Fútbol escrito

Obligados a creer

JOAQUÍN MARÍN D.

Las casas de apuestas son termómetros más o menos (más menos que más) fiables de la trayectoria futura de un equipo deportivo. Los británicos, que son capaces de apostar hasta a carreras de gansos en la verde campiña inglesa, sostienen que el estado real de un equipo, por un lado, y las percepciones de los aficionados, por otro, son dos realidades que se alimentan entre sí. De esta manera, una corriente de pesimismo externa reflejada en apuestas desfavorables puede torcer la mente de unos jugadores y llevarles, efectivamente, a meterse en una espiral negativa. Y una pequeña racha positiva puede conducir a los más irresponsables a apostarse el coche nuevo en un ataque de optimismo que luego queda en pérdidas y dramas.

Es una suerte que en España esta cultura (si es que se le puede definir como tal) de las apuestas no esté aún muy arraigada, porque las casas de apuestas hace tiempo que dan al Málaga por descendido. Pero los jugadores aún creen, a juzgar por sus declaraciones últimas, que uno no sabe si son más propias de un optimismo exacerbado o de una enajenación mental transitoria. El caso es que parecen convencidos, y encima los rivales (y compañeros del pelotón de los torpes) se empeñan jornada tras jornada, felizmente, en que todo esto no sea aún un imposible.

Estamos, por tanto, obligados a creer, porque hay antecedentes. En la temporada 2004-05 un Málaga medio muerto ganó al Sevilla y al Atlético de Madrid consecutivamente y remontó el vuelo hacia una salvación holgada; y el año pasado, tras el ‘match ball’ solventado en Gijón, hincaron la rodilla en La Rosaleda el Barcelona, el Valencia y el Sevilla, uno detrás de otro. Y se firmó otra permanencia. Queda tiempo, quedan puntos y hay rivales temblorosos alrededor. Yo apuesto a que es posible.

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