José María Carrascal: «No probé el LSD. Me bastó con las ‘anfetas’ en la carrera»

José María Carrascal.
José María Carrascal. / José Ramón Ladra
La granizada

‘Todavía puedo’ proclama en su enésimo libro este fecundo jubilado, periodista en el Berlín con muro y en el Nueva York hippie, y modelo de corbatas alucinógenas. ¿Su moraleja a los 86? «Ser honesto. Si no, lo pagas caro»

ICÍAR OCHOA DE OLANO

Va por la vida sin móvil, con un par.– Con un par no, con una satisfacción enorme. Cuando veo a esa gente que va agarrada al móvil y que cada dos por tres empiezan a darle... ¡son esclavos! La editorial me pone uno cuando publico algún libro, pero no lo uso. Privilegio de jubilado.

¿Y a quién mira a los ojos cuando camina por la calle?

– A nadie, claro. Todo el mundo va mirando al móvil. Son gente peligrosa. Yo voy atento para no chocar con ellos.

Lo suyo, ¿es pura rebeldía o misantropía ‘cum laude’?

– Yo contra lo que me rebelo es contra las modas, que dejan de estar de moda hasta que llega otra moda. Y más en estos momentos, en que todo está de moda. Pasa como con la falda, hoy se lleva la falda corta, la falda larga, la falda mediana... ¡Todo está de moda! Y si todo está de moda, no hay moda.

Creo que lo pillo...

– Es como la última noticia, ahora tan de moda. La última noticia es última noticia hasta que sale la última noticia. Mire, en mi época en Berlín, todos los corresponsales admirábamos al del ‘Neue Zürcher Zaitung’, el periódico de Zurich. Le tenían dicho que no enviara la crónica hasta el día siguiente, para que incluyera la reacción al suceso de turno.

Qué cucos los suizos.

– Sí, son muy especiales. Bueno, pues las crónicas de aquel hombre eran las más valiosas. Un título lo da cualquiera; una interpretación, no.

Y dígame, ¿fue un niño pinturero y parlanchín?

– No, todo lo contrario que en la vejez, ja, ja. Era muy callado. Me gustaba ir con los chicos mayores porque aprendía. Entonces queríamos ser mayores cuanto antes.

¿Un marino picaflor?

– Ni picaflor ni pica nada. Si eran unas travesías del diablo, en un buque de carga, que si de Swansea a Boston, luego a Chile... Durísimo. Yo llegué al barco con mis trajes y mis libros, y no pude leer ni uno. Estudié Náutica, pero fracasé como marino. No tengo dotes de mando. Aquello no era lo mío.

Varias generaciones le tienen por un entrañable presentador de noticias con una adictiva vis cómica. ¿Le toca los pies?

– El humor es la forma superior de inteligencia, así que muy bien.

En el Nueva York de mediados de los sesenta, el de la gran pomada, ¿probó el LSD?

– No me quedaron ganas después de las ‘simpatinas’ que tomé durante la carrera para los exámenes. Yo era de los que dejaban las cosas para el final y aquellas pastillas te quitaban el sueño...

Eso suena a ¡‘anfetas’!

– Lo eran. Entonces se despachaban con total normalidad en las farmacias. Una vez me pasé tres días sin dormir.

La ruta del bacalao del estudio.

– Ja, ja. Algo así.

Los complejos de Trump

En el vis a vis, ¿Ronald Reagan tenía un pase?

– Era un hombre tremendamente natural. Cuando apareció me quedé clavado en el sitio. Se acercó, me dio una suave palmada y me dijo «I guess we need to talk, don’t we?» («Supongo que tenemos que hablar, ¿no?»), y me llevó al Despacho Oval.

Además de Ellen, una azafata alemana con la que lleva casi seis décadas de convivencia, ¿cuál es la conquista más preciada de su vida?

– Tenía catorce años cuando leí ‘Nada’, de Carmen Laforet, que fue Premio Nadal. Me impactó mucho. Y pensé: ‘si yo pudiera conseguir algo así...’.

Y ¡bang!

– Sí, lo logré en 1973 con ‘Groovy’. Pensé que prácticamente ya me podía morir.

El diccionario de la lengua española prepara el ingreso, con todos los honores, de la ‘posverdad’. ¿Es el ‘apocalipsis now’ del periodismo?

– La posverdad no es más que los viejos sofismas. La verdad se estira como un chicle hasta que dice lo contrario de su sentido original.

En otoño y primavera emigra a Nueva York. En invierno y verano regresa a Madrid. ¿Tienen algo que ver Trump y Rajoy?

– Solo un país tan sólido como Estados Unidos se puede permitir el lujo de tener a un señor así, lleno de complejos de inferioridad. Rajoy es un señor de Pontevedra al que le acusan de inmovilista cuando, en realidad, es fiel a sus convicciones.

Si pudiese elegir, ¿en la próxima vida se pediría ser Spencer Tracy para besar a Hedy Lamarr?

– God! A mí todo lo que sea extranatural me parece una chiquillada. En cualquier caso, yo era más de Joan Fontaine.

¿Cómo sospecha que será el mundo visto a los noventa?

– No lo sé. Mis planes alcanzan a la semana que viene.

Aquel verano de... Del Miño a la Antártida con los juramentados del 47

Quizá fueran las ganas irrefrenables del adolescente Carrascal de echarse al mundo la razón de que, superada la reválida «a la primera», vislumbrara con nitidez en aquel verano del 47, en Lugo, el último de su niñez. A sus 16, olisqueaba el momento de echar a volar y «exprimí aquellos días hasta el final», a chapuzón limpio en las pozas secretas del Miño, con un intrépido viaje con todo el curso a La Coruña, «¡que entonces era como irse a la Antártida!», y conjurándose con los compañeros de clase a que, a partir de entonces, seguirían reuniéndose un día todos los años. «Y así lo hemos hecho durante más de 56». «Fue el último verano de experimentar la libertad plena», evoca.

Fotos

Vídeos