OPIO

JOSÉ A. GARRIGA VELA

Demasiado fútbol. Todos los días, a diferentes horas. Una vida dedicada al fútbol que varios canales retransmiten constantemente. Los espectadores cuentan lo que ven y en la calle se oye siempre la misma conversación. De vez en cuando algún hecho puntual amplia el panorama y surgen otras conversaciones, pero son hechos puntuales.

Lo peor es cuando ocurre algo que nos deja sin palabras. No son sucesos agradables, sino todo lo contrario. Me refiero a la violencia de género, la emigración, los refugiados, el fuego, las inundaciones, los terremotos, los atentados... Por un momento, los espectadores cambian de canal, miran durante un instante la realidad y enseguida vuelven a ver correr el balón: el opio del pueblo. No es agradable el sufrimiento, ni el dolor, ni la soledad. La fragilidad de la vida frente al poder de las masas.

Antes, cuando muchos lectores aún no habían nacido, veíamos un partido a la semana, a veces dos, y al día siguiente se comentaba lo que había acontecido en el terreno de juego. La resaca del éxito o el fracaso. Luego vivíamos otras vidas hasta el siguiente fin de semana y algún miércoles por medio. Hoy el deporte rey lo eclipsa todo. No importa dónde vayas ni la hora que sea. No hay más luces que los focos de los estadios iluminando las pantallas de millones de televisores. Me pregunto qué sucedería si de pronto se fundiera esa luz, si el fútbol desapareciera. No encuentro respuesta. Quizás los telespectadores habrían de someterse a un largo periodo de aclimatación hasta recobrar la visión de otros mundos menos redondos. Entretanto, la droga del fútbol se extiende, va cubriendo el planeta, la consumimos a diario, aunque nos duela. Quizás el fútbol sea la única salida: una mentira piadosa.

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