‘The Defenders’: superhéroes y ciudad

Protagonistas de la seria ‘The Defenders’.
Protagonistas de la seria ‘The Defenders’. / Sur
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La serie reúne a Daredevil, Jessica Jones, Luke Cake e Iron Fist para salvar Nueva York de una organización milenaria

MIGUEL A. OESTE

La colaboración de Marvel y Netflix había dado hasta la fecha cuatro series basadas en personajes de cómics distintos, que tenían el escenario de Nueva York como centro de sus aventuras. En ‘The Defenders’, la quinta serie de esta relación, reúne a estos superhéroes -Daredevil, Jessica Jones, Luke Cage y Iron Fist- en una estrategia similar a la cinematográfica, donde se crea un universo conectado en el que todos los personajes y sus historias terminen convergiendo en una común más grande.

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El desafío para Marco Ramírez, el showrunner de ‘The Defenders’, era cómo iba a casar los tonos, ritmos, estilos, fotografía diferentes de estas series. Es algo que se percibe muy claramente en los tres primeros episodios (antes de que se junten), en el que cada vez que sale un personaje el tono, la textura, la música trata de adecuarse al héroe sin que desentone el conjunto. El problema es que hay superhéroes con más personalidad o simplemente que funcionan mejor que otros. Lo hacían en sus series individuales y lo hacen en la colectiva. Daredevil (Charlie Cox) y Jessica Jones (Krysten Ritter) son personajes con más aristas, mejor compuestos e interpretados, que Luke Cage (Mike Colter) e Iron Fist (Finn Jones). Este último sigue siendo el menos logrado del cuarteto. Esto supone un hándicap cuando la trama central que mueve a los superhéroes parte de él y lo tiene en el eje de la acción. El desequilibrio aumenta cuando se compara con la acción relacionada con Daredevil, la resucitada Electra (Elodie Yung), la aparición de Stick (Scott Glenn), personajes vinculados al Diablo Rojo, o con Jessica Jones.

Estilos diferentes

A los desequilibrios estructurales de la serie se añade el ahogo de estilos y tonos que inciden en lo narrativo. El mundo de la televisión adscrito a Marvel se ha inclinado hacia el lado más realista, sobrio y oscuro de los cómics que buscaban lectores adultos, con personajes y argumentos que planteaban problemas más allá de la convención maniquea: bien versus mal. Series en las que la ambigüedad moral se filtra por norma mientras se introducen subtextos sociopolíticos que le proporcionan más profundidad. Al menos era la intención, porque estas series de superhéroes de Netflix y Marvel no solo pretendían atraer a los aficionados al cómic, sino también a los que no lo son. De ahí las influencias de géneros y referencias conscientes a las series individuales. Esta apuesta entra parcialmente en crisis con ‘The Defenders’, porque de hecho, la ficción fluye mejor, precisamente, cuando se puntea con escenas menos transcendentes, rociadas de sarcasmos visuales (Luke Cage, Daredevil y Jessica Jones en el metro y esta última le roba una lata de cerveza a un vagabundo) y de diálogos que son dardos entre ellos. Este tono en el que los superhéroes se toman algo menos en serio e incluso desliza soplos de humor contrasta con el momento en que el tono vira hacía lo pretendidamente más sombrío y relevante. En estos casos, ‘The Defenders’, se estanca, suena más artificial y menos natural que la flexibilidad que demuestra cuando se mueve en la ironía.

A pesar de todo, la conjunción de los cuatro superhéroes funciona mejor si se la compara con los villanos de La Mano (una organización milenaria introducida en todos los estamentos sociales), y con la que mueve los hilos, Alexandra, una Sigourney Weaver rígida, alejada de las cualidades que demostraba Vincent D’Onofrio como Wilson Fisk en la primera temporada de ‘Daredevil’, donde la ciudad sí jugaba un papel distinguido y tenía una incidencia real en la acción, algo que aquí se antoja demasiado anecdótico. «Solo es una ciudad, te acostumbras a verlas caer», sentencia Alexandra, sin embargo, apenas consigue transmitir el peligro que sí lograba el citado Fisk.

Si este serial no acierta en la voluntad de estilo, tampoco en la conjunción de hilvanar los momentos íntimos y flaquezas de los personajes con las secuencias de acción. Los fantasmas de los protagonistas parecen reducidos desde la serie de partida y casi no están lo explotados que podrían estar. Esto se configura como un talón de Aquiles que provoca que la aventura y el drama (ya de por sí endeble o, quizá, plano) avance con un ritmo poco preciso. La elección de determinadas canciones en las peleas no siempre se corresponde con la propia acción.

A la vez, desde el principio, la tendencia de la puesta en escena es la de hacerse notar, se trate de coreografías de peleas o de diálogos o incluso de escenas de transición. Esta tendencia a usar determinados planos en las secuencias de acción fuerzan el ojo humano, que lejos de provocar la atracción (como es la intención del director), provocan lo contrario. Pero es algo que se percibe constantemente.

Abuso de la stedycam

En una escena que debería retratar aspectos psicológicos de Alexandra: ella escucha un cuarteto de cuerda con la ciudad al fondo, la cámara no deja de moverse, en círculos poco plásticos. Sin duda, la escena habría sido más potente en un plano fijo. Tal y como está, se desinfla. El abuso de la stedycam, de los planos cenitales, de los desplazamientos permanentes de la cámara terminan negando lo que persiguen. Esto incide, claramente, en el suspense de la historia. Más o menos, y aunque resulta sencillo, está correctamente enlazada, pero pierde su efectividad por las decisiones formales o lo esquemático de los elementos que despliega. Es como si ‘The Defenders’, que podría ser una propuesta de serie B estupenda quisiera ser otra cosa, una gran producción. Este conflicto no es el único, es otro de los muchos que parecen dirimirse en este serial que al menos entretiene e intenta proponer cosas aunque no esté atinado.

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