Diario Sur

La agricultura de conservación no cree en el arado

La agricultura de conservación defiende la siembra directa y el laboreo sin volteo de la tierra.
La agricultura de conservación defiende la siembra directa y el laboreo sin volteo de la tierra. / SUR

Arar, labrar la tierra es para los agricultores malagueños una práctica habitual. De hecho, pocos profesionales realizaran una siembra en la provincia si antes no ha labrado y preparado su suelo. Ya sean en cultivos herbáceos, leñosos u hortícolas. Sin embargo, desde hace ya dos décadas un grupo de productores en España abogan por la Agricultura de Conservación (AC), que defiende la alternancia mínima de la tierra.

La agricultura de conservación persigue conservar, mejorar y hacer un uso más eficiente de los recursos naturales mediante un manejo integrado del suelo, el agua, los agentes biológicos e insumos externos.

Organismos como la Organización de las Naciones Unidas para Agricultura y la Alimentación (FAO) consideran que su práctica es beneficiosa para la agricultura, el medio ambiente y el agricultor, ya que persigue la conservación máxima del suelo, un recurso no renovable, teniendo en cuenta que el verdadero problema de la agricultura es su pérdida y degradación.

La erosión del suelo es un fenómeno común que se produce en la mayor parte de las zonas dedicadas a la agricultura extensiva.

Las técnicas de agricultura de conservación comprenden diversas modalidades, tales como la siembra directa (no laboreo), el laboreo de conservación (reducido, sin volteo, donde se incorporan o sólo en parte los restos de la cosecha precedente), y el establecimiento de cubiertas vegetales localizadas entre hileras de árboles en plantaciones de cultivos leñosos.

El proceso de la erosión ha tenido lugar a lo largo de toda la historia de la agricultura. Sin embargo, experimentó un incremento considerable en la segunda mitad del siglo XX, fundamentalmente como consecuencia de un laboreo excesivo que deja el suelo desmenuzado, más susceptible al arrastre y sin ninguna protección frente a los agentes causantes de la erosión (la lluvia, el agua de escorrentía y el viento).

Estados Unidos en la década de los años 30 del pasado siglo sufrió graves procesos de erosión eólica que motivaron tormentas de polvo. Aquello llevó a EE UU a iniciar la búsqueda de técnicas que permitieran una reducción de la erosión y que fueran económicamente viables. De esta forma surgió el concepto de laboreo de conservación. Surgió como una agricultura alternativa a la convencional, que utiliza máquinas que realizan labores agresivas para el suelo al eliminar la cubierta vegetal que le protege frente a la erosión.

Para evitar la pérdida de suelo la AC propone técnicas como la reducción y minimización de labores (arado y labranza), la rotación de cultivos, un uso más racional de fertilizantes químicos, la utilización de los restos vegetales de las cosechas como medio natural de protección y fertilización de los suelos y fórmula para aumentar sus niveles de materia orgánica, mejorando la estructura de los mismos y manteniendo la productividad de los cultivos.

Según la Asociación Española Agricultura de Conservación Suelos Vivos, la AC es un sistema de prácticas agrarias basadas en la menor alteración posible del suelo y en el mantenimiento de una cobertura de restos vegetales. El colectivo indica que un estudio realizado por la Universidad de Córdoba y el Ministerio de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino se refiera a la AC como un «sistema de producción agrícola sostenible, que comprende un conjunto de prácticas agronómicas adaptadas a las exigencias del cultivo y a las condiciones locales de cada región, cuyas técnicas de cultivo y de manejo de suelo lo protegen de su erosión y degradación, mejoran su calidad y biodiversidad, contribuyen a la preservación de los recursos naturales, agua y aire, sin menoscabo de los niveles de producción de las explotaciones».

Para la FAO, la labranza cero, la labranza mínima y la siembra directa son elementos clave de la AC. La rotación de cultivos es también importante para evitar problemas de enfermedades y plagas.

En lugar de incorporar al suelo la biomasa, como abonos verdes, cultivos de cobertura o residuos vegetales, en la AC estos se dejan en la superficie del suelo. La biomasa muerta sirve como protección física de la superficie del suelo y como sustrato para la fauna del suelo. De esta forma, se reduce la mineralización y se construyen y mantienen niveles apropiados de materias orgánicas en el suelo.

El técnico de la Asociación Española Agricultura de Conservación Suelos Vivos, Manuel Gómez, insiste en que las prácticas agronómicas englobadas en los sistemas de AC se fundamentan básicamente en tres principios: mínima alteración del suelo, cobertura permanente del suelo, ya sea con una cubierta viva o una cubierta inerte, y realización de rotaciones de especies en explotaciones de cultivos anuales, aconsejable en la mayoría de los casos.

«La siembra directa y el mínimo laboreo en cultivos herbáceos y las cubiertas vegetales en cultivos leñosos son los principales exponentes de las prácticas de AC, estando especialmente implantadas en cereales de invierno (cebada y trigo), cereales de primavera (maíz), leguminosas dentro de una rotación con cereales (guisante, veza) y oleaginosas (girasol) en el primer caso y en olivar, cítricos y almendros en el segundo caso», señala Gómez.

Como experto, destaca como beneficios para el suelo de la agricultura de conservación la reducción de la erosión, el incremento en los niveles de materia orgánica, la mejora de la estructura, la mayor biodiversidad y el incremento de la fertilidad natural del suelo. Para el aire, menciona la fijación de Carbono y la menor emisión de CO2 a la atmósfera, y para el agua la menor escorrentía, la menor contaminación de aguas superficiales, el menor riegos de inundación y la mayor capacidad de retención de agua.