Aquel verano de Miguel Ángel Moreno 'Bolo'

Con sombrero de paja, una imagen de Miguel Ángel Moreno ‘Bolo’, junto al resto de compañeros y monitores del grupo scout. / SUR
Málaga en Verano

Los meses estivales con el movimiento juvenil marcaron la personalidad de este acróbata malagueño, Premio Nacional de Circo 2016

Susana Zamora
SUSANA ZAMORA

Cuando en 2008, en plena crisis económica, fundó la Compañía Circo Vaivén le pudo más la confianza que el miedo. No tenía nada que perder y empezó a crear, a levantar un proyecto que nueve años después cuenta con la aprobación del público y con el reconocimiento de las instituciones. El más importante llegó el año pasado de la mano del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, que distinguió a su creador Miguel Ángel Moreno, ‘Bolo’, (Málaga, 1977) con el Premio Nacional de Circo 2016 por la renovación de la acrobacia a partir de la incorporación de elementos escénicos.

Pero a este malagueño, licenciado en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte por la Universidad de Granada, nunca le faltó el trabajo. Las cifras hablan por sí solas: en los últimos cinco años ha realizado 550 espectáculos por todo el mundo. En sus veranos no hay tiempo para el descanso: la mitad de las 80 funciones contratadas para todo el año las hará en estos meses estivales y sólo cinco serán en Andalucía. El resto en el extranjero.

Pero hubo un tiempo en que los veranos fueron otra historia para el ‘Bolo’. De ellos no solo guarda recuerdos, anécdotas y amigos, sino un modo de vida y una personalidad que imprime en cada paso que hoy da como persona y como profesional. Concretamente, hay una fecha grabada en su memoria, pero que remueve su corazón cada vez que habla de ella. Es el verano de 1993. «Yo vivía en Miraflores de los Ángeles y en los años 80 era un barrio complicado. Allí, nos conocíamos todos los chavales y vimos en el grupo de scout que llegaba en verano una forma de salir y conocer otros lugares, pero no porque nos moviese un espíritu aventurero», recuerda Miguel Ángel.

Empezó así a militar en este movimiento juvenil y a impregnarse de una filosofía de vida basada en el desarrollo de actividades al aire libre acompañada de valores, como el trabajo en equipo, el compañerismo y la solidaridad. A sus 16 años descubrió que los veranos no empezaban cuando acababa el colegio en junio, sino mucho antes, en febrero o marzo. «Los scout no te dan nada hecho; con ellos se trabaja por proyecto y me di cuenta de que si quería irme de campamento en verano había que empezar a organizar cosas meses antes para sacarme un dinerillo y poder irme con ellos», afirma el acróbata.

«La escenografía de mi último espectáculo ‘Des-Hábitat’ la creé pensando en Griébal»

De aquellos preparativos resalta el compañerismo que siempre hubo entre el grupo de amigos y como los más «espabilados» que lograban sacar más dinero lo repartían entre todos. «Si uno tenía una habilidad para algo siempre la ponía al servicio del resto», advierte.

Gracias a eso, pudo finalmente ir a la excursión prevista para aquel verano a Griébal, en el Pirineo aragonés. Durante 15 días trabajó en la reconstrucción del pueblo, en labores de desbroce, desenterrando su antigua entrada, limpiando casas y recuperando carriles. «Fue duro, pero la experiencia fue muy reconfortante». Así lo rememora un Miguel Ángel que aún repasa con detalle fotográfico algunas de las experiencias que marcaron aquellos años de adolescencia. «Hubo un día que a las ocho de la tarde nos mandaron solos a la montaña a hacer noche y no se podía volver hasta a la mañana siguiente. Teníamos que buscar un buen sitio y habilitarlo con una construcción para protegernos de alguna forma para poder dormir. No se me olvidará nunca cómo algunos se juntaban, pese a que estaba prohibido, porque sentían miedo».

«Entiendo el trabajo como una relación emocional, en la que prima la valía humana»

Miguel Ángel piensa que muchos padres pondrían actualmente el grito en el cielo y más allá de una experiencia «preciosa» e «inolvidable», para este malagueño hay algo impagable. Después de 30 años conserva los mismos amigos, pero sobre todo una forma de trabajar y de actuar. Está convencido de que ha llegado donde está gracias a veranos como ese. «La escenografía de mi último espectáculo Des-Hábitat la creé pensando de Griébal y no concibo trabajar con mi compañía si no es en familia. Entiendo el trabajo como una relación emocional y prefiero a alguien con menos calidad profesional pero que tenga gran valía humana, porque eso al final se percibe en el escenario», explica.

El año pasado fue un año redondo para este artista malagueño. A sus éxitos profesionales se sumó el nacimiento de su hija. En su año y medio de vida ha tomado 25 aviones y ha visitado ocho países diferentes. Su padre sabe que sus veranos no serán como los de otros niños «para bien y para mal». Lo que ya empieza a conocer es la filosofía que un verano su padre aprendió: «Ante un peligro, hay que enseñar cómo manejarlo para que no haya consecuencias, no prohibirlo por miedo a ellas».

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