Agricultura de conservación para frenar la erosión y disminuir las emisiones de CO2

La agricultura de conservación suprime el laboreo del suelo.
La agricultura de conservación suprime el laboreo del suelo. / SUR

La Asociación Española de Agricultura de Conservación Suelos Vivos defiende este modelo frente al laboreo intensivo del terreno

AGUSTÍN PELÁEZ MÁLAGA.

El riesgo por plagas agrícolas y malas hierbas aumenta en Andalucía con el cambio climático. Así lo asegura la Asociación Española de Agricultura de Conservación Suelos Vivos (AEAC.SV), que ha presentado este año el estudio 'Beneficios de la Agricultura de Conservación en un entorno de cambio climático'. El informe resalta la importancia de la agricultura de conservación como alternativa al laboreo intensivo del suelo, por contribuir a «un mayor control de la erosión del suelo, a un aumento de la materia orgánica y a una disminución de las emisiones de CO2».

La asociación ha precisado en un comunicado que en este estudio se analiza el impacto positivo que la agricultura de conservación, técnica agrícola consistente en evitar el laboreo del suelo y en la preservación de una cubierta vegetal sobre la superficie, tiene para el medio ambiente y la agricultura en un entorno de cambio climático.

Según datos oficiales del Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente, Andalucía es, después de Canarias, la región que mayor superficie destina a agricultura de conservación, de forma que esta modalidad supone el 23,85% del total de la superficie destinada a agricultura, un porcentaje que duplica el de la media de España (11%).

La técnica agrícola consiste en evitar el laboreo del suelo y en la preservación de una cubierta vegetal Sus defensores aseguran que contribuye a un aumento de la materia orgánica en el sueloAndalucía es, tras Canarias, la región que mayor superficie destina a agricultura de conservaciónLa modalidad supone el 23,85% de la agricultura andaluza, casi el doble de la media de España (11%)

Práctica agrícola

La generalización de esta práctica agrícola, basada en la siembra directa, el mantenimiento del suelo con una cubierta protectora de forma permanente así como la rotación y diversificación de cultivos «puede llegar a compensar el 112% de las emisiones de CO2 en la agricultura española».

Este aspecto resulta especialmente relevante, si se tiene en cuenta que el 9% de los Gases de Efecto Invernadero emitidos por la UE provienen de la agricultura.

El informe indica que las regiones agrícolas mediterráneas se verán especialmente impactadas por el incremento de temperaturas y la disminución de lluvias, las cuales se producirán cada vez más de forma torrencial.

Esto supone «un riesgo para la superficie de suelo apta para cultivo, debido a las consecuencias que estos fenómenos conllevan en el incremento de la erosión y en la pérdida de calidad del suelo».

Así, como prueba del impacto del clima en la agricultura, el informe indica que «la variabilidad climática afecta entre un 32% y un 39% a la variabilidad en el rendimiento agrícola».

Siembra directa

Dado que la agricultura de conservación suprime el laboreo, se aplican ciertas herramientas que son necesarias para poder sembrar en condiciones apropiadas con la presencia de restos vegetales. Así, maquinaria como las sembradoras de siembra directa y sus accesorios, o productos fitosanitarios como el glifosato para controlar las malas hierbas y preparar el lecho de siembra son esenciales.

A diferencia del modelo de agricultura convencional, que ha contribuido, entre otros aspectos, a que actualmente el 16% de la superficie europea se encuentre afectada por la erosión hídrica, según señala el informe presentado por la AEAC.SV, la agricultura de conservación «contribuye al secuestro de carbono en el suelo al tiempo que favorece la biodiversidad en los ecosistemas agrarios».

Además, el mantenimiento de la cubierta vegetal sobre el suelo, característica propia de la agricultura de conservación, «permite frenar la erosión del mismo, pudiendo llegar a verse reducidas las pérdidas del suelo hasta un 90%, dependiendo de la superficie cubierta».

Según el presidente de la la Asociación Española de Agricultura de Conservación Suelos Vivos (AEAC.SV), Jesús Gil Ribes, «estos sistemas basados en la reducción de laboreo han llevado a un mayor secuestro del carbono en el suelo, necesario porque mejora su estructura, la fertilidad y la capacidad de almacenamiento del agua en el suelo, evitando la degradación del mismo, además de suponer un mecanismo para mitigar el cambio climático».

En España, en términos de CO2, la cantidad fijada por la superficie manejada mediante técnicas de agricultura de conservación es de más de nueve millones de toneladas de CO2 al año, con un potencial de fijación cercano a los 53 millones de toneladas de CO2.

El informe añade que la adopción de prácticas alternativas de agricultura de conservación «permite un incremento de la cantidad de materia orgánica del suelo, un dato importante si se tiene en cuenta que diez años de laboreo continuado provoca un descenso en el contenido materia orgánica del suelo del 18% en los 20 centímetros más superficiales de un vertisol, conclusión que señala el informe y que se recoge en un estudio llevado a cabo por Ordóñez en la Vega de Carmona».

Ahorro energético

Asimismo, en comparación con el laboreo convencional, la agricultura de conservación «lleva asociada una mayor eficiencia energética si se tiene en cuenta que este sistema agrícola puede alcanzar de media un ahorro energético del 20%, llegando hasta el 50%, según la región y el cultivo considerado, y con el consecuente impacto positivo sobre la huella de carbono de la actividad agrícola».

En cuanto a sus beneficios económicos, el estudio señala que la agricultura de conservación «aumenta la competitividad de las explotaciones al reducir los costes y mejorar la rentabilidad de los cultivos».

La adopción de prácticas agrícolas como la agricultura de conservación, alternativa al laboreo intensivo del suelo, «ha contribuido a un mayor control de la erosión del suelo, a un aumento de la materia orgánica y a una disminución de las emisiones de CO2», lo que, como se evidencia en el estudio, «supone un paso más para poder alcanzar los compromisos de acuerdos internacionales, como el COP21 de París 2015 y la Estrategia 4 por 1000 que la reconocen como clave para frenar el cambio climático».

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