Glow: Nostalgia ochentera

Alison Brie, en un fotograma de la serie. /Sur
Alison Brie, en un fotograma de la serie. / Sur
Sur en Serie

La serie es un viaje a la nostalgia de los años ochenta que busca la empatía del espectador a base de golpes y un discurso de género

MIGUEL ÁNGEL OESTE

Pelos cardados, lacas, leotardos, zapatillas deportivas, luces de neón, un aire estudiadamente desenfadado en el que la nostalgia de los años ochenta alimenta a las generaciones que mayoritariamente consumen ficciones televisivas en la actualidad. Si además se le añade un discurso feminista y de género –tal vez muy obvio– música disco y pop que cualquiera de la generación de los 60 y 70 escuchó en su juventud (y también posteriores), y una apuesta de las responsables de este título por generar empatía por este grupo de mujeres de distintas razas y condición, ‘Glow’ se nos antoja una serie estudiada para llegar a una audiencia amplia que revierta una considerable rentabilidad a Netflix, que es el fin de todas las producciones aunque por el camino se viertan otras consideraciones.

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Esto no tiene que ser negativo. Al contrario, dice bastante de las creadoras de ‘Glow’, Carly Mensh y Liz Flahive. Además, la serie cuenta con la producción ejecutiva de Jenji Kohan (‘Orange Is The New Black’). Basada en un programa televisivo de lucha libre de mujeres que tuvo éxito en aquella década, la serie se mueve entre la comedia con tintes melodramáticos en un viaje –también obvio aunque se afane por lo opuesto– de doce mujeres que será su manera de reivindicación y de reivindicarse ante ellas mismas.

‘Glow’ presenta tanto aciertos como defectos. Esto no impide que se siga bien. Confieso que vi los diez episodios de media hora en un solo día. Tal vez es un elemento que ya quiere decir algo. El hecho de que no nos encontremos con las típicas mujeres perfectas ya es otro motivo que causa simpatía. La protagonista, Alison Brie, da vida a Ruth Wilder, una camarera que trata por todos los medios de conseguir un papel serio que no sea de mera secretaria. Pero no lo consigue. Los castings se le resisten. Pide dinero a los padres para subsistir. Una directora de casting le ofrece hacer porno. Su amiga Debbie (Betty Gilpin), tuvo un relativo éxito en un culebrón antes de quedarse embarazada y dejar la actuación. Este es el punto de partida de la serie. Hasta que a Ruth le ofrecen hacer un casting para un programa de lucha libre femenino que dirige Sam (Marc Maron), un director de serie B que está de vuelta de todo. Entre los puntos a valorar está el indudable carisma que derrocha ‘Glow’. Un carisma que parte de unos personajes fracasados que bordean el patetismo pero manteniendo la humanidad por lograr una nueva dignidad a través de la lucha libre. Por supuesto, el personaje de Brie se lleva la palma. Junto con el que interpreta Maron, lleno de hondura y amargura pese al humor. ‘Glow’ funciona cuando la acción se centra en esas mujeres en relación con el programa, no cuando sale de esa línea de acción. Ni funcionan escenas concretas como cuando le roban unos chavales a la protagonista su comida ni tampoco lo hace a nivel estructural. Todo se alarga para llegar a un destino previsible que solicita un giro que no se produce. La linealidad monótona de la inevitable cadena de causas y efectos está demasiado enfocado a manejar las emociones y por lo demás se hace de una forma evidente. Los estereotipos con los que trabaja son válidos, aunque apenas se salen de lo que cualquier espectador atento se imagina en el piloto. ‘Glow’ apuesta por esa estética e imaginario ochentero que tanta nostalgia mueve y lo hace bien pues ha estudiado los resortes que debe tocar. Otra cosa es que sea una gran serie. Cuenta con personajes carismáticos, interpretaciones destacables (como la de Maron o Brie) y momentos que funcionan en la memoria. Pero la cuestión es si se quedará en ella o volará pronto.

*Una reflexión importante, a modo de acotación, es que en la ficción seriada las actrices encuentran personajes con más entidad y desarrollo que en el cine.

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