Tres siglos de arte

Dos visitantes contemplan algunas de las obras que forman parte de la exposición. /Ñito Salas
Dos visitantes contemplan algunas de las obras que forman parte de la exposición. / Ñito Salas
Crítica de arte

En el centenario de la revolución rusa, que acabó conel último zar, la Colección del Museo Ruso consagrasu exposición anual a los Románov, la dinastíamonárquica que ostentó el poder en Rusiadurante tres siglos

JUAN FRANCISCO RUEDA

Una de las principales conmemoraciones históricas que se celebran en 2017 es la del centenario de la revolución rusa. Ésta supuso el final de la monarquía rusa, viéndose obligado a abdicar Nicolás II, el último zar de la dinastía Románov, la cual había regido el destino del país durante tres siglos (desde 1613 a 1917). Por ello, la Colección del Museo Ruso dedica a este periodo histórico del gobierno de los Románov la exposición anual de esta temporada, compuesta por más de 200 obras. No obstante, junto a ésta, se programan dos exposiciones de pequeño formato –en rigor vendría a ser una–, ‘Fotografías de la revolución’ y ‘Carteles de la revolución’, que vienen, en cierto modo, no sólo a visibilizar un acontecimiento tan trascendental como la revolución, sino que suponen un contrapunto en lo formal (en el lenguaje artístico) a ‘La dinastía Románov’. Aunque en las fotografías acerca de la revolución, tanto como en los carteles en pos de ella, podemos contemplar lenguajes y creadores de vanguardia (vemos a Malévich y es evidente el peso de su suprematismo y del personal lenguaje de El Lissitzky en muchos de los carteles), no podemos obviar cómo la vanguardia rusa, precedida por grupos como la Sota de diamantes, de la que se pudo ver una extraordinaria exposición en esta institución, habían brotado con fuerza en la última década de gobierno del zar Nicolás II.

‘La dinastía Románov’

La exposición:
Más de 200 obras de muy diferente naturaleza que abarca desde finales del siglo XVII hasta 1923, seis años después de la salida del poder de los Románov. El grueso de la exposición está conformado por obras pictóricas (generalmente óleo sobre lienzo), algunas de dimensiones monumentales. Junto a las pinturas, se muestran esculturas (desde bronces a bustos de mármol), mobiliario (butacas, sillas, mesas), candelabros, vajillas de porcelana, iconos, figuras de porcelana representando a algunos de los distintos pueblos que componían el imperio ruso, ánforas de porcelana, vestidos tradicionales, un iconostasio o una réplica de la icónica columna de Alejandro en San Petersburgo. La exposición cuenta con un minucioso aparato pedagógico que arroja luz sobre la línea dinástica y contextualiza las piezas en los distintos periodos. Comisario: Pável Klimov.
Lugar:
Colección del Museo Ruso. Edificio de Tabacalera. Avenida Sor Teresa Prat, 15, Málaga.
Fecha:
Hasta el 4 de febrero de 2018.
Horario:
De martes a domingo, de 9.30 a 20.00 horas.

Ya en ‘Arte ruso. De los iconos al siglo XX’, la exposición con la que se inauguró la Colección del Museo Ruso en marzo de 2015, apreciábamos cómo se intentaba proyectar la Historia de Rusia a través de su arte. Ese afán lo volvemos a ver en esta ocasión. De hecho, el recorrido por la exposición, desde la llegada al poder del primer Románov hasta la caída del último, es un paseo por la historia de estos gobernantes y los sucesivos cambios macro-políticos que cada uno generó en la nación, como las pérdidas y anexiones de distintos territorios que hicieron de Rusia un país de constantes cambios geopolíticos. Esta revisión histórica de la monarquía conlleva la continua presencia de las ‘intrigas de palacio’, que revelan un pasado marcado por las revueltas, los sofocamientos de éstas, ajusticiamientos, conspiraciones o exilios. Entre estas algo más de 200 piezas encontramos algunas brillantes y otras estimables, mientras que muchas parecen incluirse en este discurso por su valor como testimonio, como suministradoras de información histórica.

Uno de los cambios más importantes en materia artística que produjeron los Románov se aprecia en buena parte del conjunto de la muestra

De este modo, la exposición posee un carácter ilustrativo. Es decir, pretende narrar-en-imágenes la dinastía de los Románov. Sus vicisitudes históricas como saga de zares y cómo se transformaron y nacieron ciudades, como Moscú y San Petersburgo respectivamente. Es decir, no nos introducimos en cuestiones puramente artísticas o del desarrollo de la historia del arte ruso, por más que el recorrido por varios siglos de creación nos traigan algunas claves importantes de ésta, aunque no todas, y se obvien episodios artísticos importantes, ya que el fin de esta muestra es otro, es el de generar un ‘corpus’ de imágenes en torno a los protagonistas (los zares, príncipes, princesas y emperatrices), el arte y vida de y en la corte, los espacios que moraron y los episodios históricos que marcaron su ascensión y pervivencia en el poder. Valga el ejemplo de la incomparecencia de los «pintores itinerantes», los ‘Peredvízhniki’, quienes, desde 1870, dan la espalda al academicismo y mediante el realismo social o realismo crítico fraguan una imagen estremecedora de las condiciones de vida que sufría el pueblo ruso, especialmente el enclavado en el mundo rural. Sin embargo, el más importante de los «pintores itinerantes» –y quizás el más importante de los pintores rusos del XIX–, Ilya Repin, está presente, lo cual no deja de ser paradójico respecto a su posicionamiento crítico, con un portentoso retrato de Nicolás II fechado en 1896, un año después de su coronación como zar. Es un retrato sobresaliente por las cualidades atmosféricas que capta en el inmenso Salón del Trono del Palacio de Invierno, con la luz del sol entrando de modo potente –la franja de color cadmio en el suelo es magistral– pero controlada tras el zar, a quien Repin retrata cercano, humilde y sin pompa.

Uno de los cambios más importantes en materia artística que produjeron los Románov se aprecia en buena parte del conjunto de la exposición. No es propiamente el objeto de lo que representan las obras, sino que estas obras, como medio, evidencian cómo Rusia, especialmente desde la fundación de San Petersburgo y de la Academia Imperial de las Artes, incorpora los lenguajes que dominan los principales centros artísticos europeos. La propia ciudad de San Petersburgo no sólo revela ese afán de crecimiento y expansión de Rusia, para quien urgía una salida al mar que encontraría al arrebatarle a Suecia esta zona, sino que el zar Pedro el Grande, al fundarla en 1703, le otorgaría un carácter singular, convirtiéndola en una ventana hacia Europa, hacia occidente que viniese a equilibrar el orientalismo de Moscú. Esta ciudad se convirtió en entrada de creadores internacionales. Si los Románov vinieron a transformar y modernizar el país, dando un paso decisivo para abandonar el medievalismo, eso se tradujo indudablemente en las artes plásticas, que vinieron a aceptar, como otros escenarios periféricos del arte europeo, la influencia de los grandes centros. De este modo, aunque se expongan algunos iconos y algunas obras que dialogan con la tradición pictórica rusa –es profundamente llamativo ‘El zarévich Dimitri’, de autor desconocido y de la primera mitad del XVIII–, en el grueso de las pinturas podemos detectar las influencias, como retratos que apuntan a la escuela holandesa, las vistas urbanas de origen italiano (el ‘vedutismo’ del siglo XVIII) o el enorme peso del arte francés (Jacques-Louis David, Ingres o ‘La balsa de la Medusa’ de Théodore Gericault son referencias recurrentes y evidentísimas). La influencia gala se percibe igualmente en el mobiliario expuesto, de claro estilo Imperio. Un ejemplo más de cómo el arte ruso se vio expuesto a los desarrollos artísticos europeos lo encontramos en la proliferación de la pintura de historia, en la mediación del siglo XIX, precisamente en paralelo a otras naciones como España.

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