Aquel verano de Silvia Grijalba

Con su prima Vega. Silvia Grijalba (izquierda) posa con su prima, ambas con un ‘look’ hippy, en su casa de Montemar./
Con su prima Vega. Silvia Grijalba (izquierda) posa con su prima, ambas con un ‘look’ hippy, en su casa de Montemar.

En vacaciones, su vivienda se convertía en casa de acogida de familiares. Todos querían veranear en el epicentro del cosmopolitismo y la libertad en los años 70

Regina Sotorrío
REGINA SOTORRÍO

La foto es de 1975, o quizás de 1976. Silvia Grijalba no lo recuerda exactamente, y realmente es lo de menos. Lo que no olvida es la sensación de libertad de esos veranos de la década de los 70 en los que Torremolinos era aún más cosmopolita y moderna –si cabe– que el resto del año. La ciudad recibía a turistas de medio mundo y su casa en Montemar se llenaba de familiares que encontraban en los meses estivales la excusa perfecta para hacer una visita a sus parientes del sur.

Entre ellos, su prima Vega –la que le acompaña en la imagen–, unos años mayor que ella, que aprovechaba el veraneo en Torremolinos para lucir los ‘looks’ más actuales de su armario. «No vestíamos siempre así de hippies, pero cuando venía mi prima era como cuando yo, años después, iba a Londres y me vestía de punk aunque en Málaga no lo hiciera. Era un sitio de libertad en el que iba como le gustaba y como no podía en Logroño. Se lo pasaba bomba», cuenta Grijalba. Y también ella, porque disfrutaba ‘disfrazándose’ e imitando la ropa de las chicas modernas del pueblo. Vega no era la única invitada en casa por esas fechas. Dos tíos gays eran otros «okupas» de verano habituales porque Torremolinos entonces «era uno de los pocos sitios donde en los años 70 se podía vivir la homosexualidad» sin esconderse.

Pero residir en el epicentro del veraneo español tenía una contrapartida. «Me daba mucha rabia que nunca nos íbamos de vacaciones porque ya vivíamos en un sitio de vacaciones. Me daba envidia ver a los turistas», reconoce.

Periodista y gestora cultural –dejará la Casa Gerald Brenan y la Fundación Pérez Estrada tras ser nombrada nueva directora del Instituto Cervantes en El Cairo–, Grijalba nació en Madrid, pero a los pocos meses se mudó con su familia a Torremolinos. A su padre le trasladaron a la delegación torremolinense del concesionario C. de Salamanca, de donde salían muchos de los Rolls-Royce yJaguar que esos años boyantes recorrían la Costa del Sol. Cubano formado en EE UU, tenía un perfecto nivel de inglés, algo poco habitual en el época. Y le vendió un rolls al mismísimo Sean Connery.

Años felices

Se establecieron en Montemar, un barrio de Torremolinos que ya desde pequeña, sin entonces ni sospecharlo, marcaría su personalidad, sus aficiones y sus gustos. «Fueron los años más felices de mi infancia, se vivía de manera muy libre», cuenta. Su chalé –alquilado a unos italianos– estaba en la calle de la Alegría, cerca de la casa de los Neville; al lado del Bazar Aladino, un ejemplo de lo que se ha venido a llamar arquitectura del relax; en el entorno de las discotecas Tiffany’s y Metro, a donde solían acudir sus padres; y a un paso del hotel Miami, decorado con cuadros de Mari Pepa Estrada. «Y he dirigido la Fundación Pérez Estrada, la vida da muchas vueltas», reflexiona.

Durante todo el año, pero fundamentalmente en verano, los acentos se multiplicaban en la Costa. «Todos mis amigos eran ingleses, holandeses, alemanes...», detalla. Y eso va calando en una niña de apenas cinco años.

En detalle

Nació en Madrid pero con apenas diez meses recaló en Torremolinos, un pueblo que marcó su destino. Es gestora cultural, novelista y periodista. La música ha sido parte de su profesión pero también es su afición. Acaba de ser nombrada nueva directora del Instituto Cervantes en El Cairo.

En el momento de la foto, tomada frente a la entrada del chalé de Montemar, ella y su prima están a punto de irse a la playa con los clásicos capazos. Acaba de terminar las clases en el colegio del Rincón en la Carihuela. «No era oficialmente un colegio Montessori, pero sí tenía una educación muy moderna para la época, hacíamos hasta yoga», señala. Y, además, estaba junto al mar. Así que, fuera verano o invierno, Silvia Grijalba se recuerda de niña en la playa con su madre tras el cole, para después ir andando a recoger a su padre a la salida del concesionario.

Años después se mudarían a un piso del centro de Torremolinos, por «esa cosa tan española de comprar una vivienda» y porque su madre no conducía y «decidieron que vivir en el centro era más práctico». Con la perspectiva del tiempo, reconoce Grijalba que no había ninguna razón de peso para irse de Montemar, «y siempre nos arrepentimos de aquello». Eso no quita para que Silvia Grijalba se empapara también del ambiente ecléctico del Torremolinos centro en los años 80 en plena adolescencia y primera juventud. «Empecé a ser medio gótica allí», por ejemplo.

«Nunca nos íbamos de vacaciones porque ya vivíamos en un sitio así. Envidiaba a los turistas»

El cambio de casa coincidió con un cambio de colegio a Sierra Blanca. «Me dio otra visión de la vida, más conservadora, con más normas y más responsabilidades que también me vino muy bien. Mis padres no eran exactamente hippies, pero sí bastante caóticos. Les encantaba estar metidos en ese ambiente más moderno y artístico», rememora.

Silvia Grijalba se siente una privilegiada por haberse criado en ese entorno. De hecho, no duda al responder que ella sería otra de haberse criado fuera de Torremolinos. «Estoy completamente convencida. Si mi padre se hubiera quedado en Madrid, mi educación hubiera sido más conservadora, más clásica y ni me hubiera dedicado a la música. Mi padre tenía un lado artístico y desarrolló ese espíritu libre en Torremolinos». Eso de crecer en Torroles, dice, «imprime carácter».

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