Diario Sur

El futuro ya está aquí

  • Así es la tercera temporada de Black Mirror, que acaba de estrenar Neflix

El visionado de 'Black Mirror' inquieta. La serie en forma de antología creada por Charlie Brooker, una de las más relevantes del momento, inquieta por ser profética, cáustica y por plantear variaciones de un futuro que ya acecha. También es un certero análisis de las relaciones, deseos, obsesiones y desvíos emocionales de la humanidad en función de la tecnología y la información de esta sociedad dependiente. Una sociedad que corre hacia ilusiones que se rompen (en sintonía con el espejo negro, roto, que da nombre a la serie); o mejor, pedalea, como los personajes del segundo episodio de la primera temporada, '15 millones de méritos', en busca de un pedazo de libertad que los libere de la alienación y esclavitud en la que viven. Un retrato del futuro que conecta con el presente, con sus rutinas y anhelos, y que pone el acento en el nuevo paradigma digital de esta era global que ha modificado por completo la manera de relacionarnos. Es la marca de este drama distópico, cuya tercera temporada de seis episodios ha estrenado Netflix en octubre.

Y, sin duda, esta es una de las características que más inquieta de 'Black Mirror'. La proyección de una sociedad transformada por la tecnología y la información; transformada, sí, para peor, más sombría, a pesar de que todo luzca idílico como en 'Caída en picado', el primer capítulo de la tercera temporada, dirigido por Joe Wright.

'Black Mirror', que usa el género de la ciencia ficción en clave naturalista, habla sobre todo de lo real y lo virtual, contraponiéndolos; del tiempo como posibilidad y de las simulaciones de la vida en conjunto; de una felicidad impostada, siempre (o casi) desde la óptica de la pesadilla; de la ansiedad y desasosiego que asola la apariencia de la 'sociedad del bienestar occidental'. «Son celdas de falsas sonrisas», le dice el hermano a la protagonista de 'Caída en picado', interpretada por Bryce Dallas Howard. Una mujer obsesionada con la popularidad y con gustar, que no se separa del móvil mientras hace footing, desayuna, trabaja. y de las redes sociales, en una sátira neurótica de nuestro tiempo, donde los ecos aterradores del ahora, perfectamente reconocibles, parecen alertarnos. La primera media hora de esta impostura de mirada dulce y alma atroz es brillante; sin embargo, como le ocurre a todos los episodios de la tercera temporada, le sobra minutos. Si en vez de durar una hora, el metraje se hubiese reducido en veinte minutos, con seguridad las historias hubiesen estado mejor cerradas, sin desequilibrios ni reiteraciones y con finales más ajustados. Esto no invalida la serie, que debería ser de visión obligada en los institutos. 'Playtesting', con ecos del género de terror, se articula sobre un videojuego virtual cuando a un joven que trata de huir de los recuerdos inminentes le implantan un chip en la nuca, lo que sirve para hablar de la mentira y de los fantasmas interiores que asolan a toda persona. 'Cállate y baila' es una historia que nos alerta sobre los rastros que dejamos en nuestros viajes por la red («En Internet no hay cura», se dice) y como puede llegar a poner patas arriba la vida de las personas hasta el punto de romperla. 'San Junípero' es una historia nostálgica de amor entre dos mujeres a través del tiempo, con sorpresas y un tono romántico, menos oscuro, más esperanzadora, pero sin dejar lo agridulce. 'La ciencia de matar' es quizá el episodio menos afortunado, donde la premisa o metáfora resulta obvia. 'Odio nacional', un policiaco procesal, parte de una buena idea y pregunta: ¿qué sucedería si los comentarios negativos en las redes sociales tuviesen consecuencias extremas? El problema es que sus noventa minutos pesan, además de que a su pulcritud narrativa le falta alma.

Esta tercera temporada sigue siendo provocativa, una rareza en el conjunto de las series actuales, aunque caiga a veces en un didactismo que no tenían las anteriores temporadas. Una distopía que nos interpela y nos introduce en un videojuego llamado vida, obligándonos a cuestionarnos hacia dónde vamos.