La serie ‘Southcliffe’: Contar el dolor

Fotograma de la serie, que aborda las causas que llevan al protagonista a cometer la masacre./
Fotograma de la serie, que aborda las causas que llevan al protagonista a cometer la masacre.
Sur en serie

La producción británica narra de un modo ejemplar las consecuencias de una masacre en una tranquila población inglesa

MIGUEL ÁNGEL OESTE

No siempre hay que hablar de las últimas novedades seriales. Porque quizá la realidad quede mejor retratada en alguna serie anterior. O, también, porque el aluvión de series resulta tan grande que muchas pasan demasiado deprisa, cuando tal vez habría que detenerse en ellas con más detenimiento, como es el caso de ‘Southcliffe’, que puede verse dentro del catálogo de Movistar Plus. Una miniserie de cuatro episodios de 2013 que es plenamente actual. Cuenta las terribles consecuencias de un tiroteo en la pequeña localidad inglesa a la que alude el título. Nada extraño en esta sociedad del bienestar cada vez más hostil, en la que late la violencia, en la que las heridas y las quiebras emocionales se acrecientan. Para atestiguarlo, ahí están la reciente matanza perpetrada por Stephen Paddock en Las Vegas, la de hace un año en una discoteca de Orlando, la de Oslo, la del instituto Columbine, y tantas otras masacres con armas de fuego en los últimos dieciocho años.

El reflejo del espejo

Escrita por Tony Grisoni (‘Red Riding’, adaptación de las cuatro novelas de David Peace sobre los asesinatos de Yorkshire) y dirigida por Sean Durkin (‘Martha Marcy May Marlene’), ‘Southcliffe’ es una de las ficciones televisivas que mejor refleja el dolor, la soledad, el desgarro tras la pérdida, la violencia, los traumas y la muerte en una prospección abisal de lo que somos como individuos y comunidad.

Stephen Morton (Sean Harris), un exmilitar que cuida de su madre enferma, se levanta un día en la apacible localidad de Southcliffe y mata a quince personas, entre ellas a su propia madre. En la serie no importa quién lo hizo, sino lo que motivó esta tragedia y las terribles consecuencias que provoca en los que sobreviven. «Nos reíamos de él. Le tratábamos como un payaso», dice el periodista David Whitehead (Rory Kinnear), que ha sido enviado a cubrir la matanza porque nació en la zona y la conoce, aunque a él ese viaje le remueve el pasado, pues tiene muchas cosas sin cicatrizar.

Repensar la violencia

La relevancia de esta serie cobra más fuerza en un momento como el presente. Un tiempo en el que la insensibilización ante el horror es patente por la sobreexposición en los informativos, en los usos patentes que se hace de ello en Internet y, claro, en la vida. El espectador, es decir, cada uno de nosotros, asimila la violencia con naturalidad. Como si lo real fuese algo ajeno. Entonces, son las ficciones como ‘Southcliffe’ las que logran operar en aspectos más veraces, llegar a zonas emocionales donde la información queda encorsetada. Se establece el inevitable contexto de repensar la violencia y sus consecuencias extremas que anidan individual y colectivamente. Es en ese contexto donde algunas series se han nutrido de estos elementos para escarbar en las zonas más sórdidas y duras de nuestra existencia. Un análisis de esta sociedad de aparente bienestar donde la violencia anida y explota en cualquier instante, donde la hostilidad y lo desapacible se camuflan en el reflejo de imágenes más nítidas por fuera y más opacas por dentro.

¿Solo entretenimiento?

Durkin y Grisoni elaboran una historia áspera, sobria, mediante un guión férreo que se mueve con plasticidad del presente al pasado y del pasado al presente. No sobra ni falta nada. No hay ni un gramo de sensacionalismo en lo que expone, y sí, aunque parezca paradójico, momentos bellos y atroces plasmados con una indudable poética. No hay ni siquiera, a pesar de lo que muestra, una postura transcendente, al estilo de las películas de Iñárritu (‘Babel’ sería un evidente ejemplo). La postura realista se consigue mediante una puesta en escena que no hace ningún alarde ni retórica, que combina con pericia los planos fijos y la cámara en mano, los primeros planos de actores y actrices con los planos generales de un paisaje brumoso, que resulta subyugante, pero, al mismo tiempo, amenazador. Asimismo, no hay música para marcar el ritmo narrativo ni para enfatizar nada. Las canciones de los dos últimos episodios son golpes emocionales, otra prolongación del dolor de los personajes. El tempo acompasado es cómplice con la congoja que transmite, favoreciendo que la historia penetre en nosotros y permanezca durante años. Porque la serie respira la violencia que tan bien capta.

La serie opera en tres niveles: individual, vecinal-familiar y comunitario. Por un lado, propone un análisis del individuo en relación a sus traumas pasados, a la soledad, y cómo estos determinan lo que será. Por otro lado, es una disección de las relaciones entre la familia, los vecinos y cómo la incomunicación impera en las relaciones, predominando la mentira y las medias verdades. Y, por último, es un retrato de una comunidad, donde se encubren las miserias de cada persona en ese colectivo que resulta una unidad engañosa. Porque ya nadie vive sus vidas, sino las de los demás a través de máscaras, de las mentiras que se esconden y forman parte de todos. Y siempre como un catalizador de una violencia soterrada que no se disipa. Que crece y está latente en busca del click. Hay una escena definitoria en ‘Southcliffe’. Un padre fotografía a su hija muerta en la morgue ante la mirada del periodista. Lo íntimo, lo privado frente a la mirada que ejemplifica lo público.

Se suele decir que las series son simplemente entretenimiento. Esta lo es. Sin duda. Pero también es otra cosa. Una narración que bucea en la niebla de una sociedad preocupada por la transparencia de fachada, cuando tal vez es incapaz de lidiar con la ausencia, con el sufrimiento, con la ruptura de la muerte de hijos e hijas de una manera violenta. La mejor ficción, sea una teleserie, una película o una novela, es aquella que se hace verdad, aquella donde el dolor nos cuenta y termina revelando lo oculto, aquello que está dentro de cada persona listo para explotar.

Cartel de la serie ‘La zona’.
Cartel de la serie ‘La zona’.
Estrenos Movistar Series

Si en septiembre Movistar + estrenó ‘Velvet Colección’, la continuación del éxito de Antena3 ‘Velvet’, de la que el productor Ramón Campos dijo que «supone un puente necesario para Movistar, entre el público de televisión en abierto y el público de una plataforma de pago», en octubre y noviembre llegarán otros dos nuevos títulos muy esperados: ‘La zona’ dirigida por Alberto y Jorge Sánchez-Cabezudo, que ya dieron buena cuenta de su talento con ‘Crematorio’, a finales de octubre; y ‘Vergüenza’ de Juan Cavestany y Álvaro Fernández Armero, que compitió en el último Festival de San Sebastián en Zabaltegui-Tabakalera, que podrá verse a finales de noviembre.

Para Alberto y Jorge Sánchez-Cabezudo «‘La zona’ no es una serie apocalíptica ni de desastres; es un policiaco que pretende atrapar al espectador desde el principio a través de la trama de género e intriga. La investigación criminal no es un clásico ‘quién lo hizo’ sino más bien un ‘qué ha sucedido’ en un lugar en descomposición y mutación contaminado por un accidente nuclear». Una serie protagonizada por Eduard Fernández, Emma Suárez, Alexandra Jiménez, Manolo Solo, Juan Echanove, Luis Bermejo, Carlos Bardem, Álvaro Cervantes, Alba Galocha, Fátima Baeza, Tamar Novas, Marina Salas, Luis Zahera y Sergio Peris-Mencheta.

Por su parte, ‘Vergüenza’ es la historia de una pareja protagonizada por Javier Gutiérrez y Malena Alterio, «que resume un país (más que una situación)» como definió el crítico Enric Albero. Según Fernández Armero, ‘Vergüenza’, «guarda similitudes con series como ‘Catastrophe’ o ‘Louie’». Para Cavestany la serie propone «una mirada casi documental o desnuda sobre la intimidad de los personajes, y la intimidad es el territorio de la vergüenza». Dos series que han levantado grandes expectativas. El inicio de lo que parece un cambio en la ficción serial española.

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