La tribu

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Siempre vuela de regreso un martes. Mantiene esa decisión con la firmeza de las manías convertidas en método de trabajo a fuerza de verse corroboradas por la experiencia. Porque él no viaja a países, viaja a ciudades. Las playas, los bosques, las postales no le interesan demasiado. Sabe que la vida se da la vuelta en el asfalto los fines de semana, sabe de la melancolía universal de los domingos por la tarde y de la tristeza irremediable de los lunes. Por eso vuela de regreso los martes. Por eso logró aquella foto, la última por ahora, en la que esa chica lo mira como si no lo viera. Fría y ausente como una muñeca de plástico. Lleva en la frente un rulo del pelo como el San Bernardo de los dibujos animados lleva el barrilito bajo el cuello. Otra con pinta rara. Es la gente que le interesa, a la que sigue por la calle sin hablar. Si hablas demasiado, te pierdes la siguiente foto. Así encuentra, por ejemplo, una discoteca en la tercera planta de un edificio en Hong Kong, un club estrafalario y fascinante en una plaza perdida de Seúl. Lugares que no aparecen en las guías de viajes. Tampoco en sus fotos. Porque él retrata a personas. Jóvenes. Siempre jóvenes con pinta rara. Desde los punkis de los 70 hasta las chicas asiáticas transformadas en personajes de 'anime' hace unas semanas.

Cuatro décadas detrás de las tribus urbanas en la selva de cemento. Algún día, quizá, esa labor documental y poética le valga a Miguel Trillo el Premio Nacional de Fotografía. Mientras tanto él sigue a lo suyo, con su gorra y su cámara y sus viajes con el vuelo de regreso siempre los martes.

Trillo entrega un trozo de vida en cada proyecto, con la paciencia de un entomólogo que coloca sus piezas con alfileres sobre la pared de museos y centros de arte. Trillo nació en Cádiz, ha cuajado su carrera entre Madrid y Barcelona, pero nunca olvida que se «construyó culturalmente» en Málaga. Por primera vez estrena aquí una serie. En el Rectorado reúne un centenar de retratos de jóvenes serenos y salvajes venidos desde el otro lado del mundo. Defiende Trillo con miles de kilómetros en la mochila que la modernidad asoma por Asia y hasta allí se ha ido en los últimos años. Porque Trillo dedica mucho tiempo a cada proyecto. Ahora anda buceando en la noche de Moscú y la sonrisa que deja escapar cuando lo cuenta promete imágenes, historias, memorables. Porque Trillo construye ficciones a partir de personajes reales. La historia contemporánea escrita en los barrios periféricos, en los chavales que se hacen los duros y en las chicas que no se andan con chiquitas.

El relato de la tribu. Quien resiste, gana. Lo sabe la gente del Ateneo de Málaga, que abre nueva etapa con elecciones a la presidencia después de los ocho años de Diego Rodríguez Vargas al frente de la institución. Su mayor mérito quizá ha sido la propia supervivencia de la entidad. Cuando la vecina Sociedad Económica echaba un triste cierre temporal por falta de dinero, cuando la Junta de Andalucía anudaba el grifo hasta convertirlo en una soga al cuello de la cuenta corriente, los del Ateneo se las han ingeniado para seguir adelante y plantear nuevas propuestas como el ciclo Escena Bruta, el espacio expositivo junto a barra de bar de Frank Rebajes y un nuevo premio teatral. Mucho con muy poco. Y que dure.

En el Ateneo ha encontrado cobijo otra tribu, la Sociedad Fotográfica de Málaga, que muestra allí la exposición antológica de su concurso anual. El colectivo tiene su propia sede desde principios de año sobre el Mercado de la Merced y a pocos metros de allí ha estrenado esta semana una muestra con el trabajo de algunos de sus socios. Más de 130 en menos de cuatro años. Y creciendo. El movimiento fotográfico encuentra en Málaga un terreno abonado y feliz con asociaciones, colectivos y festivales capaces de reunir a miles de personas. Gente al otro lado de la cámara a la que no le suele gustar salir en la foto. Ni hablar demasiado, porque pueden perderse la siguiente foto. Así funciona la tribu. Lo saben por experiencia.

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