Uno de los ases del repóker español

Derbi. Ángel Nieto forjó su leyenda junto a su montura roja, con la que dominó los circuitos de todo el mundo. /
Derbi. Ángel Nieto forjó su leyenda junto a su montura roja, con la que dominó los circuitos de todo el mundo.

Ángel Nieto, junto a Bahamontes, Santana, Fernández Ochoa y Ballesteros, conquistó nuevos mundos y sentó las bases del milagro de nuestro deporte

PASCUAL PEREA

madrid. Las nuevas generaciones están mal acostumbradas. Los éxitos deportivos de Fernando Alonso, de Rafa Nadal, de Mireia Belmonte, de remeros, regatistas, yudocas, tiradores y hasta jugadoras de bádminton, de las selecciones españolas de fútbol, baloncesto, waterpolo, gimnasia, natación sincronizada y tantas otras disciplinas, han ido cimentando una sensación de prepotencia nacional que se resume en ese dicho tan chulesco: «Soy español, ¿a qué quieres que te gane?». Pero no siempre fue así.

Hubo un tiempo no muy lejano en que España era un país encanijado y famélico, del que eran fiel reflejo unos atletas desvencijados que paseaban su complejo de inferioridad por estadios, canchas y circuitos. Sólo la casta, ese gen ibérico que propende a activarse con cierta intermitencia, permitía al régimen franquista presumir de sus «ínclitas razas ubérrimas». Hasta que aparecieron ellos, un puñado de héroes que superaron privaciones y falta de medios para encumbrarse, y con ellos a nuestro país, en el Olimpo del deporte. Federico Martín Bahamontes, Manuel Santana, Paquito Fernández Ochoa, Severiano Ballesteros y el propio Ángel Nieto fueron el repóker de ases del deporte español. Cuando la Guerra Fría se dirimía en las trincheras del deporte y las potencias gastaban recursos ingentes forjando superhombres -y supermujeres- que competían dopados hasta las trancas, la España miserable de la postguerra sólo podía recurrir a la casta. Y al talento individual.

Un águila sobrevuela el Tour

Federico Martín Bahamontes, el primero de la hornada, fue un fiel reflejo de ese paisaje descarnado que era todo hambre, corazón y coraje. Nacido en una caseta de peones camineros, refugiado en Madrid durante la Guerra Civil, dejó pronto la escuela para ganarse un jornal como aprendiz de carpintero, repartidor y operario en un taller de bicicletas, y endureció sus piernas practicando el estraperlo en esa época de racionamiento.

Flaco, terco y resistente, hizo de la necesidad virtud y descolló pronto en las etapas ciclistas de montaña, el territorio de los desheredados. Así conquistó en 1959 el primer Tour ganado por un español, fue durante mucho tiempo rey indiscutible de la montaña en las tres grandes pruebas y se forjó su leyenda quijotesca con su carácter imprevisible y su estampa de corredor alto y «seco como un sarmiento de viña», según le describió un periodista galo. Hace cuatro años, cuando tenía 85, fue reconocido como el mejor escalador de la historia del Tour.

Si el ciclismo era el deporte del pueblo, como el boxeo, el tenis era en cambio una actividad propia de aristócratas aburridos y 'sportsmen' con ambiciones sociales, 'shorts' blancos y 'pullovers' de cuello en pico. Es significativo que quien abriría un hueco para nuestro país en este entorno fuera un joven madrileño de clase humilde, que creció trabajando como recogepelotas en el elitista Club de Tenis Velázquez de la capital. La historia de Manolo Santana es de película: un socio advirtió las posibilidades de aquel chico moreno y dentón y le apadrinó para que pudiera entrenar y seguir estudiando. Encontró su hábitat en la tierra batida, donde el pundonor y el sacrificio suelen encontrar recompensa, y alzó la copa de Roland Garros en 1961 y 1964. Pero también ganó en la pista dura del Abierto de los Estados Unidos en 1965 y en la hierba de Wimbledon un año más tarde. En 1968 conquistó el oro olímpico en los Juegos de México; sin embargo, tal vez su mayor éxito fue popularizar un deporte hasta entonces minoritario en nuestro país.

Oro en la nieve

Un papel muy similar desempeñó en las laderas nevadas Paquito Fernández Ochoa (1950-2006), cuya vida discurrió por senderos paralelos. Madrileño de Cercedilla, el mayor de ocho hermanos, pudo calzarse unos esquíes gracias a la profesión de su padre, conserje en la escuela del Puerto de Navacerrada. Nada hacía pensar que en una disciplina dominada por deportistas alpinos pudiera destacar un joven procedente de la seca meseta castellana. Pero Paquito lo hizo desde muy pronto. A los 22, en su segunda participación olímpica, obtuvo la primera medalla de oro española en unos Juegos de Invierno, los de Sapporo (Japón), y la tercera en cualquier Olimpiada, tras el de Amezola y Villota en cesta punta en 1900 y el de hípica de Ámsterdam en 1928. Fue en el eslalon especial, donde ganó la primera prueba e hizo segundo en la otra manga.

Tenis, esquí... y golf. El perfil de nuestros mejores deportistas se empeña en ceñirse al molde de un joven de origen humilde que conquista, genio y figura, territorios ignotos hasta entonces. Severiano Ballesteros, Seve para una legión de admiradores en todo el mundo, rompió definitivamente con el tópico nacional del fracaso o la gesta. También él accedió a los campos por la puerta de servicio: su padre fue jardinero en el golf de Pedreña, a pocos kilómetros de Santander, y allí debutó a los nueve años el pequeño Seve cargando los palos por el green... como 'caddie' de los acaudalados socios del club. Él también aprovechó su oportunidad. Con 17 años obtuvo el título de jugador profesional y empezó a ganar torneos: ese mismo año, el Campeonato Nacional Sub25; al siguiente escalaba hasta el puesto 26 en el ránking internacional, y uno más tarde quedaba segundo en el Open Británico. Alcanzó su cénit en los años ochenta, acumulando un palmarés impresionante: dos Masters de Augusta -fue el primer europeo, y el golfista más joven hasta el momento, en enfundarse la chaqueta verde-, tres Abiertos Británicos, cinco Ryder Cup, la última en 1997 como capitán, otros tantos Campeonatos del Mundo Match Play, dos copas mundiales con España, 96 títulos a lo largo de su carrera.

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