EL IQ DEL BASKET

PEDRO RAMÍREZ

Cuántas veces nos habremos preguntado por qué este, aquel o aquella jugadora no ha acabado de explotar su maravilloso talento, cuántas veces nos habremos lamentado de que determinados jugadores que tanto nos gustan jueguen tan poco. Cuántas veces habremos pensado que se cometía una grave injusticia por no renovar o traspasar a jugadores que nos parecían tan buenos. Probablemente casi las mismas veces que hemos visto y oído cómo se le achacaba o se acababa descargando la culpa a los mismos, es decir, a los entrenadores de turno. Que si le tiene manía, que si no tiene ni idea , que si tal o que si cual... La realidad es que la trayectoria de un jugador o jugadora está llena de contingencias y dificultades, las oportunidades son escasas y tienen que llegar para que cada uno pueda demostrar su verdadera valía, y aquí sí que es muy importante la figura del entrenador como responsable de la gestión de esas oportunidades, como también es verdad que el verdadero talento es imparable y se abre paso como el agua, que la función de un entrenador en estos casos es intentar no estropearlo y sí estar preparado para conducirlo, lo mejor posible, a su máxima expresión, que lo que le mide su capacitación como tal es haber sabido reconocerlo y que no se le quede en el camino.

Los americanos llaman IQ (Intelligence Quotient) al coeficiente intelectual aplicado al básket, un adjetivo para definir no ya una carrera, sino también un estilo que se caracteriza por la manera de interpretar el juego, desde su propio conocimiento, donde los jugadores saben sacar el máximo partido de sus cualidades, la de sus compañeros y de su propio equipo en función también de la singularidades del equipo contrario y su defensa en cada momento. Seguro que nos vienen a la cabeza los nombres de esos jugadores con una clarividente visión del juego o de aquellos que saben sacar el máximo partido a sus cualidades sabedores de sus limitaciones, e incluso a los que han sabido cuidar sus carreras en todos los órdenes de sus vidas, conocedores de que son cortas por definición, como también se nos vendrán a la cabeza muchos nombres de lo contrario.

El IQ nos explica por qué un jugador más pequeño le quita continuamente los rebotes a otro más alto, cómo un base más lento supera continuamente a uno más rápido, cómo un jugador más bajo pone más tapones que otro más alto, cómo Sabonis pudo seguir a un grandísimo nivel padeciendo una grave lesión, o cómo Rafa Vecina pudo estar entre los mejores a pesar de su cojera... Nos explica la fantástica carrera de Pau Gasol, el contrato millonario de su hermano Marc, la capacidad infalible para coger rebotes ofensivos de Felipe Reyes -como 'Chichi' Creus fue uno de los máximos reboteadores del Manresa con sus 1,75 el año que ganó la Liga- o por qué Luka Doncic va estar entre los cinco primeros del Draft y es tan bueno. Pero, aunque al IQ mide al deportista, también se debería usar para medir a los responsables de su formación, que deben trabajar sabiendo dar siempre la importancia a todas las facetas que van a incidir en ella para que el deportista pueda alcanzar sus metas. Porque hay que saber dar la importancia que realmente tiene poner la educación, la inteligencia natural, la formación académica y las habilidades técnicas de una persona al servicio del deportista y de su máximo rendimiento y para dar respuesta a por qué muchas veces no se alcanzan los objetivos que se proponen clubes de formación, padres y los propios interesados mucho más allá de las lógicas dificultades y de la gran competencia que existe.

Sin educación, esa que se mama en casa; sin una formación académica adecuada que desarrolle las capacidades intelectuales de una persona y sin una formación deportiva capaz de desarrollar un verdadero conocimiento del juego, es mucho más difícil conducir el talento de un jugador; es decir, desarrollar su propio IQ que le permita sacar el máximo partido como deportista y, mucho más difícil que eso, a toda una trayectoria. En la actualidad en la NBA llega continuamente un perfil de jugador sin formar adecuadamente ni como persona ni como deportista, que no ha pasado por la universidad y que, como consecuencia, tiene altas probabilidades de no alcanzar nunca su verdadero potencial.

El IQ sirve para explicar por qué se genera tanta frustración en la formación, por qué tantos jugadores con mucha capacidad se quedan en el camino, por qué tantos chavales que pasan por estos clubes después de años de entrenamientos y competición inician un periplo suicida por multitud de equipos para encarar su retirada sin dinero ni formación académica adecuada que les permitan afrontar con garantías sus futuros. El IQ, para explicar también por qué se sacan tan pocos jugadores en relación a la inversión empleada e imprescindible en personal e instalaciones, para explicarnos que no hay formación sin una formación adecuada de quién la imparte, que no se rentabiliza la inversión si no se piensa antes en la persona que en el deportista.

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