'Juego de Tronos': El Norte no olvida

Fotograma de la séptima temporada. /HBO
Fotograma de la séptima temporada. / HBO
SUR en Serie

‘Rocadragón’, el episodio uno de la séptima temporada, tiene una estructura circular muy pensada

MIGUEL ÁNGEL OESTEMálaga

Es comenzar nueva temporada de ‘Juego de Tronos’ y el ciberespacio se llena de textos destripando el episodio emitido. Tranquilos, eso no lo haremos aquí. Algunos de esos textos se quejan de que no pasa nada en el primer episodio, otros lo alaban, y los menos lo diseccionan. ‘Rocadragón’, el episodio uno de la séptima temporada, tiene una estructura circular pensada: se empieza con un discurso impostado que funciona como prólogo, conectando el sentir y la esencia de esta ficción, y se cierra con una secuencia muda a excepción de la palabra final de Khaleesi. A la vez, las diez secuencias y el estupendo prólogo, que antecede a los títulos de crédito, crean vínculos en todo momento con el pasado, desde la Boda Roja a los Caminantes, etcétera. Este episodio expositivo puede parecerse en un primer momento a otros inicios de temporada, pero hay una diferencia crucial: asume el pasado y lo venidero como corpus de un universo ficticio con autonomía y vida propia. Por eso, quien afirma que no avanza o que es más de lo mismo olvida. Y «el Norte no olvida», como afirma Arya.

Este episodio revela muchas cosas de la personalidad de los personajes y muestra cómo cada uno ha evolucionado a lo largo de las temporadas previas en relación a sus vínculos y experiencia. En este sentido, es interesante cómo se encuadran unos personajes respecto a otros, para generar el sentido de épica o de derrota, de maldad o humanidad, de venganza o poder, algo de lo que hablaremos dentro de un par de semanas. Cuando digo que estructuralmente este episodio se conecta con el pasado de la serie y lo aprendido a nivel familiar, de tradición y experiencia por parte de los principales personajes, me refiero —por ejemplo— a que si bien Ned Stark decapita en el piloto a unos traidores, Jon Snow (el hijo bastardo que ya sabemos que no lo es) va a optar por una vía distinta que redefine lo aprendido. O cuando en la secuencia ocho Clegane entierra a los muertos lo hace por lo acontecido hace dos temporadas y marca un cambio en él que afecta a la historia. Esto se puede aplicar a los demás personajes. Por tanto, estamos frente a un episodio expositivo, pero también orgánico, que avanza multitud de aspectos psicológicos y señala los cambios a nivel de planificación en la relación de los personajes. La combinación de momentos prosaicos con otros más poéticos y emocionales, junto con la tensión latente que se percibe, hace que ‘Juego de Tronos’ maneje con solvencia los resortes de las grandes producciones sin renunciar a la capacidad de sorpresa que se le exige, y al juego de verdades y mentiras en el que se expone como cualquier melodrama eficaz. Si la serie estuviera siempre en el clímax, los episodios más espectaculares (‘La batalla de los bastardos’, por ejemplo) no tendrían ningún efecto. En ‘Cautivos del mal’ (Vicente Minnelli, 1952), Kirk Douglas pretende dirigir una película en la que cada escena sea explosiva, pero uno de los personajes le dice que de ese modo solo conseguirá una mala película. ‘Juego de Tronos’ es una montaña rusa de emociones, ahora sube lentamente, ahora baja a toda velocidad, y como tal funciona. Su nivel de adicción para muchos seguidores se logra precisamente estudiando estructuralmente esos picos emocionales. Episodios como ‘Rocadragón’, a donde llega Daenerys, equilibran el conjunto, y potencian el aliento épico de esta aventura con tantos ecos y referencias.

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