Urgencias

Cruce de vías

Me pongo malo al entrar en los hospitales y siento alivio al pisar de nuevo la calle

Urgencias
Sr. García .
José Antonio Garriga Vela
JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

Voy al servicio de urgencias. No me acuerdo la última vez que estuve en la planta cero del hospital, o tal vez no quiera recordarla. He ido muchas veces acompañando a otras personas, pero casi nunca he sido yo el paciente. Esta vez no acudo por propia iniciativa sino que me llevan un poco a la fuerza. Me pongo malo al entrar en los hospitales y siento un alivio inmenso cuando salgo y piso de nuevo la calle. Ahora estoy de pie en medio de la sala de espera. No me apetece sentarme, ni hablar, ni leer el periódico. Sólo quiero oír mi nombre lo antes posible y entrar en la consulta. Después, ya veremos qué pasa. Me fijo en los pacientes que tengo alrededor. Algunos miran el móvil, otros dialogan entre sí sobre el tiempo, la calidad de los alimentos, la obesidad. Los hay que permanecen callados como yo. Y también están los que duermen, o quizá sólo tienen los ojos cerrados para recrearse en momentos felices e intentar aliviar el dolor.

Pienso que hacen falta otros servicios de urgencias para los distintos problemas que surgen en la vida. No sólo es importante la salud sino también otros males que nos afectan a diario e incluso nos destrozan el alma. ¿Adónde acudimos entonces? No hay un rincón del mundo en el que podamos solicitar ayuda para estos casos. A lo mejor muchos vienen aquí porque no encuentran otro lugar donde los escuchen. No existen servicios de urgencias para los sentimientos humanos más íntimos y dolorosos. Ni siquiera sabemos en qué parte del cuerpo residen. No ocupan un sitio concreto, se expanden por todo el cuerpo. Una epidemia, una plaga, un sufrimiento que acecha en el interior de cada uno de nosotros.

Oigo mi nombre y ando despacio hacia la consulta. La puerta está abierta. Entro. Nos saludamos. El médico observa esa parte del cuerpo que desde hace algunos días está pasando una mala racha. Me habla de la sangre. Yo escucho en silencio. Me da la sensación de que está hablando de otra persona. Sin embargo soy yo el que se oculta bajo la piel. Ahí dentro se sustenta la vida. Un cuerpo como cualquier otro en el que procuro no pensar demasiado porque lo desconozco tanto que me provoca miedo. El médico me da algunos consejos y escribe el tratamiento que debo seguir para espantar el dolor. Me acompaña a la puerta, le doy las gracias y nos despedimos. Salgo a la calle y veo el cielo azul. La luz del sol se agradece aún más después de los días de lluvia. El mal tiempo me mantuvo inmóvil en casa, callado, sin hacer nada, sólo arrastrando los pies para comer algo e intentar dormir, descansar, como un animal herido.

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