Iniesta, adiós con preaviso

JOAQUÍN MARÍN D.

El egoísmo de los futbolistas es una pandemia. Prácticamente todos los jugadores padecen esta dolencia que les lleva a anteponer sus intereses a los de sus equipos y sus compañeros. Además es una enfermedad asumida; la conocen, saben que la tienen y lo admiten. Solamente cuando se retiran y salen de la burbuja del dinero, la protección y la idolatría reconocen que no es la mejor de las actitudes. Quizá sea comprensible: es una profesión hipercompetitiva. Pocos elegidos son los que ocupan los contadísimos puestos que abren la puerta a una vida cómoda, de lujo, y una jubilación garantizada para hijos y hasta nietos si usan la cabeza para algo más que para rematar córners. Pero incluso sabiendo todo esto, hay ciertas actitudes que sorprenden por venir de futbolistas a los que se les presuponen otros valores, otros orígenes, otra formación. Iniesta es un caso claro: acaba de manifestar que el Mundial de Rusia de este verano será, posiblemente, su última aparición en la selección española. Iniesta, que siempre será el jugador que nos hizo campeones del mundo en Sudáfrica, al que se le perdona todo -incluso su tibieza a la hora de opinar sobre los multitudinarios pitos con los que su hinchada barcelonista obsequia al himno nacional a la menor ocasión-, ha pecado de egoísmo al centrar sobre su persona el foco mediático relacionado con el Mundial. No parece el momento más adecuado para hablar sobre si piensa o no seguir, en una semana con amistosos de altísimo nivel ante Alemania y Argentina. Con la lista definitiva todavía por hacer. Con España entre los favoritos para ganar. Su futuro ahora no importa para el objetivo común. Ha perdido una gran ocasión de acabar su carrera internacional con gran elegancia, anunciando su adiós tras el campeonato. Y no con preaviso.

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