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‘Twin Peaks’, ¿locura u originalidad?

Kyle MacLachlan en una escena de la tercera temporada de ‘Twin Peaks’. /SUR
Kyle MacLachlan en una escena de la tercera temporada de ‘Twin Peaks’. / SUR

El experimental capítulo ocho de esta fascinante serieexplora la maldad y la relaciona con el Proyecto Manhattan

MIGUEL ÁNGEL OESTE

¿Si no se tratase de David Lynch la tercera temporada de ‘Twin Peaks’ sería posible?Seguramente no. Digo seguramente por no hablar en términos absolutos. El visionado de ‘Twin Peaks’ no es sano, pero resulta estimulante. ¿Así de contradictoria es esta serie? Sí. Es una serie sobre el mal, sus desviaciones ominosas y la culpa que tenemos como humanidad por extenderla. Y el mal jamás es sano. Lo es desde su primera temporada. Lo que sucede ahora es que ya se mueve en todas las dimensiones. Pero sobre todo fuera de lo racional y de la forma a la que estamos acostumbrados a organizar los pensamientos y las estructuras creativas y vitales de planteamiento, nudo, desenlace. De ahí que no tenga demasiado sentido (o no es el sentido último) querer explicar o exponer la tercera temporada ‘Twin Peaks’ de ese modo. A medida que ha ido avanzando la nueva temporada, los descuadres que han provocado los diferentes episodios han sido frecuentes. Siempre de una manera inquietante. La nueva temporada introduce elementos a priori arbitrarios con naturalidad (propios del estilo lynchiano y plenamente coherentes con el universo ‘Twin Peaks’, que creo que comparable a la construcción de las pirámides de Gizeh), que funcionan eficazmente en la sugestión, pues penetra en la parte más honda de la conciencia. El octavo episodio, sin embargo, se nos antoja como el más experimental, abstracto, sugestivo, surrealista, críptico, con numerosas absorciones y referencias a la Historia de la humanidad (del Mal), de los géneros cinematográficos y de la cultura en general. Cuando me refiero a que el visionado de esta serie no es sano, es porque, a diferencia de la mayoría de los títulos seriales, esta permanece: su digestión lenta actúa en zonas que remueven sensaciones encontradas con la naturaleza humana, con lo profundo de nuestro ser.

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¿Entender o sentir?

A menudo me preguntan: ¿Te gusta ‘Twin Peaks’? ¿La entiendes? Pero la serie no se puede valorar por esos parámetros. Esta ficción se encuentra en otro estadio. Es otra cosa. Trabaja en un nivel más sensitivo, sin razonamientos aprendidos, algo más creativo y humano, hurgando en el inconsciente y las zonas oníricas. ¿Se entiende a un asesino? ¿Entendemos todavía hoy lo que causó la bomba de Hiroshima? Aquel Proyecto Manhattan, lejos de haberse extinguido, ha mutado en múltiples formas, parecen advertirnos Lynch y Frost. John Hersey escribió una imprescindible crónica sobre Hiroshima a través de seis supervivientes que los autores de la serie han debido de leer. Y si bien la crónica de Hersey es lo opuesto a Lynch y Frost, la esencia que subyace no lo es. ‘Twin Peaks’ asume el género negro porque en dicho género el mal es consustancial a la sociedad. ¿Qué parte de culpa tenemos por construir una sociedad que asume el mal y lo desarrolla y potencia? Lynch no ofrece respuestas banales ni convencionales, sino que plantea nuevas preguntas. Ese octavo episodio, que algunos han definido como una locura y otros como el culmen de la originalidad, resulta ejemplar en este sentido, porque precisamente el quid parece radiar en la capacidad abyecta que la humanidad ha ido perfeccionando en paralelo a la desviación de su propia desnaturalización. De la misma forma que si bien parte del género negro, se pasa a otros: romántico, terror, fantástico… y a diversas corrientes artísticas como el expresionismo alemán.

Del noir a la vanguardia

El referido episodio ocho empieza donde lo dejó el siete. Con Cooper y Ray en el coche después de fugarse de la cárcel. El diálogo y la forma remite al noir, aunque no la forma de crear tensión a raíz del diálogo. Esta secuencia se transforma en otra cosa cuando se introducen elementos del cine mudo, del expresionismo alemán y del terror. La escena da paso a la secuencia musical de Nine Inch Nails y su ‘She’s Gone Away’, que amplifica el tono oscuro. La secuencia / parte tres del episodio nos transporta a 1945, a Nuevo México, la cuenta atrás, la prueba Trinity. La textura, los colores, los sonidos se adscriben a la vanguardia, desarmando por completo los elementos comunes de la serialidad. No voy a seguir perfilando estas piezas o secuencias una a una porque no es este el espacio. Todas ellas tienen entidad en sí mismas; son pictóricas, clásicas, modernas o postmodernas, y, pese a que hablan de oscuridad y maldad, se percibe belleza. La última imagen es un ejemplo palmario de esto.

¿Entonces?

No es fácil identificar la originalidad, pero sí creo que esta debe transmitir una sensación de libertad; saber desprenderse de lo superfluo, ahondar en la ambición estética y moral desde posturas incómodas; tener un estilo propio desde el que se innove. ¿Posee esto ‘Twin Peaks’? A veces se rechaza lo que no se comprende. Sin embargo, ¿se comprende o no este serial? ¿Cuál es su impacto? Explicarlo con los razonamientos de lo que los grupos dominantes han considerado válidos no debe ser el camino. Esos mismos grupos justificaron el lanzamiento de la Bomba en Hiroshima. La locura que sí expone ‘Twin Peaks’ de forma original si se la compara con otros seriales, que no con otras disciplinas que están absorbidas aquí para tomar una forma propia con un sentido crítico. Dejen entrar esta experiencia visual en sus vidas.

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