El nuevo despegue de Japón

Operarios en una planta de materiales de microprecisión en Japón. :: afp/
Operarios en una planta de materiales de microprecisión en Japón. :: afp

El modelo del primer ministro Shinzo Abe comienza a dar sus frutos con el crecimiento sostenido más largo en una década

ZIGOR ALDAMA

shanghái. El primer ministro de Japón, Shinzo Abe, recuerda 1964 como el año que «certificó la recuperación tras la devastación de la Segunda Guerra Mundial». Celebró los primeros Juegos Olímpicos de Asia y el país del Sol Naciente se convirtió en el primero asiático que se integró en la OCDE. Fue la confirmación de que el milagro económico nipón iba a cambiar el mundo: marcó el inicio del resurgimiento del continente e hizo que el archipiélago se colgase la medalla de plata en el ranking económico mundial.

Fue hasta que los problemas comenzaron a arreciar durante la década de 1990, cuando el país se vio secuestrado por sus propios límites. Falto de recursos naturales y energéticos, con una natalidad en picado, lastrado por la deflación y una divisa fuerte, y amenazado por la creciente competencia de Corea del Sur y China, Japón convirtió su economía en un encefalograma plano que se ha mantenido hasta hoy roto solo por discretos estertores.

«Durante 20 años hemos sufrido deflación», analizó el propio Abe en una carta que escribió a la OCDE en 2014, con motivo del 50 aniversario de su ingreso en la organización. «Pero la economía ha comenzado a revivir desde que lancé tres flechas: una política monetaria agresiva, una política fiscal flexible y una estrategia de crecimiento que impulsa la inversión privada», añadió.

LAS CLAVESEl aumento del 4% supone el mayor incremento alcanzado por los países más ricos del mundo La natalidad es un problema estructural: se han reducido un 13% los menores de 64 años

Hace tres años, aunque todavía no podía saber que el incremento del IVA que había decretado iba a hacer estragos, Abe sacaba pecho y apuntaba sus logros, como la caída del paro y el aumento de los salarios. Para el primer ministro suponían la confirmación de que el consumo interno -aporta el 57% del PIB- no tardaría en volver a impulsar a la economía. Y prometió empoderar a la mujer para que se convierta en un nuevo pilar.

En aquel momento no faltaron los analistas que auguraron un mal porvenir al político conservador. Sin embargo, ahora Abe quiere convertir 2017 en 1964 y los datos parecen estar de su parte: según las estadísticas oficiales recién publicadas, Japón disfruta ya de la mejor racha desde 2006. Encadena seis trimestres al alza y en el segundo de este año su PIB ha registrado el mayor incremento de los países del G-7, un 4% en tasa anualizada. Como auguró Abe, quizá de forma precipitada, el consumo interno ha terminado tirando del carro y se presenta como la gran esperanza del archipiélago.

«La situación no ha cambiado mucho. Los sueldos crecen poco, pero han aumentado los 'bonus' y, como los precios se mantienen estables, sí que ha crecido algo nuestro poder adquisitivo. La gente gasta más ahora porque es más optimista», comenta Shigeru Hakami, empleado de un gran banco. «Nuestros clientes tienen la sensación de que ha acabado la larga crisis que comenzó con el estancamiento de Japón a principios de este siglo y que se agudizó con la recesión global», añade. Hakami también señala la relevancia de que el paro haya caído al 2,8%, 1,5 puntos menos que en 2012, cuando Abe tomó el timón por segunda vez. Y si se mantiene, la presión al alza en los salarios será más evidente.

Cautela

Eso sí, el crecimiento del 0,9% registrado por el consumo interno entre abril y junio de este año tampoco es como para descorchar champán. Aunque la mayoría de los analistas coinciden en que el país continuará con esta trayectoria a corto plazo, lo que convertirá la racha en la mejor del siglo, también piden cautela. Entre los asuntos no resueltos, destacan la incapacidad para crear inflación -a pesar de que el Gobierno ha puesto en marcha planes de estímulo para alcanzar un aumento de los precios del 2%-, la debilidad de las exportaciones y el problema estructural de la natalidad.

Este último tiene difícil solución. La población de Japón llegó a su cénit en 2009 y la mayor caída se da en el segmento más importante: el número de quienes tienen entre 13 y 64 años se ha reducido un 13% desde el comienzo del milenio. Teniendo en cuenta que la Tercera Edad requiere gente que la cuide y que el efecto de las políticas de estímulo será temporal, muchos comienzan a exigir que Tokio flexibilice sus rígidas políticas de inmigración.

Y queda por ver qué efecto tendrá el último incremento del IVA -del 8% al 10%-, que Abe ya ha retrasado en dos ocasiones y está previsto para octubre de 2019. Es una medida que el Ejecutivo no se atreve a poner en marcha por temor a que dañe la recuperación. No obstante, terminará llegando y puede volver a provocar una recesión como la que sufrió el país en 2014, cuando el impuesto pasó del 5% al 8%.

Por si fuese poco, la popularidad del primer ministro se encuentra bajo mínimos. A principios de mes tuvo que remodelar su gabinete para evitar que continúe desplomándose. Además, que Abe continúe en el poder y dé a Japón la cohesión política que le ha faltado en el arranque de este siglo también resulta crucial para que se materialice la triunfante frase que pronunció cuando accedió al cargo: «¡Japón ha vuelto!».

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