El Tour castiga a Sagan

Sagan empuja a Cavendish, que cayó al suelo y se fracturó el hombro en la meta de Vittel.:: YOAN VALAT / efe

Expulsa al mediático eslovaco por cerrar contra las vallas a Cavendish y «poner en serio peligro» a otros corredores

J. GÓMEZ PEÑA VITTEL.

Siete de la tarde en la plácida Vittel, ciudad balneario donde Nestlé embotella su agua. Es un lugar limpio. Pero a esa hora solo se habla de juego sucio, de la carnicería del 'sprint' con que ha terminado antes la cuarta etapa. Todo son corrillos, rumores, discusiones sobre si Sagan ha lanzado con un codazo a Cavendish contra las vallas. «¡Hay que expulsarle! Pero no se atreverán porque es el campeón del mundo», defiende parte de la sala de prensa. La otra mitad discrepa: «No. Ha sacado el codo para mantener el equilibrio cuando Cavendish se le ha echado encima». Todos miran una y otra vez las repeticiones en las pantallas. Y ni así hay consenso.

A las siete de la tarde, el presidente del Jurado del Tour, Philippe Marien, entra apresurado en la sala de prensa. Un nube de cámaras le sigue. Si viene a decir algo, es que algo gordo va a decir. Así es. Roja a Sagan, fuera del Tour, descalificado «por poner en serio peligro la integridad de otros corredores en los metros finales». La Grande Boucle se queda sin su ciclista más estimulante porque el eslovaco perdió la línea y cerró contra las vallas a Mark Cavendish. Mientras el británico, con el brazo derecho en cabestrillo, subía a la ambulancia, Sagan se defendía: «No le tiré con el codo». El Tour es así: guerra diaria hasta en Vittel.

En el ciclismo, los locos se dedican al 'sprint'. Los hay suicidas llenos de espolones como Abdoujaparov. Guapos, chulos y con garras como Cipollini, que repartía puñetazos. Camicaces como Cavendish, apodado 'bad boy'. O como Bouhanni, que pasa su tiempo libre en un 'ring' de boxeo. Son tipos rabiosos, de los que cabecean mordiendo su propio bozal. Una jauría a mordiscos a cien metros de la meta.

El bueno, Démare

Hay una excepción: Arnaud Démare, el vencedor en la matanza de Vittel. El francés es pausado, elegante, educado, gentil. Dicen que es tan amable con sus gregarios que ni le hace falta ordenarles nada. Todos trabajan para él a gusto. Un buen jefe. Aunque tiene un secreto: cuando sale a entrenarse le da miedo el tráfico, las trifulcas con conductores cada vez más agresivos. Por eso, en uno de los bolsillos del 'maillot 'lleva un 'spray' de gas lacrimógeno. «Nunca lo he usado», dice. Aunque en Vittel casi tiene que sacarlo.

Iban todos con los nervios tirantes. Era un final atormentado, violento. Gasolina en el aire. Un chispa bastaba para la explosión. Démare vio la pancarta y salió a por ella, aunque no por el camino más corto. En pugna con Kristoff, se fue arrimando a la ristra de vallas de la derecha. Era un sprint a río revuelto. Sagan siguió la estela de Démare y Kristoff. Y, claro, se arrimó aún más a la derecha. Apenas dejó hueco entre él y el filo de las vallas. Pero por ahí se atrevió a meterse Cavendish, un dorsal sin miedo. Nunca frena. ¡

Rascaban los piñones de once dientes. A 70 kilómetros por hora. Los velocistas solo miran adelante. Sin retrovisor. Sagan seguía con los ojos a Demare. «No sabía que Cavendish venía por detrás», declaró. Eso no disculpa su maniobra. Cerró el hueco entre él y las vallas. Cavendish se le echó encima. Chispas. Al notar el toque, el instinto de Sagan activó su mecanismo defensivo: abrió los codos, los usó para mantener el equilibrio. Para entonces Cavendish ya había empezado a perder el equilibrio. Se incrustó contra el vallado. Volteado y tirado en el suelo, al británico no pudieron esquivarle ni Degelkolb ni Swift, que le atropellaron y también volaron.

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