¿Se puede entender al asesino?

‘Mindhunter’, creada por Joe Penhall, define un cambio crucial en la sociedad norteamericana/ SUR
‘Mindhunter’, creada por Joe Penhall, define un cambio crucial en la sociedad norteamericana / SUR
Sur en serie

David Fincher coproduce y dirige cuatro episodios de ‘Mindhunter’ en el que se aborda la psicología de los asesinos en serie

MIGUE.L ÁNGEL OESTE

En una entrevista David Fincher (coproductor y director de los dos primeros y los dos últimos episodios de ‘Mindhunter’, por cierto, los mejores) afirmaba que los cineastas habían contribuido a crear la fascinación por los asesinos en serie. Lo aseveraba el autor de ‘Seven’ o ‘Zodiac’, películas obsesivas y modélicas sobre el tema. Y es que el cine y las series se han nutrido de ellos para configurar ficciones que de una u otra manera rascaban en las heridas de la sociedad que retrataban. Ya desde ejemplos clásicos como ‘Bluebeard’ (Edgar G. Ulmer, 1944) o ‘Psicosis’ (Alfred Hitchcock, 1960) hasta los innumerables títulos del cine contemporáneo y la ficción serial: ‘Dexter’, ‘Hannibal’, ‘True Detective’, etcétera.

Mindhunter’, creada por Joe Penhall, define un cambio crucial en la sociedad norteamericana, que tiene su traslación al resto del planeta, por la obvia influencia que ejerce Estados Unidos sobre el resto de países. La serie se sitúa en 1977, tras el asesinato de Kennedy, tras Vietnam, tras el Watergate, tras una década de los sesenta esperanzadora que se resbala en la siguiente por la crisis económica y existencial y la entrada de lleno de la violencia en las representaciones como respuesta ante la frustración que se arrastraba. Algo que se reflejó en el cine (también en la música y en la literatura) con bastante claridad. Es decir, la violencia empieza a inocularse en la realidad de forma más irracional, desnuda, a lo que sin duda contribuyen las películas por la capacidad de generar empatía e identificaciones. ‘Mindhunter’ se hace eco de ese tiempo, estableciendo vínculos y diálogos con las transformaciones de finales de los sesenta y la década de los setenta en la que se instaura palmariamente la violencia al tiempo que los límites se difuminan en un mundo más confuso y laberíntico, menos comprensible.

Nuevo protocolo

El crimen (y el asesino) cambia en paralelo a como lo hace la sociedad. Las líneas de la moral y la ética se emborronan. Un asesino puede hablar de decapitar a una persona con la misma tranquilidad que lo hace de las bondades de un sándwich vegetal. No hay ataduras. El espectáculo y la exposición comienzan a hacerse visibles. La privacidad deja de ser una virtud. Lo público se hace imperativo. «Pienso escribir un libro», suelta Ed Kemper (Cameron Britton), un asesino en serie, que tras cortarles la cabeza a las mujeres, practica la necrofilia; se lo dice a los dos protagonistas de esta ficción, Holden Ford (Jonathan Groff) y Bill Tench (Holt McCallany), agentes del FBI de la unidad de conducta que recorren Estados Unidos impartiendo clases a los policías, resolviendo algunos casos cuando les solicitan ayuda y entrevistando a asesinos en serie, acción que se hace más patente cuando entra en escena Wendy Carr (Anna Torv), una psicóloga que imparte clases en la universidad de Boston.

Serie oral

No hay secuencias de acción trepidantes, ni violencia explícita, ni un gramo de sensacionalismo visual en ‘Mindhunter’. Estamos ante una historia donde predomina el verbo, la palabra, a través de diálogos y conversaciones que tratan de dar respuestas a una pregunta matriz –«¿Cómo vamos a adelantarnos a los criminales si no sabemos cómo piensan?»– que se bifurca a medida que los personajes se adentran en las procelosas mentes de los asesinos en serie. Porque el recorrido narrativo aborda la creación de un nuevo manual que cambie la metodología policial basada en las pruebas por otra más compleja, flexible, fundada en las motivaciones de los asesinos en serie –término que se acuña en esos momentos– para anticiparse a ellos. Entender sus actos. Escarbar en sus vidas de infancias machacadas por madres autoritarias, padres ausentes y determinadas fijaciones que se manifiestan en actos atroces y sexuales.

Los protagonistas, en una escena de la serie
Los protagonistas, en una escena de la serie / SUR

El hecho de que sea una serie donde predominan la palabra y las ideas, donde la imagen se ajusta a sus coordenadas, no quiere decir que la serie no tenga una potente narración. La tiene. Y entronca además con el origen de las mismas: la oralidad. Es en este punto donde la teleserie resulta vigorosa y, también, emocional con los personajes, a pesar de su vocación más docta. Hasta se le perdonan las debilidades en las evocaciones setenteras. Si hay maestría en cómo se cuentan verbalmente las distintas historias siniestras de los asesinos, y líneas de diálogo que marcan la época y la contemporaneidad («Nixon era un sociópata» dice Bill; «¿Cómo se puede ser presidente de Estados Unidos siendo un sociópata?», pregunta Holden; «La pregunta es cómo se puede ser presidente de Estados Unidos sin serlo», responde Wendy), estructuralmente los niveles más perceptibles de la serie no siempre funcionan como debiesen, sobre todo en la parte central de la misma. Si la unidad de estilo queda marcada por Fincher y el resto de directores (Asif Kapadia, Tobias Lindholm y Andrew Douglas) la siguen, lo hacen de modo más lánguido, sin las variaciones (orgánicas, psicológicas, plásticas…) que Fincher propone en las secuencias. Esta primera temporada se centra en el estudio psicológico de distintos criminales múltiples y en cómo afecta a los protagonistas de diferente forma ese trabajo absorbente y peligroso para la propia salud mental, proyectándose las derivas de los tres protagonistas en metáfora social del inicio de la deriva del mundo actual: egoísmo, fascinación, automatismo, desnaturalización, soledad, incomunicación en la pareja, que representan Holden, Bill y Wendy.

El tema de los personajes femeninos –Wendy y Debbi (Hannah Gross), la novia de Holden, estudiante de sociología–, siendo fuertes y superiores a los masculinos, pues son ellas las que cuestionan a los hombres, las que tienen el conocimiento y los hacen avanzar en gran medida, parecen construidos, precisamente, más para cierta sensibilidad masculina, aunque quizá es una apreciación demasiado personal.

Sociedad brutal

‘Mindhunter’ se podría complementar con el visionado de ‘The Deuce’, pues ambas series proponen lecturas complementarias de una década, los setenta, en la que se empezó a gestar esta sociedad individualista, obsesiva, de flaqueza moral en la que como a Tony Soprano las debilidades le humanizan frente a unos espectadores que lo consideran uno de ellos frente al enemigo social que representa el resto, ya que las líneas se vuelven porosas, confusas, se enmarañan. Es en este punto donde la teleserie plantea dilemas relevantes que además vuelven a vincularla con la actualidad, ya que las permanentes agresiones a las mujeres se emparentan con una misoginia o masculinidad enferma que impone el poder-fuerza a través de las desviaciones más extremas. En este sentido, resulta del todo pertinente el diálogo aludido sobre que no se puede ser presidente sin ser sociópata (proyección que se puede trasuntar en otros cargos), o que una mujer esté sola en un bar, ¿qué busca?, se preguntan los agentes del FBI.

Así, ‘Mindhunter’ expone el dilema de si no se ha creado un marco social adecuado para que se produzcan estas desviaciones que siempre atentan contra la mujer: se llamen Ed Kemper, Jerry Brudos o Richard Speck, asesinos en serie que tal vez solo sean el reflejo más deformado de otros con nombres y apellidos dentro de una legalidad trastornada por lo que representan.

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