Guardiola y su lacito

Guardiola y su lacito
JAVIER IMBRODA

Mientras los separatistas catalanes nos siguen deleitando con sus asuntos reaccionarios, tóxicos y antidemocráticos, también nos ofrecen situaciones, movimientos y decisiones propias de un guion cinematográfico de difícil catalogación. Toda una ficción, digamos descatalogada. Eso sí, y según sus protagonistas y seguidores, todo envuelto en civismo, pacifismo y calidad democrática, cuestiones que, viendo lo que presenciamos todos los días de este insufrible y paranoico proceso, suenan a palabras vacías. Una ‘democracia’ muy particular con denominación de origen.

Un sistema imposible de entender para el resto de la humanidad, excepto para esa gente especial que anda instalada en el supremacismo o superioridad sobre los demás. Una raza superior. Todo muy del siglo XXI.

Hay una parte de nuestra sociedad, liderada por estos cansinos separatistas, que sigue pretendiendo resolver problemas del pasado. Una mentalidad que delata falta de ideas para afrontar el presente y futuro de lo que nos estamos jugando a nivel global. Son expertos en ir a contracorriente en unos tiempos en los que necesitamos, más que nunca, remar todos en la misma dirección. El pasado no se puede tocar, sólo aprender de él. Ese empeño constante en desgastarnos por cuestiones pasadas que ya no tienen solución nos resta esfuerzo para emprender los muchos retos que tenemos por delante.

Y en medio de todo este delirio, mi admirado Guardiola sigue con su juego: lacito sí, lacito no. Es una demostración palpable de que la brillantez futbolística no siempre coincide con personas sensatas e inteligentes. Este es un claro ejemplo. Es evidente que sacándolo de la pizarra y el césped, donde sin duda es un gran entrenador, su discurso pausado, reflexivo –al menos en apariencia– nos descubre una persona intelectualmente corta.

No espero absolutamente nada de Guardiola; a su ignorancia se le une su orgullo

Guardiola sustituye su ignorancia por sentimientos irracionales, propios de la necesidad de convertirse en algo más que un entrenador, una especie de icono separatista con trascendencia internacional en permanente pulso con España. Una delicia.

Por cierto, esa España a la que ha representado en multitud de ocasiones, celebrando sus victorias y apretando los dientes en la derrota. Esa España que le ha dado reconocimiento deportivo a nivel mundial, donde ha labrado su trayectoria como entrenador y le ha impulsado a entrenar a los mejores equipos del continente.

La historia de España, como muchas historias de otros países, está plagada de traidores, desleales y desagradecidos. Creo que Guardiola está incluido en este tercer grupo, los desagradecidos que tratan con desprecio sus orígenes. Casos varios hay, pero mi admirado Guardiola se convirtió en el portavoz oficial de la ingratitud.

El lacito amarillo es una manera de seguir prolongando un delirio que sólo esa gente se cree y que el resto padecemos. No espero absolutamente nada de Guardiola. A su ignorancia se le une su orgullo, una mezcla imbatible contra la razón. El uso de sus éxitos deportivos es un magnífico reclamo para la reivindicación absurda. Lástima que sean utilizados para una causa generadora de división y frustración.

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