En busca de un nuevo Shangri-La económico para el sudeste asiático

Las conversaciones para sellar el tratado de libre comercio que afectará a más personas, 3.350 millones, además del 29% del flujo mundial, comenzaron hace cinco años y avanzan con lentitud

EDUARDO S. MOLANO RANGÚN (MYANMAR).

En la obra 'Horizontes Perdidos', el británico James Hilton narra las maravillas de Shangri-La, una utopía enmarcada en las montañas Kunlun, una de las más largas de Asia. Transcurridos más de tres cuartos de siglo desde su publicación, la realidad es más tangible pero también más mundana: desde los años 70 Shangri-La da nombre a una cadena hotelera de lujo, propiedad del hongkonés Robert Kuok.

Las fronteras regionales también parecen estirarse en busca de paraísos económicos. Tras sucesivos retrasos -las primeras conversaciones datan de finales de 2012- y casi una veintena de rondas negociadoras, los conocidos como 'dragones' y 'tigres' del sudeste asiático (apelativos con los que se conoce a varios de esos países, integrados en la asociación comercial Asean) esperan edificar por fin en 2018, junto con otra decena países, la Asociación Económica Integral Regional (RCEP por sus siglas en inglés), conformando un área común de negocios que controlará de forma conjunta 75 billones de dólares (cerca de 63,70 billones de euros).

La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean) fue creada en 1967 por Indonesia, Malasia, Filipinas, Singapur y Tailandia. Años después se irían incorporando Brunei, Camboya, Laos, Myanmar (Birmania) y Vietnam. Los expertos le ven el embrión del futuro RCEP, al que esperan incorporarse China, Corea del Sur, Japón, India, Australia y Nueva Zelanda. Cuando se materialice se formará el mayor tratado de libre comercio en población: más de 3.350 millones de personas y un volumen de operaciones que representaría el 29% del flujo mundial de importaciones y exportaciones.

Sus socios están divididos por el conflicto del mar Meridional, clave para el comercio y rico en reservas

Pero en este territorio de intercambios globales, el límite es el cielo. Y, de nuevo, la búsqueda de Shangri-La incorpora nuevos aliados. Éste es el caso de Rusia, quien estableció relaciones comerciales con la Asean en 1991, y cinco años después se convirtió en interlocutor de pleno derecho. Para conmemorar el 25 aniversario de esa alianza, el Gobierno de Moscú puso en marcha el año pasado una hoja de ruta con 57 proyectos tecnológicos conjuntos con ellos.

Pero el nivel de trabajo entre el sudeste asiático y Rusia no es muy destacado: 21.600 millones de dólares en 2016, apenas el 1% del volumen total de negocios de la Asean. Contrasta claramente con el potencial que la región mueve con sus principales socios económicos: China (con intercambios comerciales que superan los 350.000 millones de dólares anuales), Japón (246.000 millones), Estados Unidos (240.000 millones) y no muy lejos la Unión Europea (206.000 millones).

El interés, eso sí, se centra en revertir esta situación. La principal apuesta de Rusia en la zona es Vietnam (2.800 millones el pasado curso), seguido de Tailandia (2.000 millones en comercio bilateral). Entre los próximos proyectos está la edificación en Moscú de una planta de procesamiento de leche financiada por capital vietnamita, así como el acuerdo entre la compañía petrolera rusa Rosneft y la singapurense Keppel Corp para la construcción de una refinería de petróleo en este último país (otros 13.000 millones).

Conflictos territoriales

Sin embargo, en la búsqueda de esta Shangri-La de nuevo cuño es la profundidad del mar, y no precisamente la tierra, quien amenaza el futuro de la alianza. Hace ahora un año, la Corte Permanente de Arbitraje en La Haya emitía un fallo sobre el mar Meridional de China, donde afirmaba que los derechos históricos que alega Pekín para su reclamación «no tienen base legal». Pero Pekín no se rinde y persiste en lograr sus fines.

La denuncia efectiva ante el tribunal se remonta a enero de 2013 y tiene su origen en el Gobierno de Filipinas. Entre otras cuestiones, Manila pedía que se invalidaran las alegaciones de soberanía que China ejerce sobre la mayor parte de la «línea de los nueve puntos», una polémica demarcación que encierra las aguas en disputa, con una extensión parecida a la del mar Mediterráneo.

Aquí es donde los intereses con la Asean se cruzan. Cada año más de 5,3 billones de dólares (4,25 billones de euros) en comercio transitan por estas aguas; de hecho, 12 de los 20 puertos con mayor afluencia de barcos contenedores del mundo están en países de la zona. Y una quinta parte de esos envíos pertenecen a cuentas de EE. UU. Por ello, en caso de producirse una crisis, el desvío de los buques de carga provocaría una flagrante crisis económica.

No es lo único que interesa en la zona, rica en reservas naturales. Con más de 3.000 especies distintas de peces, llegó a representar el 12% de las capturas mundiales. A la vez, contiene reservas petrolíferas equivalentes a 11 billones de barriles de petróleo si se llegaran a explotar, así como 190 trillones de centímetros cúbicos de gas natural.

La situación ha abierto un cisma en la Asean, donde China cuenta con aliados naturales como Camboya. De hecho, la organización se ha limitado desde entonces, en las reuniones donde se ha hablado del tema, a «tomar nota de las preocupaciones expresadas por algunos ministros sobre la reclamación de tierras y el aumento de las actividades en la zona, que han erosionado la confianza, incrementando las tensiones y podrían socavar la paz, la seguridad y la estabilidad en la región». Palabras algo efectistas en apariencia, pero nada efectivas en la práctica hasta ahora.

Estados Unidos trata de jugar un cierto papel de árbitro para «reducir tensiones», aunque China no le ve como tal. Rusia, a su vez, ejerce de aliado capital de Pekín en sus demandas históricas e incluso ya han realizado maniobras navales conjuntas en dicho mar. Mientras, alejada del ruido de sables, la utopía de Shangri-La espera en tierra firme. En octubre se celebrará otra ronda negociadora de sus 16 aspirantes, aunque nadie confía en cerrar un acuerdo, al menos, hasta «bien avanzado» 2018.

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