‘Atlanta’: la mirada esquinada

‘Atlanta’ es una creación de Donald Glover.
‘Atlanta’ es una creación de Donald Glover. / Sur
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La serie creada por Donald Glover es una de las comedias más irónicas y menos complacientes que pueden verse en la actualidad

MIGUEL A. OESTE

Más que el tema de la identidad y de los estereotipos de la cultura afroamericana, lo que resalta en la estupenda serie creada por Donald Glover es la mirada ácida, naturalista, incómoda, esquinada y poco convencional de los diez episodios que componen la primera temporada. Esta mirada que transita por los márgenes de ideas aprendidas e imágenes y situaciones que, de un modo u otro, hemos asimilado desde otros títulos y disciplinas, se mueve en tonos y ritmos propios que esquivan los tonos y los ritmos de las comedias seriales, tanto de la sitcom clásica como de la nueva comedia más realista. ‘Atlanta’ solo se parece a ‘Atlanta’. Eso no significa que Glover no absorba la tradición cultural de un país repleto de contradicciones en el que el contexto racial no está solucionado. Al contrario, lo hace. Pero si la identidad y los clichés burbujean en la piel y en el fondo, la propuesta no se ciñe solo a eso, pues la serie retrata a personajes que se buscan y que asumen o se rebelan contra lo establecido, se tenga o no razón.

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El tono gris de ‘Atlanta’ hace aflorar una extrañeza contagiosa para el espectador. Una extrañeza complicada de definir. Una extrañeza que sigue rasgando en las heridas sociales y morales de una comunidad que parece seguir desplazada aunque acabe de salir Obama de la Casa Blanca. A la vez, lo interesante es el propio análisis que se hace desde dentro, mediante una acidez sutil y una ironía que planea como un insecto molesto, que nos gustaría matar, aunque todos los intentos terminan resultando estériles.

Los vaivenes de los géneros a través de estampas o fragmentos cotidianos de los distintos personajes inciden en el ánimo de una manera realmente característica, hasta el punto de que se hace difícil identificar la emoción o las sensaciones de lo que estamos viendo plasmado en secuencias aparentemente inanes en las que subyace una importante carga de valores aprendidos social e históricamente. Llegado a este punto, el lector ya sabe que está frente a una ficción poco complaciente si se la iguala con los estándares que han definido la comedia. Y es que ‘Atlanta’ adapta los códigos de género con un ánimo más fangoso. Esto es una virtud, sin duda, pero al mismo tiempo puede descolocar.

Donald Glover (creador, productor, guionista, director de algunos capítulos) da vida a Earn, que dejó los estudios en la Universidad de Pricenton, aunque nadie sabe los motivos, tiene una hija pequeña y mantiene una relación peculiar con la madre de su hija, Van (Zazie Beetz), aunque no termina de asumir la responsabilidad. Earn tiene problemas de dinero, vive de su ex, los padres no quieren saber nada de él, quiere convertirse en el agente de su primo, Paper Boi (Brian Tyree Henry), un rapero que vende drogas para vivir y que empieza a ser conocido por sus canciones. Este vive con Darius (Lakefield Stanfield), un nigeriano que llama a su pistola ‘papi’. Alrededor de estos cuatro personajes estereotipados gira ‘Atlanta’. Lo que le vale a Glover para desmitificar los paradigmas y los comportamientos que se entienden como normales pues están arraigados en la sociedad. El estilo contenido y áspero de la puesta en escena es eficaz a la hora de hacer aflorar las insatisfacciones de los personajes.

Estos entablan diálogos no solo con los personajes, también con el espacio, con las convenciones y reglas sociales y el off de lo que llevan en la mochila (metafórica y literalmente). La complejidad con la que trata los temas exponiéndolos en una especie de segunda línea de acción resulta uno de los hallazgos más interesantes de la serie de Glover, porque casi siempre, entre acción y reacción de los personajes, lo que se queda entre esos espacios, entre las viñetas (si asumimos un ejemplo de las historietas visible e identificable) resulta mucho más punzante, incómodo, esquinado, pero real.

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