Contador nunca baja los brazos

Contador alcanza la meta de la ermita de Santa Lucía por delante de Froome, Woods y Chaves. :: efe/
Contador alcanza la meta de la ermita de Santa Lucía por delante de Froome, Woods y Chaves. :: efe

El madrileño recupera su nivel en los muros de la ermita de Santa Lucía y llega con Froome, cada vez más líder

J. GÓMEZ PEÑA ALCOSSEBRE.

Aunque a su biografía deportiva le faltan menos de tres semanas para cerrarse, no es tan fácil enterrar a Alberto Contador. Así son los grandes. En 1963, en el cuadrilátero de Wembley, Muhammed Ali aún era Cassius Clay, un boxeador con nombre de esclavo. Delante tenía a un duro soldado inglés, Henry Cooper. Tan duro que le tumbó al final del cuarto asalto. El árbitro inició la cuenta atrás con Clay en la lona. Y cuando faltaban sólo dos segundos para decretar el K.O. sonó la campana. Se había acabado el asalto. Suspiro. Otra oportunidad. Clay, recuperado tras el paso por el rincón, vapuleó luego al pobre Cooper. Así era Clay. Así es Contador. Irreductible.

El lunes, en la tercera etapa de esta Vuelta, en la subida a la Comella, el madrileño se notó hueco. Sin piernas. Además, algo le retorcía las tripas. No iba. Miró y vio a su gregario Stetina. Pidió socorro. «Sólo queda este puerto. Hay que salvar el día», se dijo. Entró molido en la meta de Andorra y con dos minutos y medio de retraso. Sin casi opciones en su última carrera. En el combate final. Sólo dos días después, Contador ha sido tan puntual como en sus mejores días. Las dieciocho grandes vueltas en las que ha participado son una buena edad para retirarse, pero lo quiere hacer a su manera.

En la violenta subida a la ermita de Santa Lucía, un balcón sobre la costa castellonense de Alcossebre, sintió que había recuperado sus espuelas. La rampa final le guiñó un ojo. Esta Vuelta es su homenaje en vida. Estrujó esa sensación. Sólo tres le siguieron, Froome, que cada vez es más líder, junto a Woods y Chaves. Tras ellos llegó a la meta un goteo de rivales: Van Garderen a 8 segundos. Adam Yates, Roche, Aru, Kelderman y Zakarin a 11. David de la Cruz y Simon Yates a 21. Nibali, que es demasiado diésel para subidas tan breves y con muros del 20%, se dejó 26 segundos. Y peor le fue a Bardet, al que le pesa el Tour. El francés se alejó 49 segundos. A Froome se le empiezan a reducir los enemigos.

Aunque en Santa Lucía le resucitó uno: el viejo Contador. Froome, en un diálogo entre ganadores del Tour, le hizo una reverencia: «Esto demuestra el carácter de Alberto. Sé que nunca bajará los brazos, que luchará hasta el final». Le conoce bien. No le entierra ni aunque le vea con el barro al cuello. «He recuperado sensaciones», dijo el madrileño en la cima, con la afilada sierra de Irta a un lado y el mar al otro. «Pelear por la Vuelta es muy complicado», asumía. Pero no levanta la bandera blanca. No conoce ese gesto. La afición no le deja: «El apoyo de la gente me tiene abrumado. Es como si estuviera corriendo esta Vuelta por el portal de mi casa». Pese a que está a más de tres minutos de Froome, es inútil ponerle límites o medidas a Contador. Agitará su última Vuelta.

De mover la etapa entre Benicassim y la ermita de Santa Lucía se encargó una fuga de alta cilindrada: junto a Soler y Rubén Fernández, los jóvenes del Movistar, se largaron Alaphilippe, Kudus, Haller, Gougeard, Sáez, Mas, Villella, Mamykin, Bol... Y el kazajo Lutsenko, antiguo campeón del mundo sub'23. Piernas de potro. Con ellas iba a llevarse un triunfo de etapa que empezó a apuntalar cuando antes de la subida final decidió irse con Haller y alejarse de Soler, Kudus y Alaphilippe, mejores escaladores que él.

Lutsenko también dejó atrás a un tipo sin fronteras, Jetse Bol, que nació en una ciudad holandesa construida a 3 metros bajo el nivel del mar y que corre en el Manzana Postobon, equipo colombiano con la sede a 2.500 metros de altitud. Bol fue durante buena parte de la etapa el líder de la Vuelta. Líder regente. Ocupó un rato el puesto de Froome, inglés nacido en África. Bol también tiene un pasaporte difuso: se siente mexicano. Esa bandera lleva. La de su mujer, Nancy Arreola, de Monterrey. En su boda, el corredor holandés se presentó con un sombrero charro.

El trabajo de Moscon

Y recuerda bien el primer día que se entrenó en la altitud de Colombia, la tierra de su equipo. «Fue como si llevara un elefante en la espalda». Eso sintieron todos en los tres kilómetros que trepan hasta la ermita de Santa Lucía, con la islas Columbretas a la vista. A Bol le pesó el elefante. A todos. Lutsenko, siempre sentado, atornillando los pedales, mantenía 40 segundos sobre el ligero eritreo Kudus, siempre de pie. Le bastaron para agarrar su mejor victoria. A unos metros, Soler, el catalán del futuro, empezaba a dejarse ver en la Vuelta. Por ese orden terminó la etapa. Cuatro minutos más abajo, el joven italiano Moscon, fiel a Froome, torturaba a los favoritos. Incluso a su líder. «Hasta a mí me ha costado seguirle», confesó Froome. Otra rampa. Otra vuelta de tuerca de Moscon. Se rindió Bardet. Y sucumbió Nibali. Al italiano, como a De la Cruz, no le van estas cuestas tan repentinas.

Cuando Moscon terminó su trabajo, con Froome sólo quedaban el canadiense Woods, el colombiano Chaves y un púgil al que había salvado la campana en Andorra: Contador. De pie sobre la lona. Bailando de puntillas y sacudiendo los guantes. Recuperado a tiempo; no para ganar la Vuelta, pero sí para emocionarla en algún asalto. La cuneta del kilómetro final hacia la ermita asistió, repleta de devotos, a otra de su resurrecciones. Froome, Chaves y Woods, a rueda, fueron testigos de su retorno. En la meta, Contador explicó su recuperación. «Es el instinto». De supervivencia. No conviene enterrarle.

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