Diario Sur

Y tú, ¿de qué serie eres?

House of Cards y Juego de Tronos
House of Cards y Juego de Tronos
  • Trece autores de la generación de los sesenta y setenta nos dan su lista de teleseries favoritas al tiempo que analizan y cuestionan su relevancia social

En la última década el prestigio de las series de televisión ha crecido de un modo exponencial. En poco tiempo se habla de tres edades de oro y cada año se encumbra como mínimo una obra maestra. Una cosa está clara: se producen más series que nunca. Sólo en Estados Unidos se produjeron más de 400 series el año pasado. Para certificar su calidad se las compara con disciplinas como la literatura o el cine; incluso, en la necesidad de legitimarlas como alta cultura más allá del entretenimiento, se asevera que el verdadero arte cinematográfico se encuentra en las teleseries, y que escritores como Dickens o Shakespeare, si nacieran ahora, serían showrunners. Las series nutren la conversación planetaria (o global), porque los modelos de acercarse a estos productos ha cambiado. Para entenderlo hay que aceptar que todo se ha transformado con la nueva era: la forma de leer, de ver, de relacionarse, de expresarse… quizá es lo que ha sabido captar las teleseries y han sabido potenciar como lecturas de esta sociedad urgente, evanescente, serial, hiperreferencial, intertextual, conectada en la representación de modelos ficticios.

Pero las preguntas ante este fenómeno crecen igual que la producción de las series o el número de telespectadores. Algunas de estas preguntas (hay muchas más) podrían ser:

¿Son las teleseries tan buenas como se encargan de decir ciertos sectores críticos y públicos o en realidad muchas están sobrevaloradas? ¿No se repiten los modelos narrativos y arquetipos de una a otra en busca del siguiente éxito para coronar de inmediato la siguiente obra maestra? ¿Por qué se las equipara a medios distintos con el prestigio ya adquirido como la literatura o el cine? ¿Tienen la influencia social que se les atribuye? ¿Merecen el tiempo que el televidente les dedica? ¿No se siguen las series (o determinadas series) sin un distanciamiento crítico, sino con el fervor religioso, con el fanatismo de un equipo de fútbol o con una identificación ciega que se expanden desde las redes sociales, los blogs y cualquier otra plataforma? Quizá todas estas preguntas se puedan condensar en estas dos: “¿Teníamos necesidad de series, o esa necesidad nos ha venido impuesta de algún modo? Y, si nos ha sido impuesta, ¿por quién y por qué, quién tendría tanto interés en sustituir el mundo del libro, e incluso el mundo del cine, por un modelo ‘teleserial’ de cultura?”. Las preguntas se las hace el crítico Vicente Luis Mora en “Por qué llamar a las series arte cuando quieren decir storytelling”, interesante conferencia que puede leerse en su bitácora ‘Diario de Lecturas’.

Por eso le hemos preguntado a trece autores de la generación de los sesenta y setenta por sus tres series de televisión favoritas (o que realmente hayan disfrutado) y si de verdad las series son relevantes socialmente. En los resultados hay bastantes coincidencias, tal vez porque no hay tantos títulos que merezcan la pena o porque obedecen al estado del momento. Por supuesto, la selección no pretende ser ningún canon.

Nueva tendencia

Hasta hace apenas un par de años la progresión cultural de las series era algo casi incuestionable. Casi de inmediato se las coronó como el nuevo arte. Los nuevos modelos de comunicación tuvieron mucho que ver en esto. El prestigio y la adicción televisiva creció rápidamente. Lo que antes era simple consumo se consideraba de la noche a la mañana cultura. En cualquier foro se vertía que el cine o la literatura había que buscarlo en las series de televisión. La caja tonta se convertía en la más lista de la clase. Hoy, sin embargo, surgen voces más disonantes. Vicente Luis Mora es una de esas voces: “Nunca fue más fácil elevar el estatus sociocultural: sin mover un músculo ni hacer esfuerzo alguno”. O la escritora Pilar Adón, que aunque advierte que “no es lo mismo decir que se ve ‘Breaking Bad’ que decir que se ve ‘CSI’”, añade: “no creo que las series hayan venido a revolucionar de una manera tan radical ningún lenguaje visual o narrativo, ni que sea necesario sentirse una ferviente militante en esta especie de cruzada en busca de la serie más reciente o la más rompedora”. O la poeta Virginia Aguilar: “He visto muchas primeras temporadas, pero dejan de interesarme y acabo abandonando y arrepintiéndome de las horas perdidas. Sinceramente, veo el entusiasmo que generan las series, y las encendidas discusiones a que dan lugar, pero no alcanzo a ver tanta presunta obra maestra”. En el lado opuesto se expresa la escritora Sara Mesa: “Las series son relevantes: no hay más que ver la cantidad de gente que las ve y la calidad de muchas de ellas. Precisamente esta relevancia no explica que todavía hablemos de series en conjunto, cuando hay tantas diferencias entre ellas. Esto sucede con los productos culturales que, aunque tengan gran aceptación de público, no han sido asumidos todavía por la alta cultura, por el canon. Y sin embargo, es indiscutible que algunas series tienen más calidad -y seriedad- que muchas películas, ¿no?” Difícil saberlo. Tal vez porque contar una historia en dos horas en el cine y contarla en diez o muchas más en una serie no es comparable. El escritor y editor Carlos Pardo, no obstante, afirma que: “cada vez más prefiero ver una serie a una película, entre otras cosas porque permiten ahondar en ciertas convenciones narrativas, desarrollar personajes, etcétera. Esto, por desgracia, tiene una pega: casi todas las series nuevas hechas en Estados Unidos o imitando a las americanas explotan las mismas convenciones narrativas”. Tal vez todo se reduzca a la curiosidad humana, como señala el escritor Daniel Ruiz García: “muy a menudo lo que hay detrás es simplemente el interés del espectador por seguir una historia, por muy rocambolesca que sea. Por ejemplo, ‘Juego de Tronos’ es un verdadero esperpento narrativo pero uno sigue viéndola, y lo hace, creo, por seguir la interacción de los personajes, que es lo que al final al espectador le importa. Queremos saber qué pasa entre los personajes, qué les mueve, cómo se traicionan, hasta dónde llegan siguiendo sus pulsiones humanas. Algo nada distinto de lo que nos ocurre como lectores de ficción: se trata del mismo resorte de la novela decimonónica. Por ejemplo, ¿realmente hay demasiadas diferencias entre ‘Los Buddenbrock’ de Thomas Mann y la serie televisiva ‘Downtown Abbey’? En ambos casos, sólo nos mueve un objetivo para seguir viendo/leyendo: qué le pasará al personaje”.

Para la escritora Marta Sanz, en cambio, no puede equipararse la teleserie con la literatura, pero puntualiza que “‘Twin Peaks’ marcó un hito y transformó las narraciones televisivas haciendo hincapié en el lenguaje, las imágenes, y caricaturizando la peripecia, lo que de novelesco podrían tener los relatos de televisión: ese elemento que precisamente ahora se retoma como lo más valorable de las series frente al relato literario. Para mí ni la literatura ni el cine ni la televisión se reducen a contar historias reducidas en montones de casos a historietas. A veces se transmiten otro tipo de emociones, valores, preguntas, incertidumbres. Se trabaja con lenguajes diferentes”.

Y es que a pesar de que las expresiones toman elementos de unos y otros, las series no solo se apropian de recursos cinematográficos o literarios, sino también y con frecuencia lo hacen de la novela gráfica, los videojuegos, el periodismo… y cualquier medio útil que le sirva para transmitir verosimilitud independientemente del género. En la cuarta temporada de ‘Ray Donovan’ esto resulta evidente, además de que los guionistas son conscientes del momento en el que se encuentran, pues se pone en boca de uno de los personajes (un productor de cine porno adicto al sexo): “¿No estamos en la edad de oro de la televisión?”. Por su lado, una serie como ‘Los Soprano’, que marca otra forma de hacer televisión (tramas polifónicas y complejas que conectan diversos ámbitos y estratos sociales, narración no meramente episódica, profundización psicológica de los personajes, etcétera) también asume la tradición cinematográfica de un modo consciente, juega a la imitación, al homenaje, pero no se sale del canon del cine de gángsters. Cualquier elemento vale para ello, desde la aparición del cineasta Peter Bogdanovich hasta el uso de encuadres o atmósferas que remitan a películas esenciales como ‘El padrino’ o ‘Uno de los nuestros’. Esto se extiende también, por ejemplo, a la utilización de poemas, fragmentos literarios o citas filosóficas para otorgar a la serie y los personajes que la impregnan de una pátina de cultura, de alta cultura, se entiende, cuando la porosidad entre lo popular y lo elitista va más allá de lo referencial. Aunque los creadores de las series y la gente del propio medio televisivo, convertidos en nuevas estrellas de rock, defiendan lo contrario, como Carlton Cuse, guionista y showrunner en ‘Lost’: “Creo que las series son los nuevos libros, una nueva forma de literatura".

Nueva droga

En la actualidad, tan importante es ver las numerosas teleseries como interpretarlas y descubrir detalles que a los demás se le han pasado por alto. Hay todo un culto sobre ello. Se crean diccionarios y bitácoras y millones de conexiones distintas opinando sobre las series más populares, como sucedió con ‘Lost’ o sucede ahora con ‘Juego de tronos’. Series cuyas cualidades se encuentran fuera de la propia serie, es decir, de su narrativa, estructura o composición en su conjunto. Simplemente constituyen uno de los entretenimientos de masas más relevantes e inmediatos de nuestro tiempo. Se siguen con la ceguera que se sigue al Real Madrid o al Barcelona. De ahí el fenómeno fan que genera una adicción potente y expansiva. El crítico y dibujante Pepo Pérez acierta al señalar que “responden a un modelo digital de consumo que nada tiene que ver con la televisión del siglo XX. Se emiten y las vemos a través de diversos dispositivos digitales, en el momento en que cada espectador elige, y provocan una conversación pública incesante en las redes sociales, hasta el punto de que la audiencia genera relatos alternativos sobre lo que cree que va a suceder en el siguiente episodio, se critica lo sucedido, se comentan las decepciones y expectativas frustradas, etc. Sucedió de manera notoria con ‘True Detective’. Todo esto es nuevo, y esta recepción ‘en tiempo real’ —un nuevo episodio se comenta en internet conforme se emite hasta el punto de interferir en el modo en que lo recibimos— puede influir a su vez en el desarrollo de futuras temporadas. Por ejemplo, no sigo ‘Juego de Tronos’ porque no me interesa, pero al no hacerlo me quedo al margen de muchas conversaciones. La ficción televisiva contemporánea a menudo desplaza al cine y la literatura como terreno compartido de masas”. En parecidos términos se expresa la autora Esther García Llovet: “son relevantes o al menos lo parecen para los que nos las perdemos”, que además indica que hay demasiadas series y eso hace difícil seguirlas. Por su parte, el escritor Pablo Aranda añade otro matiz: “La relevancia se encuentra en los estupendos guiones y al durar 50 minutos favorece la conciliación familiar y el sueño”. O el crítico y escritor Carlos Zanón que mantiene, a propósito de ‘The Wire’, que “horroriza, enseña, desarma, te rompe esquemas, la cabeza y con una decena de personajes por los que te hubieras dejado cortar un pulgar a cambio de tener tú el talento de escribirlos”.

Preparar la conciencia colectiva

Existe o aflora otro debate más urgente. ¿Vida real o ficticia? ¿Se convierte la vida en una teleserie donde el modelo de ficción naturalista pasa a ser el considerado real? Las ficciones televisivas exploran los territorios morales, tratan de mostrar la ambigüedad de la condición humana, exhiben sexo, poder, dinero… como elementos de atracción y, sobre todo, radiografían o leen el presente y el futuro, a través de alegorías, distopías, géneros fantásticos o naturalistas. Al margen de considerarlas manifestación artística, Jorge Carrión, autor del ensayo ‘Teleshakespeare’, comenta: “Yo creo que no son más o menos importantes, algunas series, que algunas películas, o videojuegos, o novelas. El impacto de ‘Frozen’, por ejemplo, en los preadolescentes de todo el mundo es comparable al de ‘Mad Men’ en la moda, o incluso superior. Donde sí veo una influencia más significativa de las series es en política. ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ provocó tal debate en la sociedad norteamericana que el partido republicano presionó para que se cancelara, y ‘House of Cards’ está siendo comparada constantemente con los Clinton y otros fenómenos actuales.

La influencia es constante, a veces sorda, a veces elocuente. No tengo duda de que las series prepararon, lentamente, la conciencia colectiva norteamericana para que vieran normal tener un presidente negro y, ahora, esperemos, mujer”. E Ignacio Martínez de Pisón, escritor y guionista, considera que series como ‘Borgen’ representa “un curso completo sobre el funcionamiento de la democracia parlamentaria”. Sean alta cultura, entretenimiento o ambas cosas a la vez, tengan mayor o menor relevancia según los sectores sociales, en la actualidad hay mejores teleseries que se programan a través de plataformas diferentes. Una mayor diversificación temática y tonal convive con repeticiones de los patrones narrativos y de personajes, porque se extiende el juego mimético buscando la siguiente ‘The Wire’, ‘Los Sopranos’, ‘Breaking Bad’, ‘Juego de tronos’… ¿Y tú de qué serie eres?