Alberto Contador Espectáculo Caída en el col del Gato

Contador no puede con el Tour

Alberto Contador, con las heridas de sus caídas, tras cruzar la línea de meta. :: afp/
Alberto Contador, con las heridas de sus caídas, tras cruzar la línea de meta. :: afp

Cede cuatro minutos en una etapa brutal que pierde a Porte por una tremenda caída, que confirma a Froome, que aleja a Quintana y que gana Urán

J. GÓMEZ PEÑA

chambery. La etapa tenía colmillos. Subía el col del Gato. Contador pedaleaba en la punta del sillín. Incómodo. Al límite. Cuando se levantaba mostraba una mueca agónica. Arrugado. A 5 kilómetros de la cima y a 30 de la meta en Chambery, se notó consumido. Encasquillado. Su mente perdió la conexión con los músculos. No obedecían, apuraban la energía residual. El ritmo de Nieve, gregario de Froome, le había calcinado. Empezó a perder metros. Goteo. Algo le había crujido por dentro. El Tour se le iba. No lo ganará. Tampoco Porte, que se despistó en el descenso suicida del Grand Colombier, tocó la cuneta, patinó y salió despedido contra el muro del otro lado de la calzada. Brutal. Las imágenes dolían. Día dañino.

Contador llevaba los rasponazos de dos caídas, una en el descenso de cristal del col de la Biche y otra, tras engancharse con Quintana, en la subida a la pared de Le Grand Colombier. El tercer colmillo del día era el del col del Gato. Se le clavó en el cuello. «No he tenido las piernas que quería», asumió en la meta de Chambery, donde llegó con cuatro minutos de retraso sobre el que ganó la etapa cuando creía que la había perdido, el colombiano Urán; sobre el que creyó haber ganado y perdió, Barguill; sobre el líder total, Froome; y sobre los dos jóvenes que aún le discuten al británico este Tour: Bardet y Aru. Contador, el mejor ciclista de su generación, es de otro tiempo. Con 34 años, comprobó que el Tour está ya fuera de su alcance.

«Ahora tendré que replantearme la carrera», declaró tras bajarse dolorido de la bicicleta. Entró con el maillot abierto. Apurado, sin tiempo que perder en cerrarse la cremallera. La rodilla zurda, al punto, sangrante. «En el primer puerto se me ha caído delante Majka. Le he pasado por encima», contó. Luego vino el tropiezo con Quintana. Pero para entonces ya se notaba blando, fuera de su sitio habitual. Sufría antes de tiempo. «El sábado me estuve reservando, conteniéndome para hoy (por ayer) y...». Había afrontado de cara la etapa de Chambery. «Tenía buenas sensaciones». Mandó por delante a Mollema y Pantano, metidos en la fuga masiva. Era la señal de que Contador tramaba algo. Es un campeón con el gatillo fácil.

LAS CLAVES«No he tenido las piernas que quería. Ahora tendré que replantearme la carrera» El Ag2r, equipo de Bardet, quería reventar el Tour en su casa. Engrandeció una etapa ya gigante Ritchie Porte se rompe la pelvis y la clavícula y sufre un traumatismo craneal

La mañana salió dubitativa. Con esa lluvia lenta, gris, que deja medio mojada la carretera. Así es más peligrosa. Ni eso frenó al Ag2r, el equipo de la tierra, el club ciclista que tiene su sede en Chambery, donde sus corredores estudian en la universidad. El primero de la clase es Bardet, dorsal valiente, segundo en el último Tour. Esperanza francesa. Un chico flaco y determinado. También tramaba algo. El Ag2r colocó en al fuga a Villermoz, Domont y Bakelants. Tiró con ellos por delante y también tiró por detrás del pelotón en el escalofriante descenso, angosto y húmedo, del col de la Biche. El equipo de Bardet quería reventar en Tour en su casa. Engrandeció una etapa ya gigante.

La desgracia inició su cuenta atrás. A esa velocidad y en esa carretera, tenía que suceder: se cayeron Majka, Contador y Thomas, el segundo en la general, el peor parado. Clavícula rota. Un fiel menos para Froome. El Sky tiene remedio para esa baja. Kwiatkowski, Landa, Urán y Nieve se bastaron para reducir el Tour a una veintena de dorsales en las rampas del 20% del Grand Colombier. Aún aguantaba Contador. Aún estaba de pie Porte. Aún no había sucedido casi nada de todo lo que iba a pasar.

Olor a ataque

El cielo se quedó sin charcos. Sol. Alivio antes de afrontar el col del Gato. El tercer diente. Nieve, al dictado de Froome, aplicó el botón rojo: demolición. Y Contador explotó. A cada metro, la etapa subía un latido. Emoción. Olía a ataque. Aru tenía que ser. El italiano audaz. Aunque lo hizo en mal momento, justo cuando Froome había levantado la mano para pedir asistencia mecánica. El cambio eléctrico le fallaba.

Aru pasó por debajo del brazo en alto del británico y aceleró. El gesto pareció feo. Luego dijo, juró, que no había visto a Froome reclamar ayuda. El líder le creyó. Landa, Nieve y Henao socorrieron a Froome. No perdió la calma. Subió a la bicicleta de repuesto y, antes de lanzarse a por sus rivales, ajustó bien el potenciómetro, el guía que mejor le lleva a París. Pedaleando sobre esos datos, Froome domina el Tour. Los necesita. Delante, Porte mandó esperarle. Aru, Bardet y los demás obedecieron. Juego limpio.

La pólvora ya estaba en el aire. En cuanto Froome llegó, arrancó Porte. También Martin. Y les remachó Froome. Esa dentellada amarilla desveló la debilidad de Quintana, que no tenía a nadie del Movistar para escudarle. Si a Contador le pesan los años, al colombiano le lastran los esfuerzos del Giro. En la rasposa piel del Gato, a Froome sólo le siguieron Porte, Urán, Bardet, Martin y Aru y Fuglsang, dúo del Astana. Landa, a unos metros, limitaba las pérdidas. El Sky le quiere cerca de Froome. Lo está: es noveno en la general. Sin Thomas, el alavés será vital en la defensa del liderato.

Por la cima del Gato pasó primero el que sobrevivía de la fuga, el francés Barguill. Hábil cuesta abajo. A 20 segundos, Froome elegía la trazada del grupo. Ha aprendido a bajar. Todo se entrena. Porte, en cambio, no es tan fiable en los descensos. Dejó de mirar un momento la carretera, perdió el equilibro y salió disparado hacia el muro. Se llevó por delante a Martin, que acabó rebozado en asfalto mientras veía cómo su bicicleta resbalaba hasta dar con la rueda trasera de Urán.

El colombiano evitó la caída, pero llevaba una cornada. La notó al accionar el cambio de marchas. No funcionaba. Estaba doblado. Tuvo que hacer más de 20 kilómetros con el 53x11, con el desarrollo que más cuesta mover. Aun así, aguantó a rueda de Froome, Aru y Barguil mientras perseguían a Bardet, que es puro arrojo. Lo que no había podido cuesta arriba, Bardet lo intentó descolgándose sin frenar hasta Chambery, su hogar. Sus carreteras. Froome no le dejó entrar primero. Hubo sprint entre ellos. Barguil levantó los brazos y lloró de alegría. Urán, derrotado y jurando por su cambio roto, tiró hacia el control antidopaje. Allí se lo dijeron. Había ganado por un dedo. «No me lo creía». Barguil tuvo que llorar de nuevo.

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