Aquel verano del escritor Pablo Aranda

Tras 12 kilómetros caminando por el desierto, Pablo Aranda llegó a un pequeño pueblo en el que pudo refrescarse.
Tras 12 kilómetros caminando por el desierto, Pablo Aranda llegó a un pequeño pueblo en el que pudo refrescarse.

El columnista pasó uno de sus mejores estíos en el año 2006, cuando recorrió Mauritania ligero de equipaje

Iván Gelibter
IVÁN GELIBTER

«Aproveché que fuimos a Fuerteventura de vacaciones para sacarme un billete de ida a El Aaiún». Así comienza el relato de su verano de 2006 el escritor y columnista de SUR Pablo Aranda (Málaga, 1968); que sabe muy bien cómo arrancar una historia que tiene todos los elementos para convertirse en una novela de viajes, un género que suele tener un componente de aventuras. El objetivo final era llegar a Dakar a través de Mauritania a lo largo de unas dos semanas, aunque para complicar un recorrido de por sí muy complejo, viajaba sin ningún tipo de visado.

«Llevaba algunos euros y unos 170 dirham (17 euros) y me puse en marcha», cuenta. En una pequeña bolsa llevaba dos mudas, una libreta, dos libros y una cámara de fotos. La primera parada, en la capital del Sáhara, le permitió conocer en profundidad un país en el que la situación era –y sigue siendo– más que compleja. «Me propusieron entonces ir al norte de Mauritania con un grupo de personas que conocí en los primeros días. El objetivo de ellos era vender un coche». Uno de sus acompañantes era un miembro del Frente Polisario que hablaba un español «callejero» pero perfectamente entendible. «Cuando se lo dije, prácticamente se ofendió. Me dijo que él había crecido siendo el Sáhara un territorio español, e incluso contaba con un DNI español de los antiguos a su nombre», relata el escritor.

Este recorrido les llevó durante horas por el desierto, que iban intercalando con paradas para tomar «copitas saharauis», o lo que es lo mismo, el té. «Llegamos a la frontera, aunque al principio no sabíamos si yo podría cruzarla o me tendría que quedar allí». Preocupado por la ausencia de cualquier tipo de visado, Pablo Aranda explica que le hicieron unas cuantas preguntas, como por qué no llevaba visado, o que, siendo español, cómo llevaba tan poco equipaje. «Al final me dejaron salir, pero me avisaron de que en Mauritania no me dejarían entrar sin un permiso».

Inició el viaje sin tener ningún visado de entrada en los países que recorría

Aun así, si algo le impresionó en este tramo fue la ‘tierra de nadie’, el trozo de tierra –en este caso de varios kilómetros– que separaba un país de otro. «Era una carretera llena de curvas en las que no se veía más allá de 60 metros. No nos dejaban salir de la carretera ni para ir al baño, bajo la advertencia de que era una zona que estaba completamente minada», relata. Allí tenían que avanzar a unos 5 kilómetros por hora hasta llegar a un campamento de coches de lujo que parecían estar abandonados.

La tensión de ese tramo, por suerte para él, no fue tanta al llegar al puesto fronterizo. «Entré a la choza donde estaba la policía, que estaba cubierta de hojas de periódico para protegerse del sol. «Recuerdo que tuvimos que descalzarnos. Era una estancia sin luz artificial, había dos camas y una mesa. El policía sacó una linterna, y mientras nos iluminaba sacó de debajo del camastro un caja de cartón y una barra de pan doblada por la mitad». Tras compartir el pan, comenzaron una charla sobre varios temas hasta que le pidió el pasaporte. Tras darse cuenta de que no estaba sellado, el policía le preguntó que cómo podían solucionar esto; aunque el desenlace fue más inesperado de lo previsto.

En detalle

En su exitosa carrera como escritor y columnista, Pablo Aranda tiene una especial dedicación y sensibilidad por los viajes, lo que le ha llevado a colaborar en publicaciones concretas. África, en concreto, es uno de los continentes que mejor conoce tras haber realizado varios recorridos

«Me propuso que hicéramos el visado; así que sacó un sello y lo pegó en el pasaporte. Me dijo que costaba 20 euros», cuenta el columnista, que asegura que le pareció una cantidad «pequeña» para ser un pago que parecía en negro. «Pero para nada. En el propio sello marcaba que eran 20 euros, por lo que era todo legal».

A partir de ahí comenzó su andadura por Mauritania, el país que más pudo conocer durante estos días. «Eran los años más duros de la inmigración, y muchos de los cayucos partían desde el punto en el que entré al país». Tal como explica, en Mauritania el norte es árabe y el sur, negro. «Allí me encontré que había gente que tenía dinero que tenía en su casa a personas de raza negra que hacían las labores a cambio de techo y algo de comida. «Era tan cercano a la esclavitud, que de hecho Mauritania es el último país del mundo en el que la esclavitud fue abolida», sostiene. «Hasta hace cuatro o cinco años hubo juicios por esta cuestión».

La parte más importante del viaje llegó cuando Pablo tomó el tren más largo del mundo, en perpendicular a la costa, y que va a las minas de Choum. «Son trenes demineral que tiene apenas unos vagones para personas. Sin cristales y sin luz, el recorrido fue de varias horas, aunque mereció la pena». La siguiente parada le llevó a un oasis. Fue después de caminar 12 kilómetros por el desierto. «Llegué a un pueblo de chozas donde había un palmeral con unas pozas de agua. Llegabas deshidratado, y allí pude beber agua, bañarme y dormir».

Esta experiencia no ha sido la única de Pablo Aranda –que también escribe sobre viajes– en África. «Pero tengo especial recuerdo de este viaje, me lo pasé muy bien dentro del riesgo que corrí en algún momento», señala. «Es una lástima que ya no se pueda repetir; ahora es mucho más inseguro», concluye.

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