NUNCA FUERON ÁNGELES

JOSÉ A. GARRIGA VELA

Imagino a Ángel María Villar y su hijo Gorka pasando la noche en los calabazos de la policía en habitaciones separadas. Cada cual pensando en sus cosas y sin abrir la boca. Con un sueldo de mil euros diarios más comisiones millonarias no resulta fácil dormir en una cama individual entre cuatro paredes. Una vida entera viviendo como sultanes a expensas de todos los contribuyentes y con la ayuda de algunos mandatarios del fútbol español.

Poco a poco van cayendo los más grandes saqueadores de los últimos tiempos. Al menos bajan a los calabozos y entran en las cárceles, aunque no sabemos por cuánto tiempo. Los imagino sin ganas de comer, sin teléfono móvil, sin amigos que lo saquen del cuarto oscuro. El hombre que permanecía callado en público para no meter la pata, el mismo que se vanagloriaba de no firmar ni un cheque en toda su vida, el hombre del saco que todo se lo guardaba para la familia. Así un año y otro año amasando fortuna, hasta un total de treinta.

Los veo entrar y salir del furgón policial. Nunca antes había visto a Villar tanto tiempo al aire libre salvo para entregar medallas en silencio. Un trabajo muy bien retribuido ese de colgar medallas en el cuello y luego quitarse de en medio. El presidente de la Real Federación Española de Fútbol y vicepresidente de la FIFA y presidente de la UEFA, acusado de corrupción.

La Cosa Nostra y las cosas de otros, la familia y los amigos, los que le ríen las gracias al hombre sin palabras. Ahora veremos qué pasa con su futuro y el de su hijo Gorka. No creo que el juez de la Audiencia Nacional los deje volver a casa porque aguantarían en ella el tiempo mínimo para hacer la maleta y salir volando.

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