Aquel verano de Javier Castillo

Comienzos de los 90. Javier Castillo (derecha, mirando de lado), junto a su hermano Francisco y los amigos de calle San Alfonso de Las Lagunas / SUR
Málaga en Verano

El autor del fenómeno editorial del año, con más de 100.000 ejemplares vendidos de ‘El día que se perdió la cordura’, recuerda las excursiones diarias a la playa con la madre de un amigo que acabaron convirtiéndose en una atracción para la chiquillería de todo un barrio de Las Lagunas

Francisco Griñán
FRANCISCO GRIÑÁNMálaga

«Fue un ‘Verano azul’». Con esa imagen recuerda Javier Castillo (Málaga, 1987) aquellas vacaciones que en realidad fueron varios años, varios veranos azules. Porque la memoria que le queda al escritor es esa pandilla de Tito, Piraña, Pancho, Desi, Bea y compañía en Nerja. Aunque aquí los protagonistas son el propio Javier, junto a su hermano, Francisco, y sus amigos Alberto, José Cristóbal, Mateo, José ‘Chico’ y compañía, y el escenario de esta historia estaba al otro lado de la pantalla y en la costa malagueña, en Fuengirola. El ahora autor de éxito, que ha pasado de ser un recién llegado a la literatura a convertirse en el fenómeno editorial del año al vender más de 100.000 ejemplares de su primera novela, el ‘thriller’ ‘El día que se perdió la cordura’, se recuerda precisamente viendo en su casa una de las inevitables reposiciones de la serie de TVE en los años 90 y viviendo a la vez los capítulos de su propio verano azul con sus amigos de la calle San Alfonso de Las Lagunas. «Nos reuníamos en la calle y esperábamos a que llegara María, que todos los días se llevaba hasta 30 niños a la playa», explica Castillo que, junto al resto de la expedición, cruzaba todas las tardes desde ese territorio mijeño que se confunde con la colindante Fuengirola para ir a la playa que se encontraba delante del hotel Las Pirámides.

El escritor no puede disimular la sonrisa en la cara cuando habla de María. De María Ruiz, que es la gran protagonista de este relato. Ella interpretaba a la vez los papeles de Julia y Chanquete en este grupo de chavales, que se arremolinaban a la puerta de su casa a las cuatro de la tarde como si formaran parte de un campamento de verano. «Con puntualidad íbamos apareciendo ante su puerta. Entonces, bajaba, hacía recuento y preguntaba si todo el mundo llevaba agua y la toalla, y nos íbamos», rememora el joven escritor que señala que, aunque es una escena del siglo pasado, han transcurrido poco más de dos décadas desde entonces.

«El ambiente era como el de un pueblo, todo el mundo se conocía y María le decía a todos los padres que no se preocuparan que ella nos vigilaba», cuenta Javier Castillo que ilustra ese momento de llegar al destino... y llenarlo. «Ocupábamos media playa», se sorprende todavía hoy día al viajar en el tiempo y revivir aquella escena a pie de orilla que se convirtió en el momento más esperado del verano para muchos de los chicos de San Alfonso. «Algunos amigos de la calle se iban en vacaciones, pero le pedían a sus padres quedarse con un tío o los abuelos para no perderse las excursiones a la playa», relata Castillo que, por aquel entonces tenía 7 u 8 años, y siempre iba acompañado de su hermano, un par de años mayor que él.

El autor homenajea a María Ruiz, que a diario, se llevaba hasta treinta chicos a la playa

Para controlar a aquel pelotón, María ponía mucho cariño y alguna línea roja. «En realidad teníamos una sola prohibición y era que no podíamos ir nadando hasta la boya porque estaba muy lejos y lo respetábamos... aunque alguna vez nos escapamos hasta allí», reconoce el autor de ‘El día que se perdió la cordura’, una novela que comenzó autoeditando en Internet y que se convirtió en un fenómeno de ventas con más de 40.000 descargas. Un éxito que no se le ha escapado a la editorial Suma de Letras, que ha publicado este ‘thriller’ en formato papel y ya lleva otros 100.000 ejemplares. Un récord de ventas que, en aquellos años 90, era un futuro impensable para el joven Javier Castillo cuyo único interés era ir con María Ruiz y el resto de aventureros a la playa para nadar, jugar al mate y «hacer la croqueta» en la arena.

Aquellas excursiones veraniegas comenzaron por casualidad. José ‘Chico’ era hijo de María y una tarde que ella llevaba al joven y a sus hermanas a la playa, Javier se fue con ellos. «En los días siguientes se fueron apuntando más amigos hasta el punto que se formó un grupo con gente de toda la calle y del barrio», comenta Castillo, que destaca el ambiente de diversión de aquellas excursiones playeras. «Un día, a uno de los chicos le pilló un hidropedal que salía del agua y, aunque no le había pasado nada y estaba bien, todo el mundo sin excepción nos volvimos para acompañarle y contárselo a sus padres», rememora en aquella época en la que el único teléfono móvil que se veía era el zapatófono de los cómics de Mortadelo y Filemón.

«Los padres se quedaban tranquilos y era un alivio, ya que todos queríamos ir con María y estábamos entretenidísimos», asegura Javier Castillo que, durante tres años, participó de aquellas aventuras playeras. «María se convirtió en un personaje superconocido del barrio y, de hecho, sigue viviendo allí», asegura el escritor que confiesa su emoción cada vez que se encuentra a la madre de su amigo José ‘Chico’ y se ponen recordar aquellos veranos azules en los que, más que un barrio, eran un gran familia.

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