‘Stranger Things 2’: Reescribir los años ochenta

Imagen promocional de la primera temporada de la serie de Netflix. /
Imagen promocional de la primera temporada de la serie de Netflix.
Sur en serie

La serie creada por los hermanos Duffer para Netflix explora la mitología de esa década en un claro ejercicio posmodernista

MIGUEL ÁNGEL OESTE

La primera temporada de ‘Stranger Things’ fue un auténtico fenómeno el verano pasado. Una miniserie donde el público que fue adolescente en los ochenta (ahora adulto) miraba con familiaridad y un componente emocional las aventuras de un grupo de chavales que trataban de salvar a su amigo desaparecido de un mundo paralelo donde habita el mal. En realidad, no era (ni es) tanto un ejercicio nostálgico de sus creadores, los hermanos Duffer, como un claro ejercicio posmodernista que introduce al espectador en una ficción serial de género que se articula y funciona, precisamente, en relación a aquellas películas de terror, fantásticas, de ciencia ficción y de romance adolescente que en los ochenta reinventaron de un modo hedonista y desprejuiciado dichos géneros, muy en consonancia con la esperanza que se desprendía de aquella década.

Películas que contribuyeron a crear una mitología que ha venido siendo explorada y explotada desde múltiples ángulos a favor de una nostalgia que no es otra cosa que un lugar común más de consumo. Así, aquel espectador joven del cine de los ochenta puede tener una sensación semejante al protagonista de ‘La rosa púrpura de El Cairo’, al entrar y salir de la amalgama de ficciones que pululan por el viaje posmodernista que propone el visionado de ambas temporadas de ‘Stranger Things’. Pero hay una diferencia crucial entre aquellas películas de los ochenta y la serie de los Duffer, y es que mientras las primeras desprendían un estado de animo positivo, vitalista, la segunda lo hace desde un estado diferente, más sombrío, pesimista y ambiguo, en consonancia al desaliento del mundo actual.

La nueva temporada juega a lo mismo y presenta idénticos puntos débiles y fuertes

Al margen de la reescritura de títulos concretos que elaboran los Duffer (‘Los Goonies’, ‘E.T.’, ‘Cuenta conmigo’, ‘Poltergeist, ‘Los Gremlims’, ‘Aliens’, ‘Monster Squad’, ‘Los cazafantasmas’, ‘Terminator’, ‘Karate Kid’, ‘Star Wars’, ‘Indiana Jones’, ‘La niebla’, ‘El exorcista’, etcétera), ya sea como mera referencia o como modo de mutar o metamorfosear de forma eficaz esta mitología colectiva que reinterpretó los códigos de los distintos géneros aludidos, ‘Stranger Things’ siempre se ha movido entre cuatro coordenadas: el terror de raigambre costumbrista cuyo modelo es Stephen King; las relaciones sentimentales cortadas al estilo de John Hughes; las aventuras extraordinarias dentro de la cotidianidad de los ‘héroes de a pie’ tan característico del cine de Steven Spielberg; y una lista musical que favorece la sensación evocadora de las ficciones ochenteras, que parecen soñadas para instalarse en esa zona de la memoria acogedora, pero también siniestra.

¿Nuevo o viejo?

La nueva temporada de ‘Stranger Things’ juega a lo mismo y presenta idénticos puntos débiles y fuertes que la anterior: guiones que se precipitan, desequilibrios entre el ritmo interno de las secuencias, de transición de las mismas, estructurales, falta de simbiosis entre los momentos dramáticos y los más distendidos o cómicos… pero permanece la mirada magnética de Eleven (Millie Bobby Brown), el carisma de Hopper (David Harbour), la cercanía de personajes reconocibles con sus problemas y la aspiración a una ‘normalidad y felicidad’ universal, más allá de que se trate de un pueblo de Indiana.

‘Stranger Things 2’ sigue hablando de familias disfuncionales, rotas, aburridas por la monotonía; de jóvenes que no encajan y buscan hacerlo; de aventuras que son viajes sentimentales por fuera y por dentro, donde lo que se pone en juego es la amistad, el aprendizaje hacia la madurez y la búsqueda de la propia identidad. ¿Entonces qué? Pues que todo es viejo y nuevo a un tiempo. Y es que se percibe el intento de unir ficción y vida mediante una estética reconocible, de tono melancólico, que transita la metaficción, la apropiación, la parodia… reelaborándola desde perspectivas de consumo. Porque, no nos engañemos, configura un espacio donde el público (sobre todo el adulto) recupera el hedonismo perdido del territorio incontestable de la juventud enfangado, eso sí, por la memoria, ¿el verdadero Demogorgon?. Esta es la mayor cualidad de la reescritura de los Duffer.

Rupturas

‘Stranger Things 2’ comienza con una cámara que baja del cielo para mostrarnos una persecución por Pensilvania de unos marginados que pareciesen salidos de ‘Jóvenes ocultos’, si no fuera porque la película de Joel Shumacher es de 1987 y la acción de esta temporada se sitúa en Halloween de 1984. Esta apertura solo tiene una intención: revelar la presencia de Ocho, otra joven con poderes surgida, como Eleven, de los experimentos en el laboratorio de Hawkins. Ocho no aparecerá otra vez hasta el capítulo siete, en un episodio que claramente rompe el ritmo y el tono de la serie, y que simplemente sirve para justificar los poderes de Eleven y el descubrimiento de unos sentimientos confusos.

El capítulo siete no solo quiebra el sentido dramático de la estructura de la serie, también la cohesión de los elementos que pone en escena por la acción ramplona que desarrolla. El problema no solo radica en este punto. El clímax del capítulo nueve, en ese ascensor que se parece demasiado al de ‘The Defenders’, no logra la tensión requerida. Los primeros tres episodios están configurados para desplegar las piezas, más descriptivos, con un ritmo entre secuencias que no siempre cohesiona lo cómico, el suspense, lo dramático y las lides románticas.

De hecho, resulta más eficaz cuando menos importancia presenta, por ejemplo, con personajes como Dustin (Gaten Matarazzo) y Steve (Joe Keery); o en escenas que definen la diferencia frente a la masa como en el impagable momento de ‘Los cazafantasmas’ en el instituto. Will (Noah Schapp) sigue perseguido por pesadillas del mundo paralelo, Del Revés, mostrando fragilidad y fuerza; mientras Joyce (Winona Ryder) parece encontrar cierta estabilidad con Bob (Sean Astin), uno de los nuevos personajes y tal vez el que mejor se integra a la dramaturgia que expone el serial.

Por su parte, Mike (Finn Wolfhard) que añora a Eleven anda desenfocado, y el trío de relaciones adolescentes que conforman Nancy (Natalia Dyer), Jonathan (Charlie Heaton) y Steve resulta reiterado en las acciones. Menos encajan otros nuevos personajes como Madmax (Sadie Sink), la pelirroja a la que admiran Lucas (Caleb McLaughlin) y Dustin, y el hermanastro de esta, Billy (Drace Montgomery). Eleven y Hopper continúan siendo los personajes más carismáticos de una función que sabe trabajar los cliffhangers del final de cada episodio para dejar a los espectadores con ganas de más. Sin embargo, el visionado de ‘Stranger Things 2’ es como encontrar una antigua casete en la que grabaste las canciones favoritas de la juventud (para uno mismo o para otra persona, un amor o un amigo) y descubrir que una vez superada la primera impresión del descubrimiento ya nada es igual y te ves escuchando algunos temas musicales y pasando otros.

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