Diario Sur

Dos historias contra el olvido

‘Jardines de plomo’ narra la historia de una comunidad minera en los Andes peruanos.
‘Jardines de plomo’ narra la historia de una comunidad minera en los Andes peruanos. / SUR
  • ‘La perla’ y ‘Jardines de plomo’ comparecen hoy en la sección oficial con aires de premio

  • Las cintas relatan el oscuro pasado de un centro de detención argentino y la lucha de mineros peruanos por la conservación de su río

Había plomo. Mucho plomo. En el agua del río y en la balas del campo de detención. Quizá eso una a estas dos historias, tan distintas en sus planteamientos formales y tan próximas en su afán de denuncia: el plomo. La balacera en los pabellones de La Perla, el centro de detención instaurado por la dictadura argentina en la provincia de Córdoba; los metales pesados en el cauce del río que cruza una comunidad de mineros peruanos y que hace que sus hijos y sus animales queden enfermos o muertos. Esas dos historias contra el olvido y el silencio comparecen hoy –junto a ‘Converso’, de David Arratibel– en la sección oficial de documentales del festival: ‘La Perla, a propósito del campo’, de Pablo Baur, y ‘Jardines de plomo’, de Alessandro Pugno.

Ambas cintas parten de propuestas formales muy diferentes. Así, ‘La Perla’ brinda una narración que combina los largos planos en silencio del centro de detención abandonado con secuencias en blanco y negro donde uno o dos personajes desgranan datos fríos, asépticos, sobre lo que allí aconteció. Los 112 millones de personas (112.347.000) que a lo largo de 18 años circularon por la carretera situada a menos de 700 metros del campo. Las 4,27 hectáreas que ocupaba. Los 849 metros de alambre que hacían falta para rodear el recinto. Las más de 2.000 personas que hasta 1979 fueron secuestradas y torturadas en La Perla.

La contención formal de la narración se contrapone con la crudeza de lo que ahí se cuenta. La serenidad, incluso la melancólica belleza de las instalaciones vacías, pasto de la vegetación –que no del olvido– contrasta con la oscura historia que guardan aquellos muros. Largos planos en color y armonía se intercalan con los crudos inventarios del horror, a menudo relatados a partir de los escuetos planos del recinto.

‘Jardines de plomo’ comparte el ‘tempo’ lento, marcado en los primeros compases por el imponente marco natural de la comunidad de mineros instalada en los Andes peruanos a más de 4.000 metros de altura. Allí vive Silvia Ramón, maestra en el conjunto de chabolas, que promueve un trabajo de clase con los alumnos que termina detectando niveles de plomo en el río hasta cuatro veces por encima de los valores máximos permitidos. Recuerda entonces el documental que el plomo es un veneno neurotóxico, que inhibe el crecimiento, altera el comportamiento, reduce el coeficiente intelectual y, en dosis altas y continuadas, mata.

Los comuneros se levantan contra la empresa minera que contamina su río y sus vidas. El pueblo se divide entre quienes eligen luchar y quieren prefieren un empleo y un salario. Algunos mineros hacen ofrendas a la ‘Madre Mina’ para que vele por ellos y justo uno de esos trabajadores, Iván Vicente, se topa con que su hija Edeluz quiere seguir estudiando, alentada por la profesora Silvia.

Anemia, dolores

El padre se opone con un argumento sencillo y terrible. «Pero es que no puede ser, mi amor, tienes más hermanos», le viene a decir a la niña, la mayor de la prole. Niños aquejados de anemia, dolores crónicos y retrasos en su desarrollo que ven morir a los animales que beben en el mismo río que ellos. Un caudal contaminado desde hace 17 años con las tareas de la mina colindante, cuya empresa de explotación se remite a los acuerdos firmados con personas que no saben leer y escribir.

Y no plantean ni ‘Jardines de plomo’ ni ‘La Perla, a propósito del campo’ finales felices. Tampoco agrios. Abre el primero una puerta a la esperanza; el segundo, a la memoria. Y ambas parecen conducir, por caminos bien distintos, al desenlace de conocer un poco mejor el mundo a menudo ruin, por momentos cruel, en que vivimos.

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