‘La zona’, España radiactiva

Álvaro Cervantes y Alba Galocha, en ‘La zona’. /Imdb
Álvaro Cervantes y Alba Galocha, en ‘La zona’. / Imdb
Sur en Serie

La serie original de Movistar + creada por los hermanos Sánchez-Cabezudo es la demostración de una ficción serial atractiva que aborda temas de relevancia social

MIGUEL A. OESTE

En ‘La noche de los girasoles’ (2006), la única y contundente película dirigida y escrita por Jorge Sánchez-Cabezudo hasta el momento, el cineasta exponía temas como la crisis moral y económica en una sociedad en conflicto, en la que el miedo a la soledad se resguarda en relaciones amorosas por necesidad, a través de la construcción de ambientes opresivos, inquietantes, donde lo estético y el calado emocional de los personajes iban de la mano. Si aquella película era la carta de presentación de un autor, lo siguiente –entre medias dirigía capítulos de distintas series- sería ‘Crematorio’ (2011), la miniserie producida por Canal +, adaptación de la novela homónima de Rafael Chirbes, donde seguía indagando en ese clima de corrupción moral y económica de raigambre social que parece ser una de sus preocupaciones, en paralelo a la depuración de un estilo sólido y elegante en la sordidez que retrata. «El impacto de ‘Crematorio’ en el desarrollo de la ficción televisiva española puede considerarse relevante», explica en ‘La cultura de series’, Concepción Cascajosa. Una muestra de que las cosas se podían hacer de otro modo en la ficción televisiva española, acomodada en una zona de confort que desdeñaba cualquier cosa que no fuese unas fórmulas repetitivas que condenaban el riesgo, el retrato de temas sociales y críticos y una identidad autoral. Al margen de ‘Velvet Colección’, ‘La zona’, creada y producida por Jorge y Alberto Sanchez-Cabezudo, es la primera de las producciones propias de Movistar. Un paso más –al menos lo parece después del visionado de los dos primeros episodios– en ese impacto al que aludía Cascajosa en el desarrollo de la ficción serial en nuestro país.

Violencia moral

En ‘La zona’ los intereses temáticos de los hermanos Sánchez-Cabezudo se perfilan y se pulen respecto a las anteriores, pero ampliando la ambición creativa de la propuesta y las vinculaciones con las continuas miserias de nuestro presente que ganan en lecturas y matices. Y es que lejos de quedarse en algo exclusivamente local, adquiere dimensión universal. Si la estructura se vehicula a través del género negro-policial por medio de la investigación de un asesinato, luego de otro, en Nogales, donde hace tres años un reactor nuclear explotó y dejó, además de las muertes, la zona contaminada por la radiación, con la gente del pueblo siendo realojada en edificios que son barracones, rápidamente se revela que este es el camino para contar otras cosas que sirven de reflejo constante y punzante para radiografiar el caos, la corrupción y podredumbre moral a la que asistimos en los últimos años.

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El diálogo sordo que ‘La zona’ establece con preocupaciones contemporáneas son evidentes, al igual que el retrato de una sociedad herida en la que las líneas nítidas del bien y el mal han sido borradas pues el hombre sigue la senda de Hobbes. El desvelo ecológico, lo vacíos que suenan los discursos y promesas de los políticos en la desconexión que demuestran con una población civil dañada, la gente que se nutre en la crisis o con los desastres de los demás, autopsias erróneas… el malestar y la angustia, tanto individuales como colectivos de una sociedad que se autodestruye mientras se van sucediendo dilemas morales y la confusión de unos sentimientos que Jorge Sánchez-Cabezudo capta en los primeros planos de Héctor Uría (Eduard Fernández), un investigador acosado por los fantasmas del pasado.

La serie no se precipita. Jorge Sánchez-Cabezudo tiene la capacidad de generar un estado hipnótico a la narración, de aire malsano, en el que late, mediante una extraña contención, un desasosiego que parece siempre a punto de explotar y que define bien una de las líneas de diálogo de Luis Zahera en ‘Control animal’ –episodio dos–: «Allí hay algo que no deja descansar ni a la muerte». Ese estado silencioso que palpita en la narración de ‘La zona’ es una de las características del cineasta y una seña de identidad de un autor, que no precisa de alardes, que usa mayoritariamente una puesta en escena contenida, mayoritariamente de planos-contraplanos, para revelar la complejidad de un mundo, el nuestro, radiactivo. Y la metáfora no podría ser mejor ni más evidente.

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