El umbral de la madurez en la celda del convento

En 1979, Pepe Viyuela tenía 16 años y el mundo era un gran interrogante por despejar. Le ayudaron los muros de unos cuantos conventos. Unos amigos frailes le invitaron a pasar dos meses visitando monasterios por Italia. «No fue tanto los lugares como experimentar una existencia distinta, la de tomar las riendas de mi vida: lavar la ropa, barrer tu espacio...». Más que una revelación de signos iniciáticos o religiosos, fue «una referencia y una transición, sentir que la vida te pertenece». El curso intensivo hacia la madurez que otros hacen 'mochileando' por ahí, él lo recibió en la intimidad intramuros. «Aprendí, leí, trabajé en el huerto con los monjes, me enseñaron a hacer apicultura... Todo fue nuevo. Me marcó para siempre».

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