. Lo hacían por segunda y penúltima vez. Para entonces ya viajaban con tres camareros y dos cocineros que les preparaban ‘steaks’ a la pimienta o solomillos con champiñones y patatas al horno’. Lo contó para TVE Carlos Tena, quien entrevistó a la banda en el ‘backstage’ antes de actuar en Madrid. «Era un tipo con gustos prosaicos, retraído y parco en palabras, con fama de mandón y de histérico. Sus ‘rider’ (listado de exigencias) no llegaban a ser tan estridentes como los de Elton John, pero también se las traían», cuenta el periodista musical con un indisimulado desafecto que achaca al derroche de «artificio circense y rococó» de Queen y al concierto que ofrecieron a mediados de los ochenta en Sudáfrica, «en pleno apartheid, porque les pagaban muy bien».

Barra libre de coca y sexo oral

El artífice de aquellas actuaciones en España, el productor musical Gay Mercader, le evoca como una «bestia de la escena» que coloca a la altura de James Brown, Tina Turner «mientras ejerció de cantante negra», Michael Jackson o Mick Jagger. Eso sí, jamás le perdonó el «espanto» de ‘Radio Ga Ga’. De hecho, «me negué a traerles en el 86», asegura desde su retiro en su masía de Girona. «En una ocasión compartí una cena con otra gente y él. Bueno, tuvieron que ir a buscarle a la habitación para que viniera. Era muy privado y, a la vez, muy exhibicionista. No imagino a los Stones montando una de sus fiestas», dice el responsable de la primera visita de las satánicas majestades a la Península.

Mercader se refiere a la bacanal que el grupo montó en Nueva Orleans con motivo de la presentación de su disco ‘Jazz’ y que, entre otras ‘amenities’, contó con enanos que portaban en sus cabezas cuencos con cocaína importada para la ocasión desde Bolivia, mujeres samoanas fumando en mesas a través de distintos orificios y, como bonus, trabajadores de la prostitución de ambos sexos apostados en los baños ofreciendo servicios gratuitos de sexo oral a los invitados.

Ajena probablemente a aquella intensa y febril ‘Noche del sábado en Sodoma’ –así títularon la fiesta–, Montserrat Caballé habla de «un ser maravilloso, tremendamente tímido y humilde, deseoso siempre de ayudar y en silencio. No le gustaba la notoriedad», asevera. Se conocieron en el invierno de 1987 en el Hotel Ritz de la Ciudad Condal. Entonces, Mercury ya estaba enfermo. «Le había pedido que hiciéramos una canción dedicada a mi ciudad para las Olimpiadas. No tardó en venir a verme, emocionado. En el primer instante que nos sentamos al piano creó la melodía de ‘Barcelona’, algo que sólo consiguen los grandes». La grabaron, pero no la pudieron cantar juntos en la apertura de los Juegos Olímpicos. La ‘reina’ llevaba muerta ocho meses. El 24 de noviembre hará veinticinco años. Una eternidad. Aunque, como cantó, ‘who wants to live forever’ (quién quiere vivir para siempre).